martes, 16 de enero de 2018

Oración fúnebre a doña Esperanza Cano viuda de Bueno

Mamá Esperanza fue una mujer que nunca se doblegó. Hace once semanas, un lunes, despertó convencida de que resistiría una vez más a la adversidad. Once semanas pasó en cama, resuelta a no darse por vencida, aunque su vitalidad se fuera apagando. Once, las veces que intentábamos descifrar lo que nos murmullaba. Once, las razones por las que la cuidamos y amamos:
Mi abuela no estaba preparada para lidiar con doce hijos, ni lo estaba para perder, a los 39 años, a su esposo Pepe (de El Atorón), en 1964. Aprendió sobre la marcha, a duras penas, a sostener a nuestra familia con el apoyo y el esfuerzo de otra gran mujer, mi tía Lourdes, entonces de 19 años. Ambas nos enseñaron la virtud de intentar salir adelante y nos dieron el ejemplo: ellas lo consiguieron.
Mi abuela no era una persona que estancara sus pensamientos en el pasado, pero pocas cosas lamentó tanto como no seguir estudiando. No fue una decisión que estuviera a su alcance: la escuela era una exigencia menor comparada con el trabajo. Pero cuando fue jefa de familia quiso revertir eso y se propuso que sus hijos tomaran las riendas de su destino a través de la educación, un impulso que llegó hasta la formación de uno de los más destacados arqueólogos que contempló la cultura maya, mi tío Ricardo.
Mi abuela era una persona sencilla a la que no le gustaba la presunción... excepto una, que le enorgullecía: con apenas la instrucción elemental que tuvo, asumió el negocio de mi abuelo y se abrió paso en un mundo fiero: la «Refaccionaria José Bueno Velázquez» le permitió probarse a sí misma y a los demás que la honradez es la mayor ambición que debemos derrochar.
Por cuarenta años, mi abuela atendió el mostrador de la Refaccionaria. Lo hizo como quien prepara la comida: pendiente de que cada ingrediente estuviera listo. No podríamos, sin embargo, decir lo mismo de su cocina, a la que le dedicaba menos atención que el trato a sus clientes. Pero no estamos, en absoluto, desagradecidos por sus sopas y sus guisados: al contrario; somos como ella: sinceros; y como su casa, abrimos la puerta a quien sepa distinguir entre tosquedad y calidez.
¿De qué estabas hecha, mamá Esperanza? ¿Cómo es que, abatida, pudiste reponerte a las muertes de Verónica (la menor de tus hijas), treinta años después que su padre; de Ricardo y María de la Luz, al finalizar 1995, y de Lourdes, hace 14 años y medio? ¿Y cómo es que, hace poco más de treinta años, sobreviviste, junto con tu primera hija, Lucha, y tus nietos Armando y Pepe, a un accidente automovilístico en Atlacomulco? ¿De dónde sacabas esa fortaleza? Solamente te faltaron tres días para llegar a los 93 años de edad. Creímos que cumplirías cien, pero nuestro corazón erró, porque no era de oro como el tuyo.
Infatigable, diariamente seguiste caminando hasta este octubre que pasó por las calles de El Oro, tu pueblo, tu muy querido pueblo, el nuestro, el que también te quiso y te respetó: una deferencia con la que reconocemos a las personas buenas como tú.
Eso no lo olvidaremos. Y ese recuerdo, el que cada uno guardará de ti. Como el de tu risa: sonora, perdurable en nuestra alegría; una carcajada que podía surgir de la simpleza, mas no de la burla.
Cada vez más te deshiciste de tus propios recuerdos y te apropiaste de lo que te platicábamos. Volteabas de vez en cuando al pasado, pero preferías siempre mirar al presente: a la aurora del día, a la esperanza que renace y resplandece.
Anoche nos acompañó gente cercana a nuestra familia (y al decir familia, incluimos a mis tías Ma De Los Angeles, Marielena y Pinita). Amistades nunca te faltaron; y en los últimos años, dos en especial: la de mi hermana Andrea y la de Cristina, a quien tanto debemos agradecer.
Fuiste la segunda de los cinco hijos de don Juan Cano Huitrón (de Temascalcingo), hijo de Francisco Cano Álvarez y Clotilde Huitrón Sánchez; y de doña Aurora Cardoso Eguiluz (de Tulancingo), hija de Amado Cardoso Negrete y Dolores Eguiluz Jaimes. Fuiste todo para nosotros.
Mamá Esperanza: te habla unos de tus 19 nietos, aquel que aprendió de ti que las palabras de amor también se pueden decir a través del silencio, o con un abrazo; o con una de tus bendiciones: con las que nos protegiste y con las que hoy nos quedamos. Te quisimos y te queremos muchísimo.

