La puerta es la salida, el primer paso para escribir. El bullicio queda atrás, en casa. En las calles, los sonidos citadinos estimulan las ideas y el soliloquio no tiene ninguna interrupción. Subo al autobús y al mirar por la ventana leo el graffiti: «Las paredes sin pintar no dicen nada»; más adelante, otro aforismo: «La mentira es la droga más consumida». Me pregunto cuándo se dio cuenta el escritor del engaño, ¿o alguien se lo dijo? A mí una mujer de diecinueve años me reveló la irrealidad de lo real, y le creí: deleitante revelación que ha pulverizado: a los pocos meses se olvidó de la pastilla roja, los pactos de amor y se fue con otro, un científico malhablado. «El rechazo persigue a todos los escritores», sentenció Enrique Vila-Matas,* pero esa frustración sólo la vivo como individuo. A veces pienso que es poco el consuelo. Otras veces no: al escribir dejo de ser un hombre invisible. No puedo, sin embargo, estar escribiendo todo el tiempo: soy un aburrido cerrajero y mi existencia es intermitente, como la de una sombra invisible, como la de los puntos suspensivos... Me levanto del asiento y toco el timbre, esperando que las puertas se replieguen y pueda salir. Transformado en peatón, camino unos cuantos metros y me veo reflejado en un aparador. Me avergüenzo: estoy gordo. Cosas del azar genético y de mi propia depresión. Ya no importa. Cerca de aquí está el departamento, en la esquina; lo renté para venir a trabajar a solas los fines de semana. Ahí tengo lo necesario: una silla, una mesa, una lámpara, una computadora portátil, un sofá y el silencio. Hay llaves por todas partes: en las paredes y en el techo. Clavadas. Colgadas. En la radio suena Rock lobster, de los B-52's. Me conecto a internet y reviso mi buzón electrónico: una desconocida me pregunta quién soy. «Un escritor desconocido», podría contestarle, pero no creo que le sirva de nada. Le responderé otro día; aún tengo mucho correo rezagado; por ejemplo, esa carta que leí hace dos semanas en El Agujero, escrita por la misma mujer de diecinueve años, ocho años después. Su tristeza es profunda y me dejó sin palabras. Sólo puedo repetir dos de las que admirablemente escribió para tratar de entender la gravedad de su desamor: ancla y marcapasos; sus ausencias significan más que objetos perdidos o metáforas: el corazón roto de un alma gemela es una catástrofe que sólo el lento paso del tiempo podrá reparar. Quizá. Como dije antes, no tengo palabras para seguir hablando, así que saco del portafolios un libro: Hambre, de Knut Hamsun, pero no sé si leerlo o abrir la libreta color guinda y escribir. O poner un disco de Joy Division...
[*Babelia, 29 de marzo de 2003]

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