Me incorporé a la Coordinación de Estudios Hacendarios en marzo del 2003, después de un proceso de selección abierto y dos meses de espera. Un anuncio en el periódico -es conveniente recordarlo- solicitaba un corrector de estilo, quizá la profesión donde mejor me desempeño. Esa inusual circunstancia -emulación del servicio civil de carrera- me permitió mantenerme fiel a una posición independiente, pues ingresé a la esfera técnica del gobierno estatal por méritos propios, y no debido a un vínculo de amistad, o de relación laboral o académica previa; en este punto debo agregar, aunque suene obvio, que no concibo al servidor público como alguien obligado a asumir la simpatía o el activismo político a favor del partido en el poder. Las preferencias ideológicas -antagonistas, inclusive- no impidieron que me sintiera parte de un equipo de trabajo y aportara, con un entusiasmo genuino, resultados inmediatos (2 libros y la publicación trimestral de Foro Hacendario), a pesar de que cubría tres funciones sustantivas -e inconexas- y cumplía las exigencias de un constante replanteamiento de prioridades, lo que acarreaba interrupciones y desconcierto. Quien crea que la corrección de estilo, el control de gestión y la administración de una biblioteca son tareas sencillas, es porque ignora lo que estas actividades representan, y al hacerlo, les resta importancia y vulnera el ánimo de quien las ejecuta.
He reflexionado sobre esta situación en particular, y creo que la carga laboral es opresiva cuando son inexistentes la comprensión o los incentivos morales para quienes, como yo, el reconocimiento tácito es más valioso que cualquier sueldo. La honestidad intelectual, sin embargo, es poco apreciada cuando se subordina la calidad del trabajo a la cantidad. En esta cuestión, es deprimente constatar que el plagio es premiado con ascensos, mientras personas sobresalientes sufren un prolongado y casi perenne estancamiento. En el Ihaem, el crecimiento profesional es de cero: desde que llegué, he escuchado una sola voz -la del descontento- y he visto una misma mueca -la del servilismo-; hablar mal de los demás a sus espaldas es común, y casi todos parecen ocultarse tras una máscara. Para mí, es inexplicable que los problemas no se hablen de frente; incluso cuando se me pidió la renuncia voluntaria, ninguno de mis superiores asumió la responsabilidad de su decisión; ¿por qué eludirla?
Puedo ubicar con exactitud cuándo ocurrió el punto de quiebre, pero todavía no sé por qué se dio. El deterioro de la relación con mi jefe fue repentina, y en ese mismo momento -con dignidad- ofrecí mi renuncia al inicio del año, rechazada con la misma rapidez con que bajó el tono de su voz. La falta de comunicación, desde entonces, se extendió a los meses siguientes, afectando la atención a las labores que realizaba, especialmente las de la biblioteca, que no pueden ser sino de tiempo completo; y aunque elaboré un programa anual de actividades que señalaba, entre otros aspectos, la urgente necesidad de contar con un reglamento interno, un programa de desarrollo de colecciones y un presupuesto para la adquisición de libros y la suscripción a revistas especializadas, la propuesta fue relegada. Tal actitud sólo puede tener una interpretación: el interés por la biblioteca es nulo, y prueba de ello lo son estos dos ejemplos: el espacio, poco a poco, se ha convertido en un almacén, a falta de uno administrativo, y quien ha quedado al frente de él carece de preparación y experiencia en un área que debería estar reservada a los bibliotecólogos y que, igualmente, requiere de una reestructuración orgánica para que dependa directamente de la Vocalía Ejecutiva.
Al escribir estas líneas y este breve repaso, me queda la sensación de que mi capacidad y talento fueron desaprovechados desde que disminuyó el envío de textos para su revisión, y se haya optado por encomendarme rutinas burocráticas irrelevantes; para mí, es imposible trabajar sin una motivación intelectual. Por supuesto, tengo mucho que agradecer al Ihaem (sobre todo, la oportunidad de haber conocido a dos buenos amigos: Marco Garay Martínez y Pedro Hernández Oregel). Asumo las consecuencias de cada uno de mis errores: todas ellas confluyen en la redacción de esta misma carta; ojalá otros hagan un examen de conciencia similar, aunque lo dudo. Las preguntas se multiplicarán y cada quien tendrá que formularse sus propias respuestas; la mía, es la de un compromiso más cercano a la difusión cultural que a la mecanografía. Las palabras huecas de los papeles de oficina no se propagarán en mi boca, basta con pronunciar una sola para recobrar la salud del espíritu: renuncio.

1 comentario:
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