Sombras invisibles

Textos provisionales de Christian Ordóñez Bueno [Toluca, México, 1975]

domingo, 27 de mayo de 2012

De cómo la ingratitud es inequívoca: historia de mi salida de Radio Mexiquense


El soldado fue condecorado por sus servicios a la Patria: apenas dio media vuelta, lo apuñalaron con un «gracias, estúpido»

Sucedió hace un año, el miércoles 25 de mayo de 2011.
La historia completa, unos meses atrás, cuando Radio Mexiquense mandó un equipo carente de preparación para cubrir la 24 Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La mayor sorpresa –sin mencionar el incidente donde se vieron involucrados los enviados especiales– fue la ausencia de Alonso Guzmán, conductor del programa Vagancias y extravagancias: inentendible, porque su cultura como lector es vasta y como comunicador es eficiente. En contraste, fue notoria la pobreza de las notas transmitidas al aire esa semana y la falta de entrevistas con escritores de renombre. Pero eso no nos iba a detener a Alonso y a mí para ir a la FIL: la noche del viernes 3 de diciembre de 2010 salimos rumbo a Guadalajara. Si relato este pasaje es porque el domingo 5 fui a la presentación de un libro de Jaime López, para hacer algo más que pasear: entrevistarlo y que se sorprendiera por la pregunta de qué recuerdos le traía Toluca: «pues fíjate que muy pocas veces he tocado en Toluca, por cierto; en el festival de Metepec, ahí he estado dos veces y, bueno, sí, ya cantar arriba de tres mil metros, sí se siente el ozono mío; es curioso que a algunas ciudades tan cercanas al DF casi no he ido a tocar en muchos años [...] a Toluca pues creo que toqué hace millones de años, pero igual en unas de esas les caigo», contestó, y luego envío un saludo a Al aire lo del aire y a Radio Mexiquense, con la rúbrica de «su seguro servibar, Jaime López». Nos despedimos, sabiendo que al otro día, por la noche, lo veríamos mi novia y yo en el Teatro de la Ciudad, en el último concierto de Rita Guerrero, quien moriría el 11 de marzo de 2011.
Justo unos días después, el 16 de marzo, lo buscamos luego de la función de La rebelión de las musas en el Foro del Tejedor, en El Péndulo de la colonia Roma. Ahí tuvimos una grata conversación con él, de cerca de media hora. Hablamos de sus canciones, entre otras cosas porque le llevé una lista de mis favoritas, ante lo cual respondió: «tienes mejores gustos que yo». También hablamos de la última vez que estuvo en Plutón, su concierto en el Teatro Blanquita (el 29 de enero con Arturo Meza) y la posibilidad de una visita a Radio Mexiquense, así que le pedí su teléfono y la ocasión no tardó en llegar: en mayo le llamé para acordar una cita.
Nos vimos el domingo 8 en el Parque España. Mi novia y yo comimos con él en la Cueva de Léon Condesa. No fue fácil convencerlo: nos tomó casi dos horas que aceptara participar en el tercer aniversario de FM. Lo primero que le mencioné fue a José Manuel Aguilera y su concierto acústico en vivo en nuestro primer año. No nos cobró, acoté. Reviró diciendo que él no era un excéntrico millonario –aunque lo pareciera– para que sus presentaciones fueran gratuitas. Tenía razón en todo: la venta de discos no eran un negocio, no recibiría regalías por la grabación en vivo, por su retransmisión o por la distribución no autorizada de copias del concierto. Pronto nos sentimos perdidos. Le ofrecimos recaudar el dinero necesario para contratarlo. No, dijo, porque no tardaría en saberse que fue el único al que le pagaron. No. No había por dónde. Hasta que el propio Jaime, teniendo presente esa misma plática y las dos anteriores, accedió a buscar una forma en la que pudiera participar en nuestros festejos. «Pero solamente lo haré por ustedes», subrayó.
Al otro día, lunes 9, no podía aguantarme las ganas de darle la noticia a mi jefa, Leticia Vega, y a Lorena Romero, locutora y productora de Al aire lo del aire. No lo podían creer. Aclaré que no vendría a tocar, sino a recitar su último disco Mujer y ego. No importa: ¡es Jaime López! Aún recuerdo sus caras de alegría. Solamente faltaba la autorización de la directora de Radio. Su beneplácito fue excepcional y me mandó llamar. Quería agradecérmelo y que le habláramos por teléfono para que fuera ella misma quien le diera las gracias por acceder a venir. Hablaron un par de minutos y la directora convino en que sería yo el enlace para comunicaríamos con él. Se despidieron. Satisfecha, me ofreció como recompensa comer con Jaime López el día de su presentación.
Esa segunda semana de mayo conseguí, además, que otros dos músicos participaran en nuestras emisiones especiales por el tercer aniversario de FM Metepec. Lo hice porque siempre me sentí comprometido con Radio Mexiquense y nuestro cartel debía guardar la gloria de los dos años anteriores.
El primero de esos invitados fue Abel Membrillo, cantante de Los Nena y el Comando Groovy. Todo parecía marchar bien, hasta la noche anterior a su visita: pasadas las 22 horas me pidieron que fuera por él. Acepté, así se tratara de una obligación que no me correspondía (¿no conformes con que convenciera a tres invitados por cuenta propia, encima tenía que ir por dos de ellos al DF?). Casualmente me encontré a Abel en el chat de Gmail esa medianoche del martes 24 y le avisé que iría por él. A las 0:38 me deseó una buena noche.
Pero esa noche no dormí. Las siguientes horas fueron, por decir lo menos, inusitadas: un compañero mío, Julio César Garrido, y yo pedimos, como tantas otras noches, dos radiotaxis. Extraño, que tardaran dos horas en ir por nosotros. De camino a mi casa le pregunté al taxista si podía regresar por mí a las 5:30 para volver a Radio. Se excusó, porque a esa hora terminaba su turno, pero me dijo que no les tomaría más de quince minutos ir por mí. Aproximadamente a las 4:30 llegué a mi casa, prendí el bóiler y a las 5 de la madrugada me bañé. Esperé a que dieran las 5:45 y solicité el servicio de radiotaxi. Dieron las 6 y la unidad no llegó. Por si acaso, le mandé un mensaje de texto a mi compañero para pedirle la extensión de vigilancia; contestó a las 6:05. Volví a llamar al radiotaxi. No tarda, dijeron, y cuando el reloj marcó las 6:15 tuve que solicitarle al vigilante que le avisara al chofer que no me esperara. El chofer, cabe mencionar, no sabía que yo iría, así que no importaba si estaba yo ahí o no: él tenía la dirección y debía recoger a Abel a las 8 de la mañana. Esa era la orden, pero el chofer llegó tarde y no salió a las 6:30 como estaba planeado, sino después.
Abel me mandó un mensaje a las 7:55 preguntando si ya estaba yo afuera. Le llamé y me disculpé con él porque el chofer ya debería haber llegado. Pasó el tiempo y el Tsuru blanco no daba señales de vida. Le llamé a mi jefa, quien a su vez llamó al subdirector de emisoras (el vehículo oficial estaba a su cargo).
No fue sino hasta una hora después de lo establecido que el chofer contactó a Abel. El invitado llegó a las 10:20 a cabina; eran veinte minutos de retraso. Al cuarto para las once le pedí a mi jefa que el programa se extendiera media hora más, para que Abel terminara de leer sus poemas (algo que nunca antes había hecho para radio, locutor él mismo de la mítica Rock 101). No aceptó; no se podía hacer, argumentó (falta de voluntad: al otro día Jaime López no estuvo dos, sino tres horas al aire). Tal vez su negativa se debió a lo que le contaron. Un cuento distorsionado: rumbo a Toluca, pasaron por el mánager del Comando Groovy, sí, pero fue sobre Avenida Chapultepec, es decir, ni siquiera se desviaron del camino. Pero ya se sabe que los burócratas hacen cualquier cosa para eximirse, incluso exagerar.
Al mediodía del miércoles 25, una vez que Abel, su novia Mariana (a quien, por cierto, nunca le devolvieron los lentes oscuros que olvidó en el Tsuru) y Carlos Andrade partieron de regreso al DF, el subdirector me buscó: pretendía regañarme y echarme la culpa porque el chofer salió tarde. Nada tuve que ver, le expliqué: no pude llegar a tiempo. No pude, que es muy distinto a no quise. La discusión fue acalorada. Mi jefa se enteró y me pidió hablar con ella en su oficina. Me preguntó si al otro día podía ir por Jaime López. Le dije que sí y la subdirectora me dio instrucciones sobre la reservación para la comida con él.
