para Carla
La lluvia escribe tu nombre al rasguñar la ventana. Las gotas en el cristal se deslizan y lo repiten incesantemente; más allá, tras la neblina, el cielo oscurecido se iluminará en tus ojos, allá donde estés. Esta tarde las puertas de la cafetería son la entrada a un refugio temporal: la gente las abre huyendo de la tormenta; yo vine para estar solo y ser un solitario más, de esos que leen un libro o un arrugado periódico, aunque no tenga entre mis manos ninguno de los dos; las únicas hojas que me acompañan son tus cartas y la ingenuidad de contestarlas. No creo que pueda hacerlo: la belleza de tu voz me enmudece y me seduce, me paraliza, y no quisiera que se detuviera. Su caudal hace que mis pensamientos se multipliquen; son el diluvio del silencio: no puedo escribir. No hay espacio para la tinta negra, para el simple eco, o para el ruido. Tu llovizna es el canto de las sirenas, una lectura, y al oírla no resucita nuestra historia, porque nunca existió, y es mejor no continuar: tu ausencia es una inundación de aguas negras: la ruina y el origen de estas palabras...

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