martes, 31 de octubre de 2017

Velia Marmolejo Fat o el palimpsesto de la añoranza

En el centenario de la profesora Velia Fat Marmolejo –nacida en El Oro el 31 de octubre de 1917– se cumplen también –el 23 de noviembre– setenta años de que se terminó de imprimir, en los talleres linotipográficos de la Escuela Industrial y de Artes y Oficios de Toluca, el primer libro de cuentos de la escritora Velia Marmolejo Fat: La gran curiosidad. Con un dibujo de Leonardo Gutiérrez en una cubierta entintada de verde, la obra fue encuadernada por Simón Hernández, Susana Mariscal y Lydia Maruri en un formato de 13 por 19 centímetros que alcanzó las 179 páginas, y al igual que la primera edición de Al filo del agua, de Agustín Yáñez, no aparece su tiraje en el colofón.
En 1947, Velia tenía treinta años de edad. Desde 1930 había comenzado a escribir y en 1945 se había casado con el profesor Gabino Escalante Arreola, con quien tendría siete hijos, dos de ellos fallecidos prematuramente. En 1929 había perdido a su madre y tiempo antes a dos hermanas muy pequeñas. Por eso no resulta extraño que el amor, la ternura, el desengaño, pero sobre todo la muerte motivaran sus historias. Al leerlas, afloran en ellas las prolíficas lecturas de la escritora, desde las páginas móviles de las nubes, hasta personajes literarios como don Quijote y Ruy Díaz de Vivar, o autores como santa Teresa de Ávila.
En sus cuentos se percibe un acentuado amor por los libros, con los que –imaginamos– pudo viajar por el mundo y al mismo tiempo alejarse de él, de su podredumbre. En las letras parece encontrar la esperanza de amar y la liberación del silencio: gracias a la literatura concibe al amor como premio y sacrificio, y poetiza a la muerte como «apenas el ruido sin importancia de una rama que cruje».
Es verdad, como subrayó el poeta José Alfredo Mondragón, que Velia Marmolejo le da a sus protagonistas un destino «signado por la fatalidad», como aquel en el que el hijo del muertero piensa para sí un ataúd de cedro, y su viuda termina sepultándolo en uno de ocote; sin embargo, de la misma manera, la autora suele girar las palabras para que se conviertan en consuelo, en caricias y en promesas, y a menudo narra que los novios barajan el tiempo cruzándose cartas de amor, o entre padres e hijos hay un desenlace donde se sobrepone el entendimiento. No sólo hay sueños destrozados como el esqueleto de una barca, también hay ilusiones en frascos de plata escondidos dentro del corazón.
En estos primeros 27 cuentos –intuimos que escritos a lo largo de los años– marchan y a veces se marchitan un poeta que ama lo imposible; un arcón de encino que desempolva la sombra de una madre ausente; una tejedora insensata y solitaria; una ciega que espera; una madre que educa a sus tres hijos para que la entronicen; un hombre casado que regresa por el amor perdido y a unos pasos de llegar a la gloria renuncia a ella y desanda amargamente su camino; dos hermanos que traicionan a su hermano mayor por desamor; un hombre en apariencia feliz que llora de miedo; un primer amor cifrado en un vals; un enano y una loca; un niño de nueve años que cree domar al palo ensebado; una pareja de viejos cuyo misterio se consume frente a la chimenea; dos huérfanos que viajan a la ruta de la asistencia social, sin haberla tomado; una promesa incumplida; una húngara que ve huir a su desagradecida hija adoptiva; y unos guantes que encarnan la locura. Solamente uno, «Serenata», queda como un enigma.
De estos 27 cuentos, tres están inspirados en la narrativa católica: «La muerte del Señor», «La Nochebuena del viejo» y «Viene Jesús». Y uno más, entre los últimos del libro, evoca la cuentística china, de la que habríamos esperado más, pues Velia era hija de un comerciante cantonés, Chiu Sam Chim, quien había llegado a México en 1908 y a El Oro en 1912, y quien le habría contado «La bondad del hijo mayor», donde el padre, Wu-Hang, contiene su ira hacia su segunda esposa, Yi, por la súplica de su primer hijo, Chan-Cué, cuya bondadosa madre muerta pareciera haber hablado por su boca.
Otros cuatro textos más, identificados como semblanzas, tienen cabida en el libro, como aquellos pétalos de flores que se guardan en una caja lacada, como un recuerdo. No son relatos literarios, sino retratos de gente que conoció: el del escritor Teodoro Torres, a un año de su fallecimiento; el de la pordiosera abandonada por sus dos hijas; el de la niña de nueve años desamparada frente al mundo; y el de la rusa de cabellos rojos que perdió a su hija. La invocación, tan difícil de borronear, se impuso: podríamos decir entonces que casi como un rasgo de identidad, los personajes de Velia exhuman sus recuerdos (excepto –quizá– por un leproso que no retrocede a las pavesas del pasado). Esto queda reafirmado en «La última petición», cuando la madre le suplica al Ángel de la Muerte: «¡Déjame recordar!».
El libro –dedicado a su esposo y a su primer hijo, Francisco Fernando, «con devoción y cariño»– tiene tres cuentos sobresalientes, además, porque están al principio, al final y justamente en medio: los que abren y cierran, «La gran curiosidad» y «La morralla», hablan, el primero, de aquella necesidad, a veces necedad, de conocer y mirar más allá de la tierra natal, para finalmente añorarla, regresar a ella y reconocer que el cielo y las estrellas estaban al alcance de la mano; y, el segundo, del asolamiento de una violación.
He dejado a la postre el que considero es el cuento más preciado, el cuento dorado: «El avaro», donde se contrasta el valor de aquello que atesoramos, ya sea el oro en un cofre o la historia de un inefable amor en dos pliegos amarillentos. Y he dejado también, antes de concluir, dos certeras frases que Gabriela Mistral le escribió en una carta fechada el 14 de febrero de 1950: «Mi alegría vino de leer algo que rara vez hallo: la prosa rítmica» y «usted tiene el sentido del misterio en lo doméstico, en lo diario».
«Los escritores –se lee entre los primeros cuentos– no son sino unos mentirosos», algo que no podríamos decir de Velia Marmolejo Fat, quien se mostró sincera en su primer libro y del que diremos, parafraseando a la escritora aurense, que de la flor inmensa de la literatura sólo nos toca a cada uno un pétalo. Y con este pétalo que es La gran curiosidad nos tocamos la frente para pensar en su autora, los labios para nombrar cada una de sus historias y el pecho para que no la olvidemos.

miércoles, 26 de julio de 2017

Nadia Comăneci ya no vive aquí

Del 11 al 22 junio se proyectó en la Cineteca Nacional la Muestra de Cine Rumano: 10 años en 10 películas, de la Palma de Oro al Oso de Oro, organizada por la Embajada de Rumania en México y el Instituto Cultural Rumano de Madrid, una muestra que incluía seis largometrajes del 2005 al 2015 y otros cuatro producidos en 2016. De entre ellos resultaba atractivo, por su título, la Autobiografía de Nicolae Ceaușescu: un recurso que ya había sido utilizado en el terreno de la literatura si recordamos, por ejemplo, la Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán (1992) o La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes (2004 y 2007).
Con frecuencia, la vida de una persona con cierto renombre no es escrita por ella misma: ocurre tanto en este documental como en libros afamados, como las Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, y no por ello son memorias apócrifas: como ha dicho Friedrich Katz, Guzmán era un gran escritor y un investigador extraordinariamente serio que basó su texto en los manuscritos del secretario de Villa, el coronel Manuel Bauche Alcalde, a quien el Centauro del Norte dictó su autorretrato en 1914.
En el espejo musical, el género ha sido visitado lo mismo por amanuenses que por compositores, entre quienes destaca la cantautora Patti Smith, con tres libros autobiográficos publicados en español por Lumen: Éramos unos niños, Tejiendo sueños y M train. Sin pretender ofrecer una lista exhaustiva de autores que escribieron sus memorias (seguramente empujados por el interés de sus fans y el clamor de la prensa), podemos mencionar algunas traducidas al español: por ejemplo, las de Marianne Faithfull y Kim Gordon, editadas por las españolas Celeste y Contra, respectivamente. Expediciones Polares, por su parte, ha publicado las de Françoise Hardy y Stuart Murdoch; Alba, las de Miles Davis y Ravi Shankar; y Aguilar las de Sting y Phil Collins. Malpaso y Sexto Piso, ambos con filiales en España y México, son otros dos sellos editoriales que han incorporado a sus catálogos las autobiografías de Morrisey, Johnny Ramone, Bruce Springsteen y John Lydon (alias Johnny Rotten), en el primer caso; y las de Moby y Bernard Summer, en el segundo.
Pero indudablemente, la editorial que ha robustecido su colección de memorias es Global Rhythm, con títulos firmados por Edith Piaf, Eric Clapton, Keith Richards, Ronnie Wood, James Brown, Ozzy Osbourne, Andy Summers, Ray Charles, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Art Pepper y Woody Guthrie. Dos nombres más citaremos para cerrar este excurso bi(o)bliográfico: el del violonchelista Carlos Prieto, que en este 2017 publicó Mis recorridos musicales alrededor del mundo. La música en México y notas autobiografías, en el Fondo de Cultura Económica; y el del escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990), cuyo libro póstumo, Antes que anochezca, fue adaptado al cine por el director Julian Schnabel en el año 2000 (autor también del documental Lou Reed: Berlin, del 2007).
De vuelta a la pantalla, que a menudo recrea nuestro propio engaño sobre el pasado, conviene detenernos ante la inusual realización del documental sobre los Ceaușescu: no hay en esta obra (hasta podríamos decir: anónima) una narración en off ni algún subtítulo que precise el lugar y la fecha de lo que vemos o que identifique a los protagonistas. Las imágenes, que abarcan casi 25 años, provienen de los archivos fílmicos oficiales y de la televisión rumana, en gran parte mudas y en blanco y negro, incluso ya muy entrada la década de los ochenta.
Al director, Andrei Ujica, le tomó tres años reducir más de mil horas de metraje (durante el primer año, ayudado por dos investigadores que preseleccionaron el material fílmico y videográfico) a 180 minutos de un propagandismo que pasa de la exaltación discursiva al choque con la realidad. Nacido en Timişoara en 1951 (ahí donde germinaron las protestas que derrocaron al régimen en el ’89) y exiliado en Alemania occidental desde 1981, Ujica inició su filmografía con los documentales Videogramas de una revolución (codirigido con Harun Farocki, 1992) y Fuera del presente (1997). En 2010 presentó su Autobiografía de Nicolae Ceaușescu en los festivales de Cannes y Morelia: un registro de las actividades del líder político desde 1965, al asumir la secretaría general del Partido de los Trabajadores Rumanos a la muerte de Gheorghe Gheorghiu-Dej, con quien fue ministro de Agricultura y viceministro de Defensa. Nada se dice de los primeros 47 años de vida de Nicolae, excepto cuando se festejan sus cumpleaños en plenas sesiones del politburó: surrealismo socialista.
El documental, una sucesión de puestas en escena donde suele confundirse la noción de no ficción, comienza con una más, la del mediodía del 25 de diciembre de 1989: el juicio sumario a él y a su esposa Elena, viceprimera ministra desde 1980, con quien se casó en 1946. Ambos se niegan a someterse a un proceso ilegal montado por un puñado de militares y no contestan ninguna de las acusaciones que penden sobre ellos. El fusilamiento, transmitido en su momento por los noticiarios internacionales, no se muestra al espectador, que verá en cambio actos públicos, desfiles oficiales e incluso filmaciones privadas que dan cuenta de las vacaciones familiares, así como su último mensaje televisivo, la noche del 20 de diciembre de 1989.
Esta autoglorificación (de los Ceaușescu, pero también del comunismo rumano) parece seguir un orden cronológico (a cargo de la editora Dana Bunescu), si bien a veces es evidente que tal orden se rompe sobre todo cuando se trata de ubicar históricamente a personajes como Richard Nixon, Jimmy Carter, Isabel II, Mao Tse-Tung y Kim Il-Sung, quienes aparecen sonrientes junto a Ceaușescu. Por supuesto, no podían faltar las reuniones del Pacto de Varsovia y los encuentros con otros dirigentes del bloque oriental, entre los que destacan Alexander Dubček, antes de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, y Mijaíl Gorbachov, a quien Nicolae Ceaușescu fija una recelosa mirada en 1985.
En ese último año empezó la delirante construcción del monumental Palacio del Pueblo, la cúspide de un gobierno de fachada que contradice completamente lo pronunciado por Ceaușescu acerca del simbolismo: según él, sólo era útil en la poesía, no en la economía o la política. Pero justo el culto a la personalidad (que encierra en un retrato la efímera simbolización del poder) denota ya cuán desproporcionada era su aspiración a la grandeza: cimentada en palabras huecas.
Dos pasajes más alcanzan puntos culminantes dentro del documental (de los que desconocemos cuál fue su repercusión cuando ocurrieron): el primero es una voz crítica en el XII Congreso del Partido Comunista Rumano, la del camarada Constantin Pârvulescu, al reprocharle a Ceaușescu su intención de reelegirse. Esa ocasión, impactante e inaudita, fue completamente desaprovechada: la solitaria y enérgica disidencia no tuvo eco en ese instante en el que no siguió al silencio sino una aplastante multitud de delegados que aclamaba: ¡Ceaușescu, Ceaușescu, Ceaușescu! El 16 de diciembre todavía parecía muy lejano.
El segundo sucedió también a finales de los setenta: en un balance anual, el mandamás le exige a su gabinete todo su esfuerzo para lograr las metas programadas, entre ellas la primordial: aumentar las exportaciones. Cabizbajos, los ministros se reaniman con las proclamas finales y al unísono gritan, arengados por su líder: ¡muera el capitalismo!
Esta incoherencia, desde luego, no es exclusiva de un sistema: es sintomática de la clase gobernante, que llega a creer su propia simulación, su irrealidad: en 2014, Barak Obama y Stephen Harper visitaron Toluca, donde se reunieron con Enrique Peña. La ciudad fue maquillada a contrarreloj: las calles por donde transitaría la comitiva fueron “embellecidas”, tal como se acostumbraba a hacer en la Rusia zarista. Potemkiada, se le llamaba a esta farsa, una distorsión ahí donde la deteriorada realidad no debe ser vista y donde, como en la Autobiografía de Nicolae Ceaușescu, la complicidad convierte a los ciudadanos en caricaturas de sí mismos: como quien actúa en un videoclip.

domingo, 4 de junio de 2017

Reflexiones de un votante frente a una elección de Estado

No sé ahora, pero la educación que recibí en la primaria y la secundaria ha sido la más sólida y perdurable en mi vida. Quizá por eso mi afecto hacia El Oro sea tan fuerte: por los compañeros, las maestras y los profesores con los que estudié. Esos años de formación tienen cierto parecido a los más recientes: se dio en medio de una crisis económica que preocupaba a mi familia, a mi municipio y al país entero.
En los ochenta, México no tenía la misma pluralidad que ahora: los partidos de oposición eran una minoría frente a ese binomio conocido como PRI-Gobierno, una maquinaria que produce pobreza en su beneficio para conservar el poder. Su cultura política, perfeccionada perversamente a lo largo de los años, revelaba simulación y conveniencia: desde entonces podíamos atestiguar que su conducta no era honesta y que sus intereses eran ajenos a las necesidades populares, que reclamaban justicia y derechos sociales.
El PRI de hoy es el mismo de hace 35 años, a pesar de la abundante información que documenta el enriquecimiento de sus dirigentes, candidatos y funcionarios gubernamentales a costa del erario. No se necesita mirar hacia Veracruz, Quintana Roo, Coahuila o Chihuahua para señalar la corrupción de los priistas: en nuestra región, de donde son originarios secretarios estatales y exdiputados federales, la inmensa fortuna de estos vividores es una imperdonable ofensa frente a la alta marginación que se extiende en el noroeste del estado de México.
El PAN y el PSUM eran los principales opositores, y el PPS, el PARM y el PST jugaban el mismo papel que hoy representan el Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social: cúpulas que apoyan la permanencia del PRI en el gobierno. De aquella época recuerdo bien la contienda por la gubernatura de Chihuahua en 1986: una lucha ciudadana sumada a la del panismo y un fraude electoral que aquella vez se justificó llamándolo patriótico.
Poco más de tres décadas después, Acción Nacional dejó de ser, a partir del salinismo, el partido que anteponía sus ideales democráticos a la vulgar negociación, hasta convertirse en aquello que criticaron sus fundadores: una clase política ciega ante las carencias sociales. Lo mismo le ocurrió al PRD, heredero del registro del PSUM y PMS, de forma acelerada desde 2008, cuando los chuchos y sus aliados tomaron el control de un partido que dio la espalda a su propia historia, al ser absorbido por el régimen al que por dos décadas se opuso.
Hasta 1989, ningún candidato opositor había sido reconocido como triunfador en una elección a gobernador. El gobierno mismo era el que presidía la comisión electoral y los diputados electos calificaban la validez de su propia votación. Todo dependía, pues, de la voluntad del gobierno de respetar el sufragio efectivo. No fue sino hasta 1994, en un intento por contener la violencia política de aquel año, cuando se pretendió ciudadanizar al instituto electoral, carácter que solamente duró de 1996 a 2003, ya que luego los partidos le restarían independencia al organismo federal.
Pero en nuestro estado esa distinción no se ha dado: el instituto que organiza las elecciones locales es una extensión del gobierno estatal. Su parálisis ante la naturalidad con que delinque el partido oficial ha pasado del asombro a la indignación: desde que Arturo Montiel instauró el programa de regionalización, el aparato gubernamental está al servicio del partido que de revolucionario no tiene nada y de institucional solamente la obediencia al mandatario en turno.
El condicionamiento de la entrega de programas asistencialistas es un delito electoral, al igual que la compra descarada del voto y la abierta participación de los gobiernos federal y estatal para favorecer al candidato priista, a los que habría que añadir adversidades como la incitación al abstencionismo, las falsas encuestas, las campañas sucias, la desinformación y el bombardeo de llamadas telefónicas, muestras todas ellas de que la democracia en nuestro estado está en riesgo.
El grupo Atlacomulco lleva 75 años en el poder. Desde el cacicazgo de Isidro Fabela, luego del asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán en 1942, hasta la ineptitud del actual gobierno, su sello distintivo ha sido la impunidad. Los negocios al amparo del poder o el desfalco sólo se entienden por la complicidad con que ha actuado, sea por los lazos familiares de los Fabela Alfaro, Del Mazo Vélez, Sánchez Colín, Del Mazo González, Montiel Rojas y Peña Nieto, o por la máxima del hijo adoptivo, Carlos Hank González, llevada a la práctica con todo exceso: un político pobre, es un pobre político.
Hoy hay cuatro circunstancias que complican el cambio de régimen: Eruviel Ávila ha desviado más de 11 mil millones de pesos, seguramente en beneficio propio, pero también para repartir en este proceso electoral, sobre todo en la jornada de este día. Dos: la pobreza en el estado es aprovechada por el PRI en esta campaña y también es una evidencia de las profundas desigualdades que agudiza este gobierno: 58.9 por ciento de pobres es la cifra de una gestión que parecería desastrosa, si no observáramos que en realidad funciona para aquellos que sostienen una vida privilegiada como funcionarios estatales. Tres: a ello habría que sumar la baja participación en las dos elecciones anteriores, 43 por ciento en 2005 y 46 en 2011; es decir, el voto leal al PRI es el que ha pesado frente a la indiferencia de los abstencionistas.
El cuarto es un factor impulsado desde el PRI-Gobierno y los medios de información afines: la candidatura del PRD para dividir el voto opositor. Parece que hay que recordarles a los electores que se trata de una vieja estrategia el presentar a un personaje más o menos novedoso, con un discurso atractivo, para atraer votos a un proyecto personal. En cada elección ha pasado, aunque quizá se haya perdido de vista lo que buscaban esas caras prácticamente desconocidas: en 1994, el PT lanzó a Cecilia Soto, entonces diputada del PARM, como su candidata para conservar el registro; y ella luego sería embajadora en Brasil con Fox y hoy es diputada por el PRD. En 2000, Gilberto Rincón Gallardo se postuló por Democracia Social; no consiguió la votación mínima, pero con Fox y Calderón presidió la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación. En 2006, Patricia Mercado, con Alianza Socialdemócrata, mantuvo el registro, aunque por poco tiempo, y ahora es la secretaria de gobierno de Mancera. Finalmente, en 2012, el discurso de Gabriel Quadri fue suficiente para que Nueva Alianza prosiguiera como partido político; hoy apoya la candidatura de Alfredo del Mazo Maza.
El inflado ascenso de Juan Zepeda apunta en ese sentido: cautivar, no con la intención de ganar, sino de obstaculizar una verdadera alternancia. A quienes se han dejado engañar por su imagen mediática se les olvida que como diputado local no ha destacado ni demostró en la Legislatura ninguna oposición importante a las iniciativas del gobernador Ávila. Y se les olvida también que apenas hace tres meses, el PRD canceló la elección interna, programada el 5 de marzo, donde el expresidente municipal de Nezahualcóyotl contendería frente a otros dos precandidatos. Su designación por dedazo sólo se comprende por un acuerdo fraguado entre su jefe, Héctor Bautista, y el gobierno estatal.
Si a pesar de eso, del periodismo de investigación que señala al PRD en el estado de México como un partido vendido, los votantes quieren desperdiciar esta oportunidad de cortar el ciclo de corrupción e impunidad en nuestra entidad, es porque prefieren que el PRI retenga la gubernatura, en lugar de hacer posible un cambio de gobierno.
Me han preguntado por qué votaré por Delfina Gómez Álvarez. Desde el año 2000, cuando renuncié al PRD, no he vuelto a militar en ningún partido. Desde 1994 no he dejado de votar y siempre he decidido hacerlo por un proyecto político, antes que un candidato o un partido en campaña, pues su trayectoria es lo que realmente importa, no si son simpáticos o buenos oradores. Nunca votaría por el PRI o por sus aliados, pues su insaciable apetito por el dinero público ha despojado al país de casi todo nuestro patrimonio. Un cambio siempre será más deseable que ver cómo siguen saqueando a la nación. Veo en la candidatura de Delfina Gómez esa posibilidad de ajustar el progreso a favor del pueblo. Veo en ella a una ciudadana que sabe escuchar las críticas y a un equipo de especialistas preparado para gobernar con un enfoque social. Veo en un voto por ella a una sociedad que le exigirá un gobierno transparente donde no habrá lugar para la traición.
Ojalá hoy nos libremos de este sistema deshonesto.

sábado, 8 de agosto de 2015

Francisco Javier Ayala Reyes (1947-2015)

