viernes, 22 de noviembre de 2019

No yace en la oscuridad

Crema batida y otras delicias es el título en español del álbum de Herb Alpert lanzado en abril de 1965, popularizado tan rápidamente que muy pronto conquistó los oídos del público mexicano, lo que obligó a nuestros jazzistas a incluir en su repertorio la interpretación de A taste of honey al estilo de Tijuana Brass, canción original de Bobby Scott y Ric Marlow traducida como Gotas de miel en un disco del Conjunto de Jazz del pianista Guillermo Gil García, grabado en vivo en el Teatro Ocampo quizás ese mismo año (1966 sería el del movimiento estudiantil de Morelia), el primer EP de una banda michoacana de jazz (en México, el primer LP data de 1954), si bien este extended play (en el que participaron los hermanos José y Roberto Herrera en sax y bajo y Mario Galván en la batería) nunca estuvo a la venta. Con apenas cuatro canciones, este disco es un hito por sí mismo, sobre todo porque contiene una composición propia, La araña tejedora, un blues llamado también Tema 3/8, atribuido al saxofonista José Herrera y al director del cuarteto, Guillermo Gil, pianista autodidacta que nació en el estado de México en 1910 y perfeccionó sus conocimientos musicales en el Conservatorio de las Rosas.
Gil es –con un mérito indiscutible– el protagonista de prácticamente el primer medio siglo del jazz michoacano, que podría fecharse en 1930, por la fotografía de un sexteto en la Casa de Cristal de Morelia, si no existiera un documento anterior, conservado por su nieta, Blanca Sánchez Gil, quien es compositora católica: la foto de los Jazzers Boys en Tepuxtepec, municipio de Contepec, vecino por igual de Tlalpujahua y El Oro, y en donde el mismo Gil aparece tras un rudimentario vibráfono. Este último hecho será el primero de una larga carrera que tuvo su culminación en 1975 (uno de sus últimos conciertos fue en la sala «Silvestre Revueltas» de la Escuela Popular de Bellas Artes, el viernes 16 de mayo de ese año); cuatro décadas antes, a mediados de los treinta, Gil llegó a Morelia procedente de Acámbaro, Guanajuato, y hacia 1937 conoció, en la Escuela Técnica Industrial «Josefa Ortiz de Domínguez», al clarinetista Salvador Próspero, cinco años menor que él, músico y etnomusicólogo originario de Tingambato. Alrededor de 1939, ambos fundaron una orquesta de baile: Los Cachorros del Ritmo, una big-band que tendría una vida de más de tres lustros y de la que surgirían bateristas de jazz tan notables como Leo Acosta y Richard Lemus, nacidos en 1925 y 1934 en Huetamo y Tarímbaro, respectivamente (el primero moriría en 2007). Luego de dirigir a la Orquesta de Salvador Próspero en su etapa final, Gil ensambló, en 1956, el que es recordado como el primer Conjunto de Jazz de Morelia, un cuarteto conformado inicialmente por José Manuel Villafuerte en la batería, José Herrera en el bajo, Miguel Tovar en el saxofón y, por supuesto, Gil en el piano, quienes tocaron en el piano-bar Los Canarios hasta 1965, al año siguiente en La Pérgola del Hotel Alameda y, en la primera mitad de la década de los setenta, en el bar Normandie.
La ruta del jazz (agregaría: michoacano), de Héctor Peña Munguía, es el primer proyecto editorial del Jazztival, publicado en noviembre de 2019 por Aída Alanís, con prólogo de Gaspar Aguilera Díaz e ilustración en la cubierta de Jorge Alberto Ortega, una tinta china titulada Jazz en la oscuridad. Este tomo I (al que acotaría: itinerario en Morelia, 1937-1986) acrecienta la todavía exigua historiografía de la música michoacana, que ha puesto mayor atención a las músicas catalogadas como clásica, religiosa e indígena, desarrolladas en este estado tan tradicional como diverso, donde las investigaciones musicales escasean, por muy extraño que parezca. De hecho, el autor de este libro de 158 páginas nos revela que fue a raíz del Atlas del jazz en México, de Antonio Malacara Palacios, editado en 2016, que decidió emprender esta investigación sincopada. Bajo ese enfoque, no nos encontramos frente a un punto de partida, sino inmersos en la continuación de la historia del jazz michoacano, incluso desde el título mismo: atlas y ruta franquean recorridos entretejidos, tanto de las fuentes orales como de las gráficas, sean fotos o periódicos, en este caso particularmente de La Voz de Michoacán desde 1960. Peña explota estos recursos hasta donde la memoria y el coleccionismo alcanzan, al tiempo que recurre a trabajos previos, como los de Lelia Próspero y Carlos Izquierdo, que aunque no abordan el jazz como tema central, al citarlos contextualiza la presencia de esta música ahora universal en la vida social y cultural de Morelia.
