jueves, 5 de octubre de 2006

NN

1
L
a sangre de una grúa fluyó en sus venas cuando bajó el brazo i colgó el teléfono. Al otro lado de la línea, Noi se mostraba insensible a la conversación i la interrumpió varias veces sin ningún remordimiento, antes de despedirse i suprimir el bosquejo de cualquier motivo que tratara de ocultar su impaciencia, repulsión, desagrado, malestar o disgusto. Eric lo percibió poco después, al volver a la cama, i acurrucado se preguntó si debería de concluir su insistencia. No había notado, hasta ese domingo en la mañana, que estaba cometiendo el mismo error i que no debía rogarle a ninguna mujer a que escuchara sus silencios. Noi, acostumbrada a los desplantes, no respondió los mensajes de Eric, irritante intervalo que le permitió entender a él que cuando habla la fatalidad es una repetición infatigable. Entonces, sometido a su tristeza, empezó a escribirle una carta a Noi, aunque no sea ese su nombre real.

2
La luz resplandeciente del monitor salpicaba los anteojos de Eric i la ceguera de sus manos ante el teclado. La pulsación de la escritura era torpe i se traducía en un tartamudeo narrativo que cesó cuando los dientes del engrane admitieron su oxidada deformidad: Eric abandonó el procesador de textos i retomó la manufactura arcaica: la hoja en blanco doblada a la mitad i el bolígrafo de tinta azul para tachar palabras i renglones enteros. Era una marcha lenta, al escribir i al recordar: doble dificultad de avance. Una semana atrás, Eric vio cantar por primera vez a Nadya. Desde la lejanía de su butaca, la identificó en la fila de los coros al inicio del concierto, discretamente inmóvil, arremolinando su presencia en su boca i en la redondez de sus labios: intimidad, intimidación. Por un instante. Al término de un par de canciones, la iluminación se extinguió i al volver la luminosidad etérea, Nadya fue sustituida por una difusa corista i comenzó el suplicio: una calca de la tradicional exaltación del entretenimiento i el arrojo al estilo estadunidense. «¿Por qué la gente se somete a una cultura destrozada por dentro y la reproduce como si fueran clones?», se preguntó Eric mientras oía la interpretación de los primeros lugares de las listas de popularidad de las décadas recientes; tal requisito provocó en él un efecto contrario al calculado por los programadores: la fatiga de verificar la euforia de cada frase gritada exitosamente por las masas estancadas en rememorar las mismas canciones de siempre. La espera, sin embargo, valió la pena i Eric suspiró cuando el reflector acrecentó la privilegiada voz de Nadya, evanescente obscuridad que cubrió el escenario i se adueñó de la atención del público al modular con exquisita familiaridad i fuerza una melodía que sonaba idéntica a la original, cualidad que fue aclamada con aplausos i aullidos al separarse del micrófono i desaparecer nuevamente. Bring me to life, un ruego sostenido a lo largo de la hora restante del festival de fin de cursos. De regreso a casa, en una caminata nocturna, Eric trató de sopesar la ambigüedad de las expresiones de Nadya i su secuela en una relación que gradualmente se reducía a las reminiscencias de un pasado cercenado. Casi al llegar a su domicilio, ese sábado antes de la medianoche, Eric se animó a relatar en una carta todo aquello que Nadya había desdeñado; la escribiría al día siguiente, después de intentar una última comunicación, cuando finalmente escuche un agradecimiento indiferente a sus efusivas felicitaciones.

3
Cuando Eric intentó escribirle a Natali, se acordó que su melancolía inicial la alternaba con los canales de televisión i el zapping estacionado en una película de 1998, titulada simplemente S.: la extraña historia de una joven cantante, tangencial coincidencia que hubiera querido compartir con ella, pero seguramente –pensó– no le interesaría, como había sucedido con esas dos cintas que le había prestado, Spider i Dogville: cada vez que se lo preguntaba, la respuesta era la misma: «no las he visto». Y era obvio que a él tampoco quería verlo: Natali no se cansaba de desairar sus invitaciones al café, al cine o al museo; el teléfono era la única conexión que tenían i por eso Eric se preguntaba si la comunicación no debería ser un acuerdo tácito de reciprocidad: ella casi nunca le devolvía las llamadas. Las interrogantes lo carcomían: le aterrorizaba que la esperanza se extinguiera por completo i los altibajos le impedían que las insinuaciones fueran explícitas. Cualquier presagio de rechazo lo abatía. Eric trataba de entender por qué no podía desprenderse de esa situación. Se sentía atrapado en una pintura de Magritte: imposibilitado para revertir la excentricidad de su desmesurada sumisión. Era un náufrago sin haber navegado i eso lo enfurecía: un frenesí que expresaba en sus cartas, palimpsestos que revivían las heridas i lo destruían cíclicamente. Eric no conseguía nada i probablemente aburría a Natali con sus balbuceos amorosos e ilegibles. Total interferencia.

4
Volvió a verla siete semanas después. De lejos. Cantaba un poco cansada. El foro se estaba vaciando i el público quedó estupefacto: su grupo discrepaba del ruido imperante. Natalia iba vestida de negro. Su camiseta tenía estampada, con letras blancas, una palabra en inglés que establecería la separación entre ella i Eric: forever.

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