El 4 de octubre Francisco habría cumplido 68 años de edad. Unas semanas antes, en septiembre, habría festejado con él los veinte años de una amistad que fuimos estrechando gracias a la palabra y nuestra predilección por el arte y la cultura. Seguramente habríamos salido a comer y le contaría, porque él ya lo había olvidado, que nos conocimos en el salón que compartimos como estudiantes en la Facultad de Humanidades. Aquel primer día de clases, él se sentó en el pupitre al lado del mío y me preguntó por el libro, la revista y el disco que me acompañaban aquella tarde. Así lo hacía siempre: buscaba la forma de entablar una conversación. No diría que lo hacía por sentirse solo. Lo que sentía era la necesidad de aplacar la fiereza de este mundo.
La última vez que lo vi —él con los ojos cerrados— no pudimos decirnos ninguna palabra. Esa noche, la del sábado 30 de mayo, viajé desde El Oro para identificar a un desconocido que estaba hospitalizado e inconsciente desde que la ambulancia lo atendió en estado muy crítico. Sin credencial consigo, un papel con mi número telefónico, que hacía meses llevaba guardado en alguna ropa que ese día se puso, fue el único modo de llegar hasta alguien que lo conociera.
Y lo conocí bien. Fue un hombre demasiado afable que amó, precisamente, al papel, a lo que comunica —incluso la textura misma— y a lo que ahí se preserva. Su primer acercamiento fue una fascinación que mantuvo viva: las historietas lo cautivaron como luego lo harían los libros y las artes visuales. A temprana edad descubrió que él también podía crear sobre papel: dibujaba con talento y cuando en 1965 inició sus estudios en Arquitectura, los planos fueron una extensión de su propia creatividad. Gran parte de su vida, más de cuatro décadas, la dedicó a un sinnúmero de proyectos arquitectónicos, el último de los cuales sería la casa de Maura en El Salitre, que nos entregó en diciembre de 2013.
Una casa representada según los códices mexicanos es el símbolo al que recurrió al diseñar los emblemas de las facultades de Arquitectura y Humanidades, identidades gráficas que si bien han sido modificadas conservan la huella del lenguaje que Francisco delineó: la construcción del conocimiento en el aula. Arquitecto y coleccionista, se dedicó por más de dos décadas al arte de la encuadernación cuando, quizás a finales de los ochenta, una imprenta toluqueña arruinó una colección suya de fascículos que debió haber sido cosida en cuadernillos. Se propuso entonces aprender a reparar sus libros y para ello tomó varios cursos en la ciudad de México. La práctica y la vasta bibliografía que acopió a lo largo del tiempo perfeccionaron su trabajo como maestro encuadernador y su amor al papel quedó plasmado en su inédito Manual de encuadernación para estudiantes de la licenciatura en ciencias de la información documental.
Xochiquetzalcalco era su casa: «en la casa de la flor preciosa» las bellas artes florecieron para habitar el alma de Francisco ante un mundo que él no terminaba de entender: la deshumanización como estrago se contraponía a su sensibilidad. Y sin embargo, no abrazó la misantropía. Todo lo contrario: el aprecio que sentía por nosotros sus amigos era manifiesto y no pocas veces generoso. Saludaba con júbilo por teléfono cada vez que le llamaban y escuchaba atento a quienes se encontraba por la calle. Eran momentos de belleza que atesoraba tanto como haber visitado un museo.
Nos gustaba caminar esta ciudad que a veces hasta odiaba, casi tanto como el futbol. Francisco nació en 1947 y por lo tanto vivió la acelerada demolición del patrimonio arquitectónico de Toluca, en aras de una malentendida modernidad, pues la mentalidad de la gente no cambió y del centro, desde 1969, no podemos decir que sea histórico. Caminar con él era aprehender las historias de Toluca. Rememorar los cines que ya no existen, a divas como María Félix y Marilyn Monroe, y las personas que permanecían en su recuerdo. Todas las épocas revivían a través de su voz.
La palabra hablaba, huehuetlatolli, —y la escrita, porque también estuvo en el taller de poesía de Guillermo Fernández— no era la única con la que expresaba afecto. Como cocinero era el mejor, y sus pasteles en especial fueron en varias ocasiones el regalo con el que celebrábamos el cumpleaños de mi madre. Su última cena de navidad, por cierto, la pasó con Maura y conmigo en Tlatelolco, apenas en diciembre pasado. Esa noche, además, vimos El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson. El cine, desde luego, era una de las aficiones que compartíamos, y la última vez que fuimos a uno, un mes después, en enero, fue para ver un documental sobre David Bowie, un personaje, como él, nacido en 1947.
¿Cuáles habrán sido los últimos pensamientos de Francisco hace diez semanas, mientras caminaba por los Portales, el lugar más emblemático de Toluca? ¿quizá se mezclaban con alguna música que habrá llegado hasta sus oídos? ¿algo en la radio, tal vez el anuncio de alguna exposición a la que le gustaría ir? ¿qué proyectos tenía pendientes? Esa semana le ayudaba a Liudmila Rosales con su Censo gráfico periferia Oaxaca, un fotolibro que ya tenía impreso en el colofón la fecha que también sería la del fallecimiento de nuestro querido y llorado amigo Francisco: 31 de mayo de 2015.
El lunes 1 de junio lo sepultamos en silencio. Hoy trajimos música de su gusto y una exposición de libros de artista a la que no hubiera faltado, asiduo como era a asistir a eventos culturales como este, en los que se le quería. Hoy le rendimos un pequeño pero significativo homenaje para que su nombre prevalezca en nuestra memoria. Y lo hemos querido hacer en una casa que no dejará de habitar: la del arte. También estará en nuestros corazones, aunque no podremos dejar de sentir soledad con su ausencia y lamentar no haber estado más tiempo con él. La vida nos prodigó la oportunidad de conocerlo. Amigos como él son insustituibles. Damos aquí la palabra de que no lo olvidaremos. Y gracias, muchas gracias, Francisco.

Homenaje luctuoso a Francisco Ayala, arquitecto y maestro encuadernador
Museo Taller Nishizawa

viernes, 31 de octubre de 2014

Tres momentos heroicos del distrito minero de El Oro y Tlalpujahua



I

Los historiadores de la revolución de Independencia y los biógrafos de Ignacio Rayón comúnmente mencionan un conocido cerro de Tlalpujahua como el centro de operaciones del presidente de la Suprema Junta Nacional Americana desde julio de 1812: el Campo del Gallo, fortificado por su hermano Ramón, que por su ubicación y armamento le permitieron a Ignacio recorrer las haciendas y pueblos próximos y despachar desde ahí el gobierno y las operaciones militares de la insurgencia. Como autoridad expidió leyes, proclamas y reglamentos, y fue el primero en celebrar, con la solemnidad requerida, el grito de libertad de Hidalgo y Allende, el 16 de septiembre de 1812 en Huichapan. No pasó, sin embargo, mucho tiempo antes de que el abogado y general de división Ignacio Rayón sufriera el asedio de las fuerzas realistas. Resistió sus embates hasta que tuvo que abandonar su cuartel general junto con sus hermanos, en mayo de 1813.
Temprana fue la incorporación de Ignacio Antonio López Rayón y López Aguado a la causa fernandista: una vez que se entrevistó con Miguel Hidalgo en Maravatío, publicó un bando el 23 de octubre de 1810 en Tlalpujahua, en el que convocaba a todos los americanos a formar parte de la revolución. El patriotismo de Rayón es desbordante: secretario de Estado y del despacho, antes de ser nombrado por los primeros caudillos como jefe del ejército el 16 de marzo de 1811, en Saltillo; intendente de Zacatecas entre el 15 y el 30 de abril; electo presidente de la Junta de Zitácuaro, el 19 de agosto; autor de los Elementos constitucionales, fechados el 30 de abril de 1812 en la Hacienda de la Huerta, en Zinacantepec; diputado constituyente del Congreso de Chilpancingo, en 1813; defensor del Fuerte de Cóporo, en Jungapeo, entre 1814 y 1816, sitiado por el coronel Agustín de Iturbide y el brigadier Ciriaco del Llano; sin olvidar que participó en la edición del Despertador Americano, el Ilustrador Nacional, el Ilustrador Americano y el Semanario Patriótico Americano, además de rubricar la Constitución Federal de 1824 como diputado por Michoacán. En una palabra, un héroe. Y si bien ninguna de sus batallas se conmemora, los tlalpujahuenses festejan, cada año, la heroicidad del 13 de noviembre de 1812, a la que las páginas de la historia le dedican algunos renglones. El pueblo, en cambio, le confiere magnificencia: el 6 de noviembre, Ignacio Rayón tuvo noticia de que su hermano Ramón, con un centenar de insurgentes, venció a 150 soldados del virrey entre Jerécuaro y la hacienda de Sotomayé. Al día siguiente fueron recibidos con alegría y regocijo, y el 13 un banquete fue ofrecido en el Campo del Gallo por su victoria. Fue un acto jubiloso y extraordinario: Rayón agradeció así a sus paisanos su entrega a los ideales revolucionarios.
Celebrar la unión y no el martirio: una visión distinta de heroísmo.


II

La noche del 17 de diciembre de 1857, el general Félix Zuloaga hizo público el Plan de Tacubaya, empeñado en derogar la Constitución Política promulgada el 5 de febrero de ese año. A tal acción se adhirió Ignacio Comonfort, que apenas el 1 de diciembre había jurado «desempeñar leal y patrióticamente el encargo de presidente de los Estados Unidos Mexicanos, conforme a la Constitución, y mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión», luego de ser presidente sustituto desde 1855. Un autogolpe de Estado. Pero menos de un mes después, el 11 de enero de 1858, Zuloaga desconoció el mando supremo de Comonfort, quien decidió entonces excarcelar a Benito Juárez, presidente de la Suprema Corte de Justicia desde el 20 de noviembre, apresado junto con otros liberales por no secundar el plan de Zuloaga.
Comonfort abandonó el país el 21 de enero de 1858. Ante la falta absoluta del Ejecutivo, Juárez asumió el cargo, de acuerdo con el artículo 79 de la Constitución del 57; también Zuloaga, ambos ostentándose como presidente interino. En el estado de México ocurrió lo mismo: para el gobierno juarista, Felipe Berriozábal era el gobernador y comandante militar; para los conservadores, Benito Haro. Fue una guerra civil de tres años que vio su fin en la batalla de San Miguel Calpulalpan, cerca de aquí, en el municipio de Jilotepec, librada el 22 de diciembre de 1860, entre los generales Jesús González Ortega y Miguel Miramón. Esa decisiva victoria, no exenta de heroísmo, permitió el restablecimiento de la república en enero de 1861, pero un año más tarde, ante la suspensión de pagos de la deuda externa, sobrevino la segunda intervención del ejército francés, por lo que el presidente Juárez ordenó la creación, en el estado de México, de los distritos militares de Toluca, Actopan y Cuernavaca, el 7 de junio de 1862.
La derrota del 5 de mayo no impidió que las fuerzas napoleónicas se replegaran a Veracruz, reorganizaran e incrementaran, y que en marzo del año siguiente sitiaran Puebla por dos meses. Rendido el Ejército de Oriente el 17 de mayo, los imperialistas avanzaron hacia la capital, la tomaron el 10 de junio, y luego se dirigieron a la ciudad de Toluca. Enterado de ello, Manuel Zomera y Piña, gobernador del estado de México y comandante militar del primero de sus distritos desde febrero de 1863, dejó Toluca, emulando a Juárez, que abandonó la Ciudad de México el 31 de mayo de ese año, emprendiendo así un gobierno itinerante. Al mismo tiempo, el cabildo republicano de Toluca decidió disolver el ayuntamiento el 2 de julio. El 4 o 5 (las fuentes consultadas mencionan uno y otro día), las tropas conservadoras, al mando del general Berthier, ocuparon Toluca.
Para el segundo Imperio, la entidad dejó de existir ese mismo mes al convertirla en departamento. Para el gobierno federal, por el contrario, su defensa seguía en pie y días después, el 20 de julio de 1863, Zomera declaró al Mineral del Oro como su capital. Ya un día antes había fechado ahí una proclama, y su gobierno despachó desde ese poblado, a tan sólo ocho kilómetros de Tlalpujahua, hasta que partió a la heroica Zitácuaro, rebautizada como Independencia, desde donde expidió decretos sobre adeudos y pago de contribuciones, el 6 y 14 agosto.
Para completar la historia, añadiremos que Maximiliano y Carlota visitaron Toluca entre el 25 y 29 de octubre de 1864, y que fue hasta febrero de 1867 cuando los liberales recuperaron la ciudad.

Como es bien sabido, entre municipios vecinos suele haber cierta rivalidad. Aunque esa aspereza nunca llegue a ser tan grave, quisiera mencionarla para aludir a un chihuarí, cierto de que entre ellos y los aurenses hay, a veces, aversión. Debo, sin embargo, referirme con gratitud al bibliófilo Mario Colín Sánchez (1922-1983), pues debido a él podemos probar que la ciudad de El Oro fue heroica al poner a salvo a quien portaba la investidura constitucional. El edicto, reproducido en el tomo tercero de la Guía de documentos impresos del estado de México, publicada por Mario Colín en 1977, es el siguiente:

El C. Manuel Zomera
y Piña, coronel de caballería del Ejército defensor de la Indepen-
dencia, Gobernador y comandante militar del primer distrito del Estado
de México, a todos sus habitantes, sabed:
Que en atención a estar ocupada la capital del Distrito por fuerzas in-
vasoras, y en uso de las amplias facultades de que me hallo investido, he
tenido a bien declarar lo siguiente.
Artículo único. Se declara capital del Distrito el punto en que se en-
cuentre este Gobierno.
Dado en el Mineral del Oro, a 20 de Julio de 1863.
Manuel Zomera y Piña
Francisco de Asís Osorio, Secretario

En 1861, Zomera firmaba como prefecto del distrito de Toluca y como uno de los veinte diputados del Congreso Constituyente del Estado de México; en 1862 fue electo diputado del Congreso de la Unión por el noveno distrito, el de Jilotepec. A principios de febrero de 1863, «en circunstancias bien apremiantes y sumamente difíciles», aceptó el encargo del gobierno civil y militar con «toda la abnegación que infunde el verdadero patriotismo». Y aunque en junio presentó su dimisión al general Juan José de la Garza, jefe del ejército de operaciones, su permanencia al frente del gobierno estatal prosiguió hasta septiembre, cuando Juárez nombró al general Vicente Riva Palacio como gobernador del estado de México.
Conocer este hecho histórico nos obliga a arrancarlo del olvido: si se reconoce que Metepec fue la capital de nuestro estado en 1848 ante la invasión estadunidense, ¿por qué no tendríamos que establecer una nueva tradición y recordar la heroicidad de El Oro por arropar a los defensores de «nuestra nacionalidad y nuestra honra» durante la Intervención francesa de 1863? Ese rasgo de identidad también sería motivo de orgullo.