De la inesperada dupla de Próspero y Gil, a finales de los treinta, habría de germinar la genealogía –y seguramente, en algunos casos, la genialidad– del jazz moreliano. He querido destacar la figura de Guillermo Gil, a veces diluida en los ires y venires de la microhistoria, porque fue precursor del género desde muy temprana edad y no se apartó de él sino con las últimas notas de un improbable réquiem jazzístico (por cierto: en el libro no se registra la fecha de su fallecimiento, ocurrida al parecer en 1991). Una vida dedicada a la música siempre es admirable (como también lo es escribir sobre su historia), pero cuando se trata de una música cuya tradición debes implantar tú mismo, el respeto es superior. Por eso creo que haría falta un anexo con las semblanzas de los jazzistas michoacanos de estas primeras décadas de tenacidad (o al menos agregar a sus nombres lugar y año de nacimiento, datos que ayudan a identificar las rutas de cada generación), pues así se organizarían mejor las pesquisas. Por sus numerosas menciones, destacaría entre ellas a un tercer músico: José Herrera Covarrubias, bajista en los estertores de la orquesta de don Salvador, integrante del primer Conjunto de Jazz –donde se convertiría en saxofonista– y director del Cuarteto de Jazz de la Universidad Michoacana que en julio de 1977 cerró el primer Festival Nacional de Jazz en el Teatro Ocampo de Morelia. Otros referentes ineludibles que entretejieron la historia del jazz en Michoacán fueron los saxofonistas Henry y Robert Cook y Rodolfo Sánchez (Uruapan, 1939), los bateristas Serafín Flores, Andrés Villafuerte, Enrique Zamora y Efrén Capiz, los pianistas Antonio Ugalde y Gerardo Cárdenas, los trompetistas José Avilés y Víctor Próspero, los bajistas Agustín Arias, Juan Lorenzo y Martín Serrano, el contrabajista Carlos Cuin, el organista Miguel Villicaña y la tecladista Alma Sira (la primera mujer que sale a relucir, hasta 1981). Un sucinto diccionario biográfico haría más completa esta obra.
Por último, quisiera agregar algunas observaciones, muy al estilo del propio autor al aludir al Atlas del jazz en México, de Malacara, sobre «el cómo hacer y no hacer la historia del jazz en Michoacán» y que en sus conclusiones también deja entrever al hablar de reestructurar la perspectiva. Para empezar, elude –inexplicablemente, tratándose de un itinerario– la periodización, pero aun así es claro que este primer tomo comprende de 1928 a 1982 (un año antes de que se formara el Quinteto de Jazz de la Universidad Michoacana; o 1986, con el término del sexenio de Cuauhtémoc Cárdenas, quien decretó la creación del Instituto Michoacano de Cultura en 1980). Que la historia del jazz –una palabra usada hasta la segunda década del siglo XX– inicie en Michoacán en 1928, no la empequeñece; en cambio, pretender dilatarla al incluir a la banda de música del Octavo Regimiento de Caballería, creada en Morelia en 1879 por Encarnación Payén, no sólo es innecesario, es un despropósito: fuerza la historia más allá de lo fehaciente a partir de una discutible mitificación sobre la importancia –recalcada como indirecta– de esa banda militar en el jazz de Nueva Orleans por haber participado en la Exposición Mundial del Algodón de 1884, amén de que ya se ha documentado que la conexión más férrea entre la prehistoria del jazz neorleanés y la influencia musical mexicana fue mediante dos músicos, Florencio Ramos y Lorenzo Tío Hazeur, desvinculados musicalmente de la banda de Payén: el neoleonés Ramos era originario de Cadereyta Jiménez, donde nació en 1861, y el tampiqueño Tío Hazeur había nacido en el puerto tamaulipeco en 1867. Florencio Ramos fue el primer saxofonista establecido en Nueva Orleans, donde viviría el resto de su vida. Además del sax, tocaba la mandolina, la guitarra, el banjo, el piano, el fagot, el clarinete y la flauta, y en 1912 se naturalizó ciudadano estadunidense. Lorenzo Tío Hazeur era clarinetista, como también lo fue su hijo, del mismo nombre, quien luego sería un reconocido jazzista. Tío y Ramos tienen en común que Morelia les es del todo ajena y que ambos tuvieron su último aliento en Nueva Orleans, el primero en 1908 y el segundo en 1931. Es, pues, un error inferir que por ser músicos mexicanos pertenecieron a la banda militar que arribó de Morelia, por lo que debe desestimarse que la capital michoacana formó parