lunes, 17 de diciembre de 2007

El bolígrafo del afilador documenta nuestro optimismo

La realidad tiende a ser una ficción y nuestras instituciones educativas una apariencia; basta hojear una de sus publicaciones oficiales para desnudarlas: en el número 23 de la revista Futuro UAEM aparece una entrevista al coordinador de la Biblioteca “Ignacio Manuel Altamirano” de la Facultad de Humanidades. En ella se habla de reprografía y digitalización, de restaurar y encuadernar. El artículo, desde luego, no aborda el ridículo pago –a veces ni eso– que recibió el encuadernador por su magistral artesanía, pero en cambio cumple con su cometido: la simulación rellena las páginas 6 y 7 adornándolas con las palabras del Licenciado. Para quienes lo conocemos desde que fuimos compañeros de aula, el descaro no podría ser más insultante: el patrimonio documental no es un tema que le interese, y menos aún que lleve a la práctica; al contrario, con el eufemismo del «descarte» ha tirado a la basura la cultura creyendo que un vistazo es suficiente para la valoración de la bibliografía, tal como lo hace la gente de la Alta Sociedad, o sus aspirantes: lo califican todo con la primera impresión, la vestimenta o el color de la piel (el título, la cubierta, las páginas amarillentas). La falta de humanismo es el complemento lógico de la tecnocracia. 
Desgraciamente, no es la primera vez que un egresado de ciencias de la información documental –licenciatura que cumplió quince años el pasado mes de septiembre– considera que el material bibliográfico debe desecharse sin miramientos: en 1998, cuando realicé mi servicio social, el director de la biblioteca de área académica de El Cerrillo Piedras Blancas dispuso que una colección hemerográfica de mimeógrafos y folletos debía desaparecer. Así fue como la historia documentada de veterinaria, agronomía y ciencias fue extinguida por quien debería salvaguardar la memoria de la comunidad a la que sirve. De la misma forma, resulta paradójico –por tratarse de la Facultad donde se imparten las clases de bibliotecología– que la biblioteca de Humanidades –la segunda en importancia por su acervo, después de la Biblioteca Central Universitaria– sea un cúmulo de notorios yerros: el indiscriminado descarte que se efectúa unilateralmente (bajo los criterios absolutos –no relativos, como se sugiere– de idioma, antigüedad y deterioro) se suma a la insuficiencia del espacio físico para albergar miles de libros y brindarle al usuario la comodidad necesaria para buscar y consultar la información que requiere. Como en muchos casos, la falta de planeación es una bomba de tiempo: mientras no exista un desarrollo de colecciones a la par de los planes de estudio actualizados, el crecimiento del acervo será errático y traerá consigo rezago y descontrol.
Cinco coordinadores han asumido el puesto desde que fue abierta al público la nueva sede en 1994; algunos han preferido solazarse en la tecnología en lugar de atender y mejorar servicios como el de la hemeroteca y la difusión, y otros –sin ningún conflicto ético– han permitido que una persona deshonesta como José Miguel Alva Marquina (una caricatura de sí mismo, director del «sistema de bibliotecas» de la Universidad del Valle de Toluca) siga sin devolver los libros que hace más de un lustro fueron comprados para formar la inexistente –al menos en los estantes de la Biblioteca Altamirano– colección de historietismo y arte secuencial. Son, en efecto, innumerables los títulos que los lectores jamás han vuelto a ver en los anaqueles. Pero siempre habrá una buena excusa: «están en el taller de encuadernación», así se trate de nuevas adquisiciones (o donaciones invaluables, como los Acuerdos de San Andrés en las diez lenguas indígenas que se hablan en Chiapas, obsequiados por el historiador Andrés Aubry en el 2005).
El patrimonio documental no está en buenas manos: cuando supimos, con sorpresa, quién fue designado como actual coordinador de la biblioteca, muchos nos preguntamos cuáles eran los méritos de quien admite que no es aficionado a la lectura. Sus estudios de maestría en la UNAM, la única respuesta. Por desgracia, el trámite de las jerarquías académicas se ha vuelto una religión y los directivos en sus ciegos fanáticos. Ahí está el resultado del desconocimiento. Como bien dice la sabiduría popular: las apariencias engañan.

[publicado en el número 375 del semanario El Manifiesto, el 19 de diciembre de 2007]

1 comentario:

Eric Uribares dijo...

Sabes??? Yo últimamente he pensado mucho (de hecho pronto haré un post) en la idea de los archivos. Los grandes archivos tienden a desaparecer??? Yo creo que sí. Por ejemplo, el Archivo de Indias que está en sevilla, tiene un 70% de material derivado de la "vida privada" (cartas, recados de amor, misivas de guerra, etc)...esas mismas cosas que ahora con la aparición del internet, ya no hacemos, ya no dejamos constancia de nuestra vida privada en papeles, ahora, los documentos amorosos, los documentos de oficina, las recetas de cocina (los recetarios son una grandiosa fuende documental) están "guardadas" en la red.
Nuestro legado como humanidad se halla en un espacio virtual, y un espacio virtual siempre arderá más fácil que Alejandría.
Saludos.

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