Algo cambió en ese momento: el ofrecimiento del 9 de mayo, instruido por la directora, estaba condicionado: si iba por Jaime López, y sólo si iba, comería con él. No importaba que se debiera a mí su presentación. Mi jefa volvió a llamarme, para complicar aún más las cosas: me pidió que modificara mi programación especial, ya anunciada, de las remezclas del 2008 al 2011, presentadas por Luis Félix y Abel Membrillo. Obviamente me rehusé: la selección era un regalo para los radioescuchas y, además, no tenía ningún sentido: se trataba de quitar dos canciones cualesquiera y sustituirlas. Pero la producción ya estaba hecha y rehacerla no sólo significaba pensar en su mutilación y un programa distinto, con una nueva programación, un nuevo guión, nuevas grabaciones y volver a producir todo antes de las 9 de la mañana del día siguiente, también significaba una falta de respeto a mi trabajo como programador, a mi creatividad y al tiempo de mi coproductor y el que se tomaron los dos locutores invitados para grabar sus voces, así que defendí lo que con mucha calidad habíamos producido y le dije a mi jefa que era prácticamente imposible hacerlo a unas horas de que saliera al aire el programa. Entonces volvieron a mezclarse las cosas y por mi negativa vino el castigo en un mensaje de texto: no iría por Jaime López y, por ende, no comería con él. La ingratitud fue inequívoca.
En mi lugar iría alguien que un día antes había hecho alarde de su ignorancia: por qué les emociona tanto Jaime López, nos preguntaba. Cuando no sabes la historia musical de un compositor como él, debe darte lo mismo un alma de tabique que un corazón de silicón.
Pensé en todo lo ocurrido (en la falta de solidaridad, en el último caso). Me pareció indigno que se me tratara así, después de lo que había conseguido, no sólo ese mes, sino los tres años trabajando para Radio Mexiquense. La dignidad es más que una palabra: pocos la practican y quienes prefieren pronunciarla en lugar de vivirla son unos farsantes. Mi renuncia la entendí como un acto de dignidad en este país donde la rectitud se ve con extrañeza en las instituciones públicas. Hacer radio era mi pasión, pero mi imaginación no se agotaba en ello. Me convencí de que no tenía por qué soportar ninguna arbitrariedad y entré a la oficina de mi jefa para anunciarle que el martes 31 presentaría mi renuncia. «Está bien», fue todo lo que dijo.
Al día siguiente prendí el radio dos horas antes del especial de Jaime López para oír si el programa de Luis Félix se transmitía como lo dejé la noche anterior. Salió tal cual y a las diez de la mañana le mandé un mensaje a Abel Membrillo compartiéndole mi decisión. De inmediato se comunicó conmigo, preocupado, y al notar que no cambiaría de opinión me pidió mi currículum para ver «qué podemos mover por aquí», como me escribió en una carta el viernes 27.
La presencia de Jaime López, por otro lado, fue todo un éxito ese jueves 26 de mayo. No me gustó del todo la entrevista, así que no la oí completa, pero alcancé a escuchar mi nombre cuando Lorena le preguntó a Jaime sobre mí.
No quise estar en Radio en ese momento y esperé hasta que el programa de Abel Membrillo pasara a las tres de la tarde. Igual que el de las 9 de la mañana, salió completo. Llegué a Radio casualmente a la misma hora que mi coproductor, Julio César Garrido, y cuando sonó el teléfono de nuestra oficina, él contestó. Por sus respuestas me percaté que alguien lo estaba felicitando. Cuando colgó le pregunté quién había sido. Nada menos que nuestra jefa, complacida por la calidad y el profesionalismo de ambas emisiones. Lo malo fue que sólo lo felicitó a él, y no a mí, que había concebido la idea y la habíamos llevado a cabo conjuntamente, bajo mi dirección. Julio César y yo sabíamos que esos programas eran realmente especiales, por eso no consentí su mutilación: habría sido un error, y sólo hasta su salida al aire mi jefa pudo apreciarlos.
El viernes 27 era el día de nuestro aniversario y con ese motivo hubo una comida a la que no fui: esa tarde preferí trasladarme a Morelia: por la noche había un concierto en el Centro Mexicano para la Música y las Artes Sonoras. Por esa misma hora, a las 9 de la noche, Luis Flores transmitía la entrevista grabada con el tercer invitado que conseguí: Rodrigo Sigal, director del CMMAS. El sábado volví a Toluca y fui a Radio a verificar que todo estuviera en orden. El domingo 29 también fui.
El martes 31 de mayo cumplí con mi palabra. Nadie habló conmigo en esos seis días y tampoco busqué a la directora de Radio, pues eso habría vulnerado la autoridad de mi jefa. Por extraño que parezca, esa última tarde me encontré a Julio César Garrido en el autobús y fue él quien me dijo a quién estaban mencionando como mi reemplazo, cuando ni siquiera había entregado mi carta de renuncia. Cuánto urgencia tenían de que me fuera. Cuatro sellos como acuses de recibo quedaron estampados en la copia de mi oficio. El texto, dirigido al director general, decía: «Por este medio me permito presentar a usted mi renuncia al puesto de programador, adscrito a la Dirección de Radio del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense, que venía desempeñando con éxito desde el 15 de abril de 2008. Suspendo así mi relación laboral con FM Metepec, estación de la que hasta hoy fui su jefe de programación musical, responsabilidad asumida por encargo de la jefa de la emisora el 3 de febrero de 2009. Con esta decisión honro y fortalezco mi trabajo. Agradezco cumplidamente su atención y reciba de mí un cordial saludo, con el respeto de quien se entregó por completo a la radio estatal».
Hubo lágrimas de Cecilia Juárez y Lorena Romero. No tantas como las que vendrían al otro día, cuando en la tarde del 1 de junio a todos nos tomó por sorpresa la noticia del fallecimiento de Abel Membrillo. Seguramente arrepentidos por el desdén que justo una semana antes le brindaron a Abel en su visita, se anunció que el 2 y 3 de junio le dedicarían programas especiales en Radio Mexiquense, uno de ellos el mismo que ideé para festejar la programación musical y por el que, como ya he contado, fui fustigado al defenderlo.
En esos últimos seis días no borré ninguna canción de las miles con que abastecí nuestra base de datos digitales. Quiero recordarlo porque cuando estuve en Uni Radio un radiostar dijo que al irse borraría todos los discos almacenados en la computadora que tenía asignada (es decir, una que no era suya, sino de la Universidad). Quiero recordarlo también porque luego sería acusado de haber eliminado carpetas enteras de música. No fue así. No habría sido profesional de mi parte. Mientras fui jefe de programación no borré audios indiscriminadamente como le hacían creer mis compañeros a la jefa de la emisora y a la directora, sino aquellos que se repetían y los que no cumplían con un mínimo de calidad. Por la forma en que inmerecidamente fue desdeñado, sólo eliminé los audios del programa de Abel transmitido el jueves 26.
La tarde del 1 de junio me llamaron dos excompañeros para que les enviara ese programa. Me pareció absurdo que fueran ellos y no mi exjefa quienes me lo pidieran. Le mandé un mensaje de texto a ella avisándole que al otro día iría para programar yo mismo esa parte del homenaje a Abel Membrillo, a quien había conocido en 2006.
Lo que vino después era previsible: fines de semana desastrosos al no haber quien subsanara las horas vacías dejadas por los programadores, la repartición de bases a quienes no las merecían, una nueva administración que no ha entendido lo significativo que ha sido Radio Mexiquense en la vida de su público y golpes bajos entre compañeros de trabajo. Hoy que FM cumple cuatro años al aire no me arrepiento de haber renunciado: creo que ellos perdieron más de lo que pude haber perdido yo.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Penumbra retumbante

Esta costumbre heroicamente insana: tuitear


Con las #dospalabras que dan título a este relato publiqué mi primer tweet (o «pío», según la traducción del inglés) el 3 de septiembre de 2008, después de abrir ese mismo día mi cuenta en Twitter con mi primer apellido como nombre de usuario: @Ordonhez, como si se tratara de un ciudadano portugués (que luego resultaría guatemalteco).
No me acerqué al micro-blogging por @Vier_Minuten, una de mis tuiteras de cabecera, sino por otra peruana: @Chi0, a quien había conocido por ICQ años atrás. Bloguear no era nuevo para mí: desde octubre de 2003 había incursionado en la blogosfera para conquistar lectores, sin la intención de usar mi weblog como diario o semanario. Los temas que desde entonces desfilan en Sombras invisibles y @Esquizopolis son reconocibles a primera vista: creación literaria, análisis político, un poco de música y vida cotidiana. Ficción y no ficción.
No pensé en Twitter como una grabación de campo o una sala de chat: la comunicación instantánea suelo borrarla –mensajes de texto, al fin– y reescribo muchos tweets, obsesiva práctica para que la lectura guarde cierto orden y pierda algunos seguidores, por el hartazgo de leer la publicación original y la corregida. Mala suerte. La mayoría, sin embargo, permanece (en varias ocasiones @Magami se ha dicho sorprendida por el número de tuiteros que conservo).
Y si bien @Esquizopolis fue concebido como un proyecto literario (ahí, por ejemplo, escribí los cuentos brevísimos que luego reuniría en El castillo del dragón fantasma), ya en noviembre de 2008 hacía mis primeros comentarios políticos, a propósito de la muerte de Juan Camilo Mouriño. Mis opiniones, de vez en vez, llegaron a ser incómodas para priistas como @Markiuxxx, quien –entonces jefe de producción de @RMexiquense– se tomaba la libertad de conminarnos –no sin cierta molestia– a @Lorzzzo y a mí a dejar de darle «patadas al pesebre». Con las marchas antipeñistas del 19 de mayo pasado pudimos ver hasta qué punto ha crecido la politización de Twitter. Declaraciones como las que en su momento externó José Saramago («Twitter nos acerca al monosílabo y al gruñido como formas de comunicación») han quedado rebasadas en la calle.
Mi primer #followback fue precisamente con @Lorzzzo, la primera compañera de trabajo a la que le hablé de Twitter, dada la cercanía que cultivamos en los primeros meses de transmisión del 91.7. @AlonsoGuzman recuerda bien que antes de mí nadie en @RMexiquense había entrado a Twitter, y al rememorarlo queda un sinsabor por el tiempo que los directivos tardaron en asimilar su utilidad para interactuar con los radioescuchas (y aún después, fue muy desaprovechada).
En @UniRadio997FM también había, en aquellos últimos meses del 2008, un incipiente puñado de tuiteros que pronto dejé de seguir: sus conversaciones eran una y la misma, la propia estación. De ellos solamente sigo a dos excompañeros: @PacoLedesma y @G_Clayton. Y así como @Chi0 fue la culpable de que esté en Twitter, debo mencionar que convencí a @MarinhoAguilar de que abriera su cuenta, una noche que nos tomábamos un café en el Sanborns de Galerías Metepec. No lo bloqueé como él alguna vez pensó, simplemente lo dejé de seguir el día que @RM917FM cumplió un año al aire: esa mañana fuimos el blanco de sus altaneros tweets.
La popularidad de Twitter demoró en ascender, pero fue vertiginosa a partir de 2009. Antes de eso era posible buscar usuarios por ciudad y agregué algunos de los que había en #Toluca. De inmediato @Gezric me dio la bienvenida con un saludo ingenioso: «Nice to tweet you!» y un emoticon alusivo a su estado de ánimo. No pasó mucho tiempo para que los tuiteros del valle de Toluca quisieran conocerse, así que el 21 de mayo de 2009 recibí una de las invitaciones que @Gezric envió esa semana para reunirnos el sábado 23, por la noche, en un céntrico café de Metepec. @Magami y yo fuimos juntos. Llegamos a la hora acordada y en ese momento nos vimos perdidos: casi nadie mostraba una foto suya como avatar. Volteamos para buscar algún grupo de personas, pero al parecer nadie había llegado. Temimos el fracaso, pero en un nuevo escaneo observamos a un tipo que tenía toda la facha de ser parte de esa extraña fauna conocida como Twitter: en sus manos tenía un dispositivo móvil y apartaba la vista de la pantalla apenas por unos instantes. @Magami se acercó, sigilosa, para preguntarle si sabía algo de los misteriosos tuiteros. Y así fue como nos hicimos amigos de @Gezric, hoy, hace tres años.
Esa noche también estuvieron presentes, entre otros, @Yorchshema (quien se casaría el 6 de febrero de 2010 con Mary, boda a la que fui con @La_Yue), @Laurisima (a quien no he vuelto a ver, pero sigo con curiosidad), @Yokablue (amiga de @AbelMembrillo en Myspace y quien se volvió un amor imposible apenas llegó a la reunión; lo recuerdo hoy que en alguna imprecisa hora del día aterrizará en Argentina), @AlonsoGuzman y dos mujeres que luego se convertirían en expertas tuiteras: @LuziaJuarez y @Lucky_Cracker.
No recuerdo haber ido a otra reunión. Creo que la siguiente fue en el @MumciToluca (un museo privado que recibe demasiada atención del gobierno estatal). No fui por falta de tiempo y al cabo de unos meses el grupo creció de forma exponencial: imposible juntarlos a todos, así que las reuniones se convirtieron más bien en citas personales, con un café o unos tacos de por medio. O un viaje al DF: @CiudadanoOscar (Óscar A. García, editor de la extinta revista Planeta X, quien ha tenido distintos nombres de usuario, entre ellos el muy famoso Robot2XL) nos invitó a su departamento. Esa tarde (el 25 de julio de 2009) nos presentó a su pareja, @Curlynervous, y a otros tuiteros más, entre ellos @Mizzandrew. @Gezric y yo fuimos los únicos de Toluca que acudimos.
#Toluca es otro tema recurrente (algunas de mis crónicas sobre la ciudad las agrupé bajo el título El gozne de la Puerta Tolotzin) y cuando Twitter agregó la opción de crear listas, la segunda que hice fue la de los tuiteros del valle de Toluca (o Valle del Matlatzinco): varios de ellos ya me habían incluido en las suyas. La primera fue eliminada: una exhaustiva lista del personal de @RMexiquense del que ahora sólo sigo a una veintena de personas que conocí ahí (la excepción es @LuzCasarin, de Zumpango: di con ella por ser fan de Charly García).
Twitter está cambiando todo el tiempo. Los tópicos (o temas de conversación) se extinguen con rapidez o son manipulados por bots propagandísticos. Algunas prácticas sobreviven, como las recomendaciones de los viernes (los #FollowFriday, el primero de los cuales recibí, con riesgo a equivocarme, de @Ocelotita). Incluso yo cambié: el 29 de junio de 2010 dejé de llamarme @Ordonhez, un apellido que siempre me ha parecido el de un desconocido.
En términos de tecnología soy un inmigrante. Rústico, las más de las veces: aún uso Windows ME, una Ibook G4 y una Palm, subo fotos a través de Twitpic y desde mi teléfono móvil solamente puedo tuitear enviando mensajes de texto (los cuales –por desgracia– suelen aparecer sin acentos). Mi vida en internet se remonta a mediados de la década de los noventa, cuando Ismael se conectaba –ya muy noche, con una llamada telefónica de larga distancia– desde la casa de sus padres en El Oro. En una hora no podíamos explorar gran cosa: las páginas web tardaban una eternidad en desplegarse. Fue hasta 1998 que abrí una dirección de correo electrónico: cutter@coatepec.uaemex.mx. Pronto opté por una gratuita en Yahoo! y el messenger (mazinger, le decimos @OscarDeLaCruz y yo) fue el medio de comunicación ideal para mí: platicar a través de la palabra escrita. Ahí conocí a @Adisoluta, cuando era estudiante de odontología. En Windows Live, aunque mucho tiempo después (una década, de hecho) a @Marianuka. En Myspace a @_LaLunadePlata (antes llamada Geralibum, a quien no conozco en persona) y reencontré a Alejandra (que no veía desde la preparatoria). En Hi5 a @MissDeseos (antes YolaHai) y en Twitter tuve contacto directo con radioescuchas como @Maricelita y @Asesina_Serial. La última red social a la que ingresé, aunque con mucha renuencia, fue Facebook. Ahí añadí a tuiteros como @Navart y @Cyelo.
Este recuento no ha pretendido ser tan minucioso como pareciera: me limité al área de Toluca y algunos de sus tuiteros. Si alguien me falta, me gustaría reparar esa involuntaria omisión. He querido subrayar la manera en que los desconocidos han dejado de serlo y celebrar con este escrito los primeros tres años transcurridos del primer encuentro con quienes ahora incluyo entre mis amigos. No se me escapa, por cierto, nombrar algunas de las tuiteras –por demás interesantes– que no he tenido oportunidad de conocer: @Staregirl, @Kdegato (antes IronicaOsadia), @_PaoO_, @Raquel_Toluca y la twitterstar @Marthzy (a quien encontré en Blogger y no le interesó demasiado Twitter la primera vez que se lo mencioné). Caso aparte fue la más anónima de todas: @PensandodeMas (antes SlidingDoors), quien sorprendentemente me reconoció el 6 de abril de 2011 en una manifestación artística que en apoyo a Javier Sicilia se realizó en la Plaza González Arratia (y como suele ocurrir con frecuencia en #Toluca, resultó ser amiga de @Voz_Estridente).
Hay una razón más para escribir este texto: alguna vez reflexioné sobre la amistad y dije que a mis amigos los buscaba, les escribía, les llamaba por teléfono y ocasionalmente les daba obsequios. Así me enseñaron a mostrar afecto. Algo cambió y empecé a valorar más a quienes me buscaban, me escribían, me llamaban y me saludaban en el chat. Uno de esos amigos es Jesús Ricardo, quien cumplirá años este sábado 26. No olvido que en septiembre 2009 le deseé un feliz viaje a Venezuela y le pedí que me trajera una Miss Universo a su regreso. Trajo algo mejor: un libro del fotógrafo René Burri, Un mundo: la fotografía en tiempos de revolución, editado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2008 (en él pueden apreciarse, por ejemplo, dos fotos del México de 1969: una, de las torres de Satélite, y la otra, el día de muertos en Metepec). En reciprocidad, le he prestado libros y le regalé Cadáver de ciudad, de Juan Hernández Luna (quien falleciera el 8 de julio de 2010).
Jesús, sabes cuánto te estimo y cuánto me cuesta escribir. Ojalá mis palabras, al retumbar, sean el fiel de la balanza...


