jueves, 5 de octubre de 2006

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No está escribiendo. Son casi las tres (2:41) i está acostada, oyendo llover. Varias noches como ésta atraviesan su mente i no consigue dormir. Se cumple una semana ya. Las hojas en blanco permanecen intactas i dobladas a la mitad: sólo así puede escribir en su cama-escritorio. Se promete escribir en veinte minutos, aunque serán más. Quita la almohada después de leer La tarjeta postal de Jacques Derrida i cierra los ojos. Se queda dormida; deja la luz encendida (accidentalmente, pues debería estar despierta) i en la mañana suspende, una i otra vez, cualquier intento de escritura. «No dormí bien», es el alegato. Llega la noche i la historia se repite: revisa sus anotaciones (seis papeles repletos de temas, pero no de orden) i trata de hallar en ellas la articulación de un discurso que pudiera aclarar su silencio i su confesión: que la escritura es un sacrificio para ella (la tortura lleva a la salvación); una idea, sin duda, religiosa (lo refuerza el hecho de que escribe hincada). No es extraño, pues, verla rodeada de ángeles i demonios: personajes literarios disfrazados de fantasmas (i los fantasmas, por definición, viven en el pasado). Así se siente: como un fantasma viviente en un mundo real contrario al que imaginó. Su imagen física tampoco es una realidad que acepte: no es ella a quien ve en el espejo (su interior le dice que sus ojos i sus manos son las únicas partes de ese cuerpo que le pertenecen). Es una mujer invisible (Octavio Paz diría: «soy la sombra que arrojan mis palabras»). En la cocina, en el aula, o cuando hay más de dos personas, su voz no pesa o no es el reflejo de sus pensamientos; no es ella. Sólo cuando escribe existe i se identifica; ¿hasta dónde llegará esta disociación? Es (¿no lo ven?) una nube i es (¿o será?) una escritora (sin escritorio; peor aún, sin producción literaria): cada palabra la plasma a cuentagotas i relee el texto cuando añade una más. Es agotador. La lectura oculta una lucha interna, interminable, entre ángeles i ángeles caídos. Las nubes insinúan algunas figuras pero, apenas se concreta una, se disipa. El viento la arrastra i la anula: habla; esparce en el cielo la sentencia de Cioran: «aquel que escribe es alguien que se vacía». Pasan las horas i, recostada, sigue sin poder escribir; cuando lo haga, seguro será en una o dos semanas; tres, cuatro o hasta ocho meses. Será una carta extemporánea, mal redactada i superflua, como su remitente. La angustia la invadirá i se preguntará si tendrá el tiempo suficiente para realizar todos sus proyectos. Por lo pronto, escribir cartas es una manía que refleja su obsesión por el orden, incluso en aquellas carentes de interés o efímeras (como los correos electrónicos). Sabe que su empeño es inútil i extenuante. «No importa», se dice; quizás algún día lo único que quede de su existencia sean sus cartas. Esa fe le basta para enrollar la que acaba de dictar. La mete en una botella verdemar exquisitamente abollada i suspira: «ojalá no naufrague como mi alma y las demás cartas». Deja sus labios entreabiertos i sacia su sed en la boca de una botella de vodka que la arroja al mar. Al Mar Marginal.

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