III

Creo que en este Congreso debemos preguntarnos qué actos heroicos tienen lugar en la actualidad. En ese sentido, la preservación del patrimonio cultural es, me parece, toda una hazaña, sobre todo cuando proviene de la sociedad civil.
Como el banquete del Campo del Gallo en 1813, en diciembre de 1998 se ofreció una comida por la culminación de los primeros trabajos de restauración de las antiguas oficinas y talleres de mantenimiento de la extinta minera Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, Michoacán. Tres meses más tomó implementar la museografía y el 28 de marzo de 1999 se inauguró el Museo Tecnológico Minero. Miles de visitantes han acudido desde entonces, pero quizá lo más valioso es que muchas de las fotografías y documentos exhibidos son una generosa donación de los descendientes de los mineros que despoblaron la región de Tlalpujahua y El Oro luego del cierre de la que fue nuestra última gran mina, el 29 de septiembre de 1960.
Apenas abrió sus puertas, el Museo nos permitió sostener un enriquecedor diálogo con nuestra historia; en principio, un rompecabezas armado a partir de una pieza imperecedera: la placa conmemorativa en la bocamina del socavón principal. Nivel cero: la Compañía Minera “Las Dos Estrellas” fue constituida en 1898; su iniciador y accionista mayoritario, el belga-francés F. J. Fournier (1857-1935).
Después de la tragedia de las lamas, el 27 de mayo de 1937, los trabajadores asumieron la administración de la mina el 15 de marzo de 1938 y ocho meses más tarde, con una proeza no menos heroica, compraron la empresa en condiciones demasiado adversas. La placa subsistió, así como el registro del 27 de diciembre de 1899, grabada en ella. Desde la celebración del primer centenario, esa fecha marca también el tránsito de mina a museo, con la institución de un festival cultural que se realiza cada año.
Cuando rememoramos los tiempos de esplendor de las ciudades heroicas, sucede algo similar al repasar la historia de la minería en nuestra región: nos percatamos que también fueron de infortunio. En nuestros pueblos, por ejemplo, poco queda del patrimonio industrial y arquitectónico. Por décadas, sólo hubo indolencia y escombros. De ahí que subrayemos el heroísmo de quienes lucharon por salvaguardarlos; de manera sobresaliente, don Gustavo Bernal Navarro, quien insistió en que «acá, donde otros expoliaron riquezas, nosotros sembramos cultura». El héroe como poeta, dilucidaría Thomas Carlyle.
¿Qué distingue a las gestas heroicas? Su proximidad con la poesía. Y del presente prosaico, ¿qué podemos decir? ¿Hemos apreciado la gloria que significó la Constitución de 1917, la expropiación petrolera de 1938, la nacionalización de la industria eléctrica en 1960, el movimiento democrático del 68? ¿los mexicanos hemos refrendado su grandeza? ¿en qué momento homenajearlos se convirtió en simulación y luego en felonía?
Hoy nuestras ciudades heroicas son las de los ciudadanos que protegen el patrimonio cultural, las de los periodistas asesinados por ejercer su profesión, las de quienes buscan justicia en un sistema que no la procura, las de los que se resisten al poder del narco; heroicas son las activistas que intentan frenar los feminicidios, los padres que perdieron a sus hijos en el incendio de una guardería, los que dan cobijo a nuestros hermanos centroamericanos; y más allá de las ciudades, los ciudadanos que defienden su tierra del ecocidio, como en San Francisco Xochicuautla; y, en fin, todos aquellos que no se sienten héroes, pero lo son porque están dispuestos a darle dignidad y futuro a esta patria. ¿Qué crónica escribiremos de esta época en que el mundo nos identifica como un país donde impera la cobardía de la violencia?
 ¿La que vivimos, será una historia de bronce algún día?

jueves, 4 de septiembre de 2014

Orecer el gentilicio de los de El Oro: de lo apropiado a la apropiación

a Paula Colín Rangel, en letras de oro

Hace 25 años, lo recuerdo bien, en una clase de español, en el tercer año de educación secundaria, la profesora nos advirtió sobre lo erróneo que era el gentilicio usado por la gente de nuestro municipio para denominar a los originarios de El Oro. La corrección tenía que ver con la raíz latina aurum, en lugar de la palabra oro, así que el gentilicio apropiado no era orenses, sino áureos, del latín aurĕus, de oro, parecido al oro o dorado. Y nos recordó las nomenclaturas químicas: al formar un compuesto, por ejemplo, Au2O3, no lo llamamos óxido órico, sino áurico, lo mismo el cianuro, el cloruro o el trióxido áurico, que el bromuro o el hidróxido auroso, no oroso. Y no es que fuera una clase de química: se trata de la morfología léxica de nuestro español.
Que la profesora Colín Rangel, originaria de Tlalpujahua, donde nació en 1940, formada en la Normal de Toluca y en la Normal Superior, se hubiera dado cuenta del error es admirable, no sólo por el buen uso del idioma, sino porque fue una lección en la que seguramente insistió con la esperanza de que sus alumnos, los cientos que tuvo, incluida mi madre en la Primaria Sor Juana Inés de la Cruz, examinaran esta cuestión y, en el mejor de los casos, argumentaran la corrección del gentilicio. No sé si mis compañeros se acuerden de ese comentario en particular, pero para mí fue un tema difícil de olvidar, no sólo porque luego hice una gran amistad con la profesora y su familia, también, y sobre todo, porque alude al pueblo del que soy originario.
La idea permaneció en mí por un atractivo más: el del razonamiento. Como entonces, me parece que la profesora Paula Colín tiene razón en observar que orense no es un gentilicio apropiado. Que aparezca en las recientes ediciones del Diccionario de la lengua española para los naturales de El Oro, provincia de Ecuador, no significa que esté bien dicho, lo mismo puede decirse de hidrocálido, una “invención pintoresca”, señalada en su momento por José G. Moreno de Alba, impropia porque es una voz de carácter híbrido: hidro-, del griego, “agua”; y calĭdus, del latín. Lo recomendable, en ese caso, es aguascalentense o aquicalidense.
Para El Oro habría que considerar no solamente su raíz latina y explicar cómo se derivan los adjetivos gentilicios, sino analizar esta palabra, Orense, con O mayúscula, no por la influencia anglosajona en nuestro idioma, sino porque se trata de una ciudad que es a la vez municipio y capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en Galicia, llamada oficialmente, en gallego, Ourense (el diptongo latino Au da como resultado O en castellano y Ou en gallego, de ahí que no se llame Aurense). De hecho, sus gentilicios aceptados son orensano y auriense, en este último caso, porque en latín recibió los nombres de Auria, Aurium, Aurenses, Auriensis, Aregia y Aqua Calidæ.
Sin embargo, contrario a lo que pudiera pensarse, poco tiene que ver el oro en el caso de Orense. A decir de Bocanegra, en su blog De palabra: textos sobre palabras, en las lenguas celtas la raíz aur- se mantuvo con el significado de “agua corriente, río”, del cual aún derivan algunos topónimos que se han confundido con el latín aurum, “oro”. En España, continúa, “tenemos varios ríos llamados Auria, que dieron nombre a las poblaciones adyacentes, las cuales contrajeron el diptongo au- en o- por un proceso bastante universal en las lenguas europeas. La más famosa adquirió su nombre a partir del gentilicio, auriensis > aurense > Orense. De ahí que la ciudad recibiera su nombre por el propio río Miño “y por la abundancia de fuentes termales en sus alrededores”, no porque fuera abundante en oro.
Dice Moreno de Alba, en Minucias del lenguaje (México, Océano, 1987), que una de las razones por las que se crean neologismos o innovaciones, tratándose de gentilicios, es para evitar imprecisiones. Es lo que sucede en el caso anterior, pero también lo podría causar la segunda acepción de oro: “color amarillo”, como el de ese metal. Es decir, orense bien podría hacer alusión no sólo a los ribereños, sino al originario de un lugar cuyo nombre se vincule con el amarillo, lo que no sucedería con la raíz aurum. Más aún, como se verá en seguida, si atendemos, como lo aconseja la Academia Mexicana, el gentilicio orino. El desconcierto incluiría la raíz griega ὄρος, “montaña”, de la que derivan las palabras orogenia, orografía, orónimo, entre otras; y el oriente, como lo intuyó mi amigo Pedro Corona Chávez, por levante: que viene del verbo latino oriris, en participio oriens, orientis, que nace, que se levanta, naciente.
En 1967, en enero, agosto y octubre, Mario Colín consultó a la Academia Mexicana correspondiente de la Española, dirigida por Francisco Monterde entre 1960 y 1973, para precisar los gentilicios aplicables a las personas del estado de México y sus, por entonces, 120 municipios. El 10 de julio, el académico Daniel Huacuja entregó su dictamen y abordó este último asunto; curiosamente, dejó en blanco los gentilicios de cuatro municipios: Donato Guerra, San Simón de Guerrero, Villa del Carbón y, sí, El Oro. De ese intercambio epistolar nacería el gentilicio mexiquense, aunque la Academia Mexicana sugirió, en las sesiones del 8 de septiembre y 10 de noviembre de ese año, el de mexicanense. Su adopción oficial, sin embargo, ocurriría hasta enero de 1985, cuando la Academia aprobó el uso del gentilicio mexiquense.
Antes de compartirles la consulta que yo mismo hice al respecto en abril de 2008, quisiera volver a la forma correcta de hablar, en particular sobre ciertos gentilicios que Moreno de Alba señala como especiales, pues tienen su sustento en antiguas designaciones; tales son los casos de antuerpiense, gentilicio para los de la ciudad belga de Amberes; arriacense, para los de Guadalajara, España; aurelianense, para los de Orleans, Francia; bilbilitano, para los de Calatayud, provincia de Zaragoza; cauriense, para los de Coria, de la provincia de Cáceres; emeritense, para los de Mérida, de la provincia de Badajoz, capital de la comunidad autónoma de Extremadura; gaditano, para los de Cádiz; ilicitano, para los de Elche; onubense, para los de Huelva; y vallisoletano, para los de Valladolid, capital de la comunidad autónoma de Castilla y León. Todos estos gentilicios, por raros que parezcan, son aceptados y provienen de los nombres latinos de esos lugares. Por cierto: Austria y Australia deben su origen a la palabra latina aurum, de raíz indoeuropea aus-, “aurora”, y ésta del preclásico ausum, “brillo del sol saliente”; Argentina, en cambio, procede de argentum, plata, por el Río de la Plata, y esa misma raíz, arg-, que significa brillante, se relaciona con argumento, argumentum.
Arguyamos: formar un gentilicio de este modo no es exclusivo del latín: el gentilicio de los de San Sebastián, por ejemplo, es donostiarra, porque Donostia es el nombre vasco de esa ciudad, capital de la provincia de Guipúzcoa, España. Lo mismo, entonces, debería hacerse con los municipios mexiquenses que adoptaron, mejor dicho, que la Legislatura en turno les impuso, nuevos nombres, desplazando a los originales, derivados de la toponimia indígena. Son los casos de Isidro Fabela, cuyo gentilicio podría ser tlazalecos; Melchor Ocampo, tlaxomulcas; Morelos, nochtitecos; Nicolás Romero, azcapotzaltonguenses; Rayón, cuauhtenquenses; Los Reyes La Paz, atlicpaqueños; San Antonio La Isla, techialoyenses; San Simón de Guerrero, cuitepecos; y Villa Guerrero, tecualoyenses. Reminiscencias que tienen un símil actual: el país ya no es nuestro, pero seguiremos llamándonos mexicanos.
En cuanto a la pregunta de cuál es el gentilicio para los originarios de El Oro, estado de México, la Academia Mexicana de la Lengua, denominada así desde 2001, respondió a mi correo electrónico el 7 de abril de 2008 en estos términos:

Estimado Christian Ordoñez [sic, sin acento]:
En español, los gentilicios se forman con los siguientes sufijos: -aco, -aca: austriaco; -ense: nicaragüense; -és, [-esa]: francés; -ita: israelita; -án, -[a]na: catalán, alemán; -enco, -enca: flamenco; -ino, -inapotosino; -ano, -ana: queretano, poblano; -eco, -eca: yucateco; -eño, -eña: paceño, defeño. De modo que, gramaticalmente, serían correctas las formas: oraco, orense, orino, oreco, oreño, etc. La forma que se suele preferir depende del uso más frecuente.
Hasta donde hemos podido rastrear el gentilicio específico para los pobladores originarios del municipio de El Oro es: oros.
Atentamente
Comisión de Consultas

Ya se imaginará el lector cuán decepcionante fue esta carta: ¿oros, así, en plural? No queda sino responder uno mismo la pregunta formulada. Si sabemos que, de acuerdo con la morfología, las voces derivadas constan de una raíz y un sufijo, y que la raíz es la que aporta el significado léxico, abramos pues la Nueva gramática de la lengua española: manual, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, para entender esto de los adjetivos gentilicios: “Morfología”, en el índice de contenidos, y “La derivación adjetival y adverbial”, bajo el número 7. En el 7.3, “Sufijos derivativos característicos de los adjetivos de relación”, leemos que los sustantivos que designan lugares –los topónimos– dan lugar –así dice el Manual– a los adjetivos gentilicios. Partiendo de ahí, muchos adjetivos gentilicios se forman con bases supletivas, muy a menudo procedentes de antiguas denominaciones latinas; en nuestro caso, de aurum, oro. Ejemplo: aurinigrense, para los de Ouro Preto, municipio brasileño del estado de Minas Gerais. Consideremos, además, que un elevado número de adjetivos gentilicios lo forman los sufijos -ense, o su variante -iense; de ahí que auriense sea el gentilicio para los naturales de Orense.
Con estos elementos, podemos proponer como gentilicio para los de El Oro no la denominación áureo, pues le hace falta un sufijo de adjetivo gentilicio que lo forme, sino el de aurense, más apropiado y que, incluso, es eufónico; atendiendo además el punto 7.3.1b del Manual: “algunos sustantivos que designan ciudades del mismo nombre en países diferentes se distinguen por sufijos distintos: (...) de Santiago provienen” santiaguense, de Santiago de los Caballeros, República Dominicana; santiagueño, de Santiago del Estero, Argentina; santiaguero, de Santiago de Cuba; santiagués, de Santiago de Compostela, España; y santiaguino, de Santiago de Chile. De esta manera, si ya existe auriense para los de Orense, en Galicia; orense, para los de El Oro, en Ecuador; y aurino, para una tribu cántabra este del Nansa, en España; entonces aurense sería para los de El Oro, estado de México, un municipio que toma su nombre de la cabecera, poblado surgido con el descubrimiento de sus primeras minas en 1787.
La apropiación del gentilicio aurense, sin embargo, dependerá de los hablantes. Por lo pronto, sugiero orecer, del latín aurescere, convertir en oro, nuestro gentilicio, y que no sea, como hasta ahora, de oropel.

Los lectores