Todo, todo lo que se tuitea es para uno mismo. @Terciopelo

Twitter: sé cosas que no me interesan. @Balmori

viernes, 18 de mayo de 2012

Postales para despistar


Su mirada lo delataba. El payaso no tenía escapatoria. Tocaba la guitarra como quien llora por su propia ejecución.

 
La única evidencia es una fotografía en la que no se ve nada. Solamente en la mirada de una de las danzantes se presagia el desenlace.


Las minas explotan al contestar mal el crucigrama. 3 horizontal, 8 letras.


Dicen que fue una pelea encarnizada. La verdad es que fue una lapidación y ninguna escultura saboreó la victoria: se hicieron añicos.


El vodka adulterado nubló la vista del proxeneta. Dio un trago más para simular vigorosidad. Preferible la inconsciencia.


El robot arqueó su visor y el lagrimal oxidó sumiso ante el cielo. Alabado sea el profanador: un mecánico matricial.


Con el aguamiel en los labios, los arborícolas divisaron el tejemaneje de los tejones desde el tejado. Mortíferas espinas de maguey.


Abrelojo, leyó en el mapa. Evidentemente ignoraba las implicaciones.

martes, 24 de abril de 2012

Canciones postales insonoras


No basta con oír la música, también hay que verla
Ígor Stravinsky


Polvo que quiso es tu amor. Un desierto. Nubes desvencijadas. Nubarrón y el invento desvanecido. La vida pendería de tus labios si no estuvieran momificados y mi corazón fuera algo más que las cenizas de tu olvido: un ave sin alas. Una puerta falsa y la inmovilidad de la aldaba.


¿Te acuerdas de ese libro de Cristina Rivera Garza sobre un manicomio que fue conocido como La Castañeda? Palidecería con esta otra historia de una mujer que enloqueció por su propia belleza. No se sabe su medicación ni lo que su voz interna encerraba. Su expediente es una camisa de fuerza y solamente sabemos su nombre, Norma Jeane Baker, y que deambulaba por la segunda calle de Donceles.


Quisiera que tu nombre no me lastimara. Duele pensarlo. Mi frente se desgarra en dos y en cuatro si me detengo y me dedico a tu alma. Cama de sábanas verdes. Con calma, te cobijaste diciendo que el tiempo secretos no sabe guardar. Y huiste. Escribiría tu nombre, Mundo, si no lo hubiera borrado. Yo te nombro desde mi ventana: Baldío.


Solares baldíos, cantaste en otra parte, con una voz que lo iluminó todo: los sueños, las hojas secas, el oleaje, la máscara negra y la huella de una sombra. Las estatuas masticaban como jabalíes, mientras el viento merodeaba y se arremolinaba en los escombros y los laberintos. Todo resplandeció, hasta enceguecernos.


Tristes y ciegos son todos los amores, Enriqueta. Te ama, como el serrucho a la yugular: Henry.


Las agallas de enfrentarse a uno mismo escasean, Abel. La tormenta y tus espuelas bramaron por una orquesta salvaje y la jungla negra de tu caballera, enfebrecida, por una excursión de caza mayor. No importa que acabe la vida, dijiste, convencido, ese último amanecer. Sobrevivió tu gallardía. Por ti brindamos en este cerro los dolientes.


Otro poeta que huyó del dolor del mundo y se refugió en la soledad de los bares inundados por magueyes. Ahí se envenenó con el fuego del amor y todas las noches, abrasado, se preguntaba si era ella o el mar de tenerla en él lo que lo anclaba a esa ruina. Lo que lo arponeaba. Lo que los hería de placer.


Tu soledad es tan grande y no puedes huir. Ahora es la metrópoli. El tren. El insomnio. El vuelco. El corazón. Quizá la estación del infierno y todos los escalones por descender.


Luz, no me preguntes por la poesía japonesa: no estoy armado de certezas. Soy El Que Torna Sin Fin, en la oscuridad. El que observa desde una habitación vacía, sin techumbre. Sin ciudad.


Lo comprenderás al ver abierto el libro de Xavier Villaurrutia sobre su buró. Nostalgia de la muerte. El gemido de uno de sus pies desnudos te contemplará entre las sábanas. Los muslos, en un vahído imperecedero. La vaharada en el espejo será el hueco para tu silencio y tu sepultura: nadie velará tu sueño al bajar por esa escalera. Nadie.


Decían que nada los iba a separar. Lo dijeron con tal vehemencia que cuando llegó el día sus palabras eran como la sombra de los huesos roídos por un perro. O, como Pedro Páramo, un desparramadero de piedras. «Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas». O papiroflexia: la figura de un sombrero al doblar una cabeza. Nada.


Cuatro veces ya has tratado de despertar. Las ramas de tu voz no resuellan. En tu pecho abierto un corazón en forma de búho se posa y te inmoviliza. Cine mudo: tu voz, nerviosa, no resuena. Solamente las garras de un «te amo» te precipitarán a la vocinglería. Cinegética.


Ir al revés. Acercar. Temblar. Andar. Poner. Descolgar. Girar. Enfermar. Cortar. Vacilar. Sonar. Estallar. Brincar. Largar. Extraño. Hermoso. Terrible. Placer. Vivir. Partida. Con el atardecer.


Yo no sé si ese perro pareciera de nagual. Me cuesta creer que sus ladridos se alarguen más allá de esta valla. El humo es lo único que nos queda como verdad: en México casi todo es mentira...


Poseer el mundo en forma de imágenes es volver a experimentar la irrealidad y la lejanía de lo real
Susan Sontag

martes, 27 de diciembre de 2011

A noventa años de la irrupción del estridentismo, Actual número 1: hoja de vanguardia, comprimido estridentista de Manuel Maples Arce

En nombre de la vanguardia actualista de México, sinceramente horrorizada de todas las placas notariales y rótulos consagrados de sistema cartulario, con veinte siglos de éxito efusivo en farmacias y droguerías subvencionales por la ley, me centralizo en el vértice eclactante de mi insustituible categoría presentista, equiláteramente convencida y eminentemente revolucionaria, mientras que todo el mundo que está fuera del eje, se contempla esféricamente atónito con las manos torcidas, imperativa y categóricamente afirmo, sin más excepciones a los players diametralmente explosivos en incendios fonográficos y gritos acorralados, que mi estridentismo deshiciente y acendrado para defenderme de las pedradas literales de los últimos plebiscitos intelectivos: Muera el Cura Hidalgo, Abajo San Rafael, San Lázaro, Esquina, Se prohibe fijar anuncios.
I. Mi locura no está en los presupuestos. La verdad, no acontece ni sucede nunca fuera de nosotros. La vida es sólo un método sin puertas que se llueve a intervalos. De aquí que insista en la literatura insuperable en que se prestigian los teléfonos y diálogos perfumados que se hilvanan al desgaire por hilos conductores. La verdad estética, es tan sólo un estado de emoción incohercible desenrollado en un plano extrabasal de equivalencia integralista. Las cosas no tienen valor intrínseco posible, y su equivalencia poética florece en sus relaciones y coordinaciones, las que sólo se manifiestan en un sector interno, más emocionante y más definitivo que una realidad desmantelada, como puede verse en fragmentos de una de mis anticipaciones poemáticas novilatitudinales: «Esas Rosas Eléctricas...» (Cosmópolis, núm. 34). Para hacer una obra de arte, como dice Pierre Albert-Birot, es preciso crear, y no copiar. «Nosotros buscamos la verdad en la realidad pensada, y no en la realidad aparente». En este instante asistimos al espectáculo de nosotros mismos. Todo debe ser superación y equivalencia en nuestros iluminados panoramas a que nos circunscriben los esféricos cielos actualistas, pues pienso con Epstein, que no debemos imitar a la Naturaleza, sino estudiar sus leyes, y comportarnos en el fondo como ella.
II. Toda técnica de arte está destinada a llenar una función espiritual en un momento determinado. Cuando los medios expresionistas son inhábiles o insuficientes para traducir nuestras emociones personales -única y elemental finalidad estética-, es necesario, y esto contra toda la fuerza estacionaria y afirmaciones rastacueras de la crítica oficial, cortar la corriente y desnucar los swichs. Una pechera reumática se ha carbonizado, pero no por esto he de abandonar el juego. ¿Quién sigue? Ahora el cubilete está en Cipriano Max Jacob y es sensasionalísimo (sic.) por lo que respecta a aquel periodista circunspecto, mientras Blaise Cendrars, que siempre está en el plano de superación, sin perder el equilibrio, intencionalmente equivocado, ignora, si aquello que tiene sobre los ojos es un cielo estrellado o una gota de agua al microscopio.
III. «Un automóvil en movimiento, es más bello que la Victoria de Samotracia.» A esta eclactante afirmación del vanguardista italiano Marinetti, exaltada por Lucini, Buzzi, Cavacchioli, etcétera, yuxtapongo mi apasionamiento decisivo por las máquinas de escribir, y mi amor efusivísimo por la literatura de los avisos económicos. Cuánta mayor y más honda emoción he logrado vivir en un recorte de periódico arbitrario y sugerente, que en todos esos organillerismos pseudo-líricos y bombones melódicos, para recitales de changarro gratis a las señoritas, declamatoriamente inferidos ante el auditorio disyuntivo de niñas foxtroteantes y espasmódicas y burgueses temerosos por sus concubinas y sus cajas de caudales, como valientemente afirma mi hermano espiritual Guillermo de Torre en su manifiesto yoísta leído en la primera explosión ultraica de Parisiana, y esto sin perforar todas esas poematizaciones (sic) entusiastamente aplaudidas en charlotadas literarias, en que sólo se justifica el reflejo cartonario de algunos literaturípedos «specimen».
IV. Es necesario exaltar en todos los tonos estridentes de nuestro diapasón propagandista, la belleza actualista de las máquinas, de los puentes gímnicos reciamente extendidos sobre las vertientes por músculos de acero, el humo de las fábricas, las emociones cubistas de los grandes trasatlánticos con humeantes chimeneas de rojo y negro, anclados horoscópicamente -Ruiz Huidobro- junto a los muelles efervescentes y congestionados, el régimen industrialista de la grandes ciudades palpitantes, las bluzas (sic.) azules de los obreros explosivos en esta hora emocionante y conmovida; toda esta belleza del siglo, tan fuertemente intuida por Emilio Verhaeren, tan sinceramente amada por Nicolás Beauduin, y tan ampliamente dignificada y comprendida por todos los artistas de vanguardia. Al fin, los tranvías han sido redimidos del dicterio de prosaicos, en que prestigiosamente los había valorizado la burguesía ventruda con hijas casaderas por tantos años de retardarismo sucesivo e intransigencia melancólica, de archivos cronológicos.
V. ¡Chopin a la silla eléctrica! He aquí una afirmación higienista y detersoria. Ya los futuristas anti-selenegráficos pidieron en letras de molde el asesinato del claro de luna, y los ultraístas españoles transcriben, por voz de Rafael Cansinos-Asséns, la liquidación de las hojas secas reciamente agitada en periódicos y hojas subversivas. Como ellos, es de urgencia telegráfica emplear un método radicalista y eficiente. ¡Chopin a la silla eléctrica! (M. M. A. trade mark) es una preparación maravillosa; en veinte y cuatro horas exterminó todos los gérmenes de la literatura putrefacta y su uso es agradabilísimo y benéfico. Agítese bien antes de usarse. Insisto. Perpetuemos nuestro crimen en el melancolismo trasnochado de los «Nocturnos», y proclamemos, sincrónicamente, la aristocracia de la gasolina. El humo azul de los tubos de escape, que huele a modernidad y a dinamismo, tiene, equivalentemente, el mismo valor emocional que las venas adorables de nuestras correlativas y exquisitas actualistas.
VI. Los provincianos planchan en la cartera los boletos del tranvía reminiscente. ¿En dónde está el hotel Iturbide?. Todos los periódicos dispépticos se indigestan con estereotipias de María Conesa, intermitente desde la carátula, y hasta hay alguien que se atreva integralmente asombrado sobre la alarma arquitectónica del Teatro Nacional, pero no ha habido nadie aún, susceptible de emociones liminares al margen de aquel sitio de automóviles, remendado de carteles estupendos y rótulos geométricos. Tintas planas: azules, amarillas, rojas. En medio vaso de gasolina, nos hemos tragado literalmente la avenida Juárez, 80 caballos. Me ladeo mentalmente en la prolongación de una elipse imprevista olvidando la estatua de Carlos IV. Accesorios de automóviles, refacciones Haynes, llantas, acumuladores y dínamos, chasis, neumáticos, klaxons, bujías, lubricantes, gasolina. Estoy equivocado. Moctezuma de Orizaba es la mejor cerveza en México, fumen cigarros del Buen Tono, S. A., etcétera, etcétera. Un ladrillo perpendicular ha naufragado en aquellos andamios esquemáticos. Todo tiembla. Se amplían mis sensaciones. La penúltima fachada se me viene encima.
VII. Ya nada de creacionismo, dadaísmo, paroxismo, expresionismo, sintetismo, imaginismo, suprematismo, cubismo, orfismo, etcétera, etcétera, de «ismos» más o menos teorizados y eficientes. Hagamos una síntesis quinta-esencial y depuradora de todas las tendencias florecidas en el plano máximo de nuestra moderna exaltación iluminada y epatante, no por un falso deseo conciliatorio -sincretismo-, sino por una rigurosa convicción estética y de urgencia espiritual. No se trata de reunir medios prismales, básicamente antisímicos, para hacerlos fermentar, equivocadamente, en vasos de etiqueta fraternal, sino, tendencias insíticamente orgánicas, de fácil adaptación recíproca, que resolviendo todas ecuaciones del actual problema técnico, tan sinuoso y complicado, ilumine nuestro deseo maravilloso de totalizar las emociones interiores y sugestiones sensoriales en forma multánime y poliédrica.
VIII. El hombre no es un mecanismo de relojería nivelado y sistemático. La emoción sincera es una forma de suprema arbitrariedad y desorden específico. Todo el mundo trata, por un sistema de escoleta reglamentaria, de fijar sus ideas presentando un solo aspecto de la emoción, que es originaria y tridimensionalmente esférica, con pretextos sinceristas de claridad y sencillez primarias dominantes, olvidando que en cualquier momento panorámico ésta se manifiesta, no nada más por términos elementales y conscientes, sino también por una fuerte proyección binaria de movimientos interiores, torpemente sensible al medio externo, pero en cambio, prodigiosamente reactiva a las propulsiones roto-translatorias del plano ideal de verdad estética que Apollinaire llamó la sección de oro. De aquí, que exista una más amplia interpretación en las emociones personales electrolizadas en el positivo de los nuevos procedimientos técnicos, porque éstos cristalizan un aspecto unánime y totalista de la vida. Las ideas muchas veces se descarrilan, y nunca son continuas y sucesivas, sino simultáneas e intermitentes. (II. Profond aujourd'hui. Cendrars, Cosmópolis, núm. 33). En un mismo lienzo, diorámicamente, se fijan y se superponen coincidiendo rigurosamente en el vértice del instante introspectivo.
IX. ¿Y la sinceridad? ¿Quién ha inquerido? Un momento, señores, que hay cambio de carbones. Todos los ojos se han anegado de aluminio, y aquella señorita distraída se pasea superficialmente sobre los anuncios laterales. He aquí una gráfica demostrativa. En la sala doméstica se hacen los diálogos intermitentes, y una amiga resuelta en el teclado. La crisantema eléctrica se despetala en nieves mercuriales. Pero no es esto todo. Los vecinos inciensan gasolina. En el periódico amarillista hay tonterías ministeriales. Mis dedos abstraídos se diluyen en el humo. Y ahora, yo pregunto, ¿quién es más sincero?, ¿los que no toleramos extrañas influencias y nos depuramos y cristalizamos en el filtro cenestésico de nuestra emoción personalísima o todos esos «poderes» ideocloróticamente diernefistas (sic.), que sólo tratan de congraciarse con la masa amorfa de un público insuficiente, dictatorial y retardatario de cretinos oficiosos, académicos fotofóbicos y esquiroles traficantes y plenarios?
X. Cosmopoliticémonos. Ya no es posible tenerse en capítulos convencionales de arte nacional. Las noticias se expanden por telégrafo; sobre los rascacielos, esos maravillosos rascacielos tan vituperados por todo el mundo, hay nubes dromedarias, y entre sus tejidos musculares se conmueve el ascensor eléctrico. Piso cuarenta y ocho. Uno, dos, tres, cuatro, etcétera. Hemos llegado. Y sobre las paralelas del gimnasio al aire libre, las locomotoras se atragantan de kilómetros. Vapores que humean hacia la ausencia. Todo se acerca y se distancia en el momento conmovido. El medio se transforma y su influencia lo modifica todo. De las aproximaciones culturales y genésicas, tienden a borrarse los perfiles y los caracteres raciales, por medio de una labor selectiva eminente y rigurosa, mientras florece al sol de los meridianos actuales, la unidad psicológica del siglo. Las únicas fronteras posibles en arte son las propias infranqueables de nuestra emoción marginalista.
XI. Fijar las delimitaciones estéticas. Hacer arte, con elementos propios y congénitos fecundados en su propio ambiente. No reintegrar valores, sino crearlos totalmente, y asimismo, destruir todas esas teorías equivocadamente modernas, falsas por interpretativas, tal la derivación impresionista (post-impresionismo) y desinencias luministas (divisionismo, vibracionismo, puntillismo, etcétera). Hacer poesía pura, suprimiendo todo elemento extraño y desnaturalizado (descripción, anécdota, perspectiva). Suprimir en pintura toda sugestión mental y postizo literaturismo, tan aplaudido por nuestra crítica bufa. Fijar delimitaciones, no en el paralelo interpretativo de Lessing, sino en un plano de superación y equivalencia. Un arte nuevo, como afirma Reverdy, requiere una sintaxis nueva; de aquí siendo positiva la aserción de Braque: el pintor piensa en colores, deduzco la necesidad de una nueva sintaxis colorística.
XII. Nada de retrospección. Nada de futurismo. Todo el mundo, allí, quieto, iluminado maravillosamente en el vértice estupendo del minuto presente; atalayado en el prodigio de su emoción inconfundible y única y sensorialmente electrolizado en el «yo» superatista, vertical sobre el instante meridiano, siempre el mismo, y renovado siempre. Hagamos actualismo. Ya Walter Bonrad Arensberg lo exaltó en una estridencia afirmativa al asegurar que sus poemas sólo vivían seis horas; y amemos nuestro siglo insuperado. ¿Que el público no tiene recursos intelectuales para penetrar el prodigio de nuestra formidable estética dinámica? Muy bien. Que se quede en la portería o que se resigne al vaudeville. Nuestro egoísmo es ya superlativo; nuestra convicción, inquebrantable.
XIII. Me complazco en participar a mi numerosa clientela fonográfica de estolistas potenciales, críticos desrrados (sic.) y biliosos, roídos por todas las llagas lacerantes de la vieja literatura agonizante y apestada, académicos retardatarios y específicamente obtusos, nescientes consuetudinarios y toda clase de anadroides exotéricos, prodigiosamente logrados en nuestro clima intelectual rigorista y apestado, con que seguramente se preparan mis cielos perspectivos, que son de todo punto inútiles sus cóleras mezquinas y sus bravuconadas zarzueleras y ridículas, pues en mi integral convicción radicalista y extremosa, en mi aislamiento inédito y en mi gloriosa intransigencia, sólo encontrarán el hermetismo electrizante de mi risa negatoria y subversista. ¿Qué relación espiritual, qué afinidad ideológica, puede existir entre aquel Sr. que se ha vestido de frac para lavar los platos y la música de Erik Satie? Con este vocablo dorado: estridentismo, hago una transcripción de los rótulos dadá, que están hechos de nada, para combatir la «nada oficial de libros, exposiciones y teatro».. Es síntesis una fuerza radical opuesta contra el conservatismo solidario de una colectividad anquilosada.
XIV. Exito a todos los poetas, pintores y escultores jóvenes de México, a los que aún no han sido maleados por el oro prebendario de los sinecurismos gobiernistas, a los que aún no se han corrompido con los mezquinos elogios de la crítica oficial y con los aplausos de un público soez y concupiscente, a todos los que no han ido a lamer los platos en los festines culinarios de Enrique González Martínez, para hacer arte (!) con el estilicidio de sus menstruaciones intelectuales, a todos los grandes sinceros, a los que no se han descompuesto en las eflorescencias lamentables y metíficas de nuestro medio nacionalista con hedores de pulquería y rescoldos de fritanga, a todos esos, los exito en nombre de la vanguardia actualista de México, para que vengan a batirse a nuestro lado en las lucíferas filas de la decouvert, en donde, creo con Lasso de la Vega: «Estábamos lejos del espíritu de la bestia. Como Zaratustra nos hemos librado de la pesadez, nos hemos sacudido los prejuicios. Nuestra gran risa es una gran risa. Y aquí estamos escribiendo las nuevas tablas.» Para terminar pido la cabeza de los ruiseñores escolásticos que hicieron de la poesía un simple cancaneo repsoniano (sic.), subido a los barrotes de una silla: desplumazón después del aguacero en los corrales edilicios del domingo burguesista. La lógica es un error y el derecho de integralidad una broma monstruosa me interrumpe la intelcesteticida (sic), Renée Dunan. Salvar-Papasseit, al caer de un columpio ha leído este anuncio en la pantalla: escupid la cabeza calva de los cretinos, y mientras que todo el mundo, que sigue fuera del eje, se contempla esféricamente atónito, con las manos retorcidas, yo, gloriosamente aislado, me ilumino en la maravillosa incandescencia de mis nervios eléctricos.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Brindis

Buenas noches.
Hoy se han desposado Marco y Karina. Sus familias y sus amigos estamos aquí, estuvimos en la ceremonia nupcial y antes, estrechando nuestra amistad. El día ha llegado, como si se cumpliera una profecía; como aquella en que Quetzalcóatl vuelve desde el oriente. El novio no es blanco ni barbado, pero la fecha, capicúa, ha llegado: a partir de ahora compartirán la misma suerte y una prueba de fuego: elegir una vida en común; este momento separa las experiencias del pasado con la promesa de un futuro. Como diría Octavio Paz: «en el amor todo es dos y todo tiende a ser uno».
Este día las cámaras fotográficas han capturado la celebración, brevísima si hablamos de tiempo. Instantáneas que aspiran a perdurar. Qué historias contarán las fotografías de esta noche, qué historia de amor nos contarán Marco y Karina. El amor, ciertamente, es una palabra extravagante, como el ritual mismo que hemos presenciado. Es una serpiente de plumas preciosas, me parece en una primera imagen; contrastante, disímbola: el alma, el cuerpo. Pensar y sentir. Aunque el casamiento es habitual, entregarse al matrimonio no es tan fácil como abrazar una causa, un equipo, una religión o la «tensión ficticia» del trabajo. Es una entrega voluntaria en que la libertad no debe extinguirse.
Enamorar, enamorarse, sentirse amado. «Lo más parecido a estar enamorado es el hallazgo de una música bellísima que nos fascina», dijo un escritor de verdad (Luis Ignacio Helguera), y los melómanos le damos la razón: encontrarla es una rareza; su búsqueda, a veces, una pérdida de tiempo. El tiempo de nuevo se hace presente; tiempo insuficiente para incluir el Theiopharmakon: una poción divina para preservar la salud espiritual y curar la enfermedad crónica de brindar por la salud, de John Geree, publicado en Londres en 1648, seguramente con otro título. Entonces y ahora, como escribió Augusto Monterroso, «Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso».
Algo de perfección hay esta noche; algo incompleto: la historia de Karina y Marco apenas comienza: diariamente habrán de escribirla, mejor, desde luego, de lo que haría este escritor: la literatura y una boda son sencillas, comparadas con vivir. Vivir es arriesgarse; brindemos por ello y por la felicidad de Karina y Marco. ¡Felicidades!

domingo, 30 de octubre de 2011

Exordio a Notas y apuntes para la historia de la Mina Las Dos Estrellas, de Gustavo Bernal Navarro

«Minero renegrecido de tanta y tanta sombra —escribió el poeta Carlos Gutiérrez Cruz en 1924— el hombre que te nombra te imagina [...] sacando a creces el oro que germina». Al leerlo pienso en Gustavo Bernal Navarro: el caudal de sus manos nos ha enseñado a mirar la vida con sus claroscuros. Su maestría como pintor, escultor y ceramista ha sacudido la conciencia de no pocos espectadores: es uno de esos artistas en vías de extinción que le imprimen ideas sociales a sus obras. La reacción, incluso, ha llegado a ser brutal, como sucedió en los noventa con sus murales en Tlalpujahua: emblanquecidos para destruir aquello que emergía: una sensibilidad humanista ante la grandeza y las injusticias.
Bernal no se ha preocupado en rescatarlos, aunque eso ha hecho por la cultura, la política y la historia: basta mencionar que en su gestión como alcalde entre 1981 y 1983 —recordada todavía por sus logros— salvó el archivo municipal de su deterioro y que el Arte Acá, por ejemplo, representó en los setenta una revaloración de lo popular; la Corriente Democrática, una lucha de la generación nacida en los treinta por recuperar nuestro país, secuestrado por el crimen organizado, es decir, el capitalismo; y el Museo Tecnológico Minero del Siglo xix, un reclamo del legado cultural de nuestra región.
Como el minero, Gustavo busca y profundiza. Para él nuestro patrimonio no es el de un pueblo olvidado, como quisiera verlo el turismo, sino el trabajo de la gente que ha sabido brillar pese a todas las adversidades. La tenacidad de Bernal pareciera a veces solitaria: en estos tiempos en que el mundo se reduce a la pantalla de un televisor o de un dispositivo móvil, él apuesta por la palabra y los conocimientos que aprendió en el Seminario Conciliar de México y la Academia de San Carlos. Compartirlos ha sido vivir a contracorriente.
Desde 1999 el Museo de la antigua Mina Las Dos Estrellas ha recobrado para el distrito minero de El Oro y Tlalpujahua su renombre con una filosofía desprovista de lucro y burocracia: su director —que no recibe ningún sueldo más que el de su jubilación como electricista— ha trazado en la práctica un museo distinto: no hay en su concepción el cobro de la cultura y no está interesado en convertirse en un atractivo turístico. Lo público es un imperativo. Que todos estos años haya funcionado así sólo se explica con esta frase de George Steiner: «Utopía significa simplemente hacerlo bien».
Quizá porque ha comprendido —lector al fin de la geología— que la belleza tarda en tomar su forma, Gustavo Bernal no había sacado antes a la luz estas anotaciones. Ahora, gracias a esta recopilación, podemos reivindicar en nuestra historia el papel del trabajador minero: estas páginas son la oportunidad para inclinar la balanza, pues —como él mismo afirmó, no sin razón, en una entrevista— «México tiene mucha riqueza mineral, pero no tiene un gramo de memoria».

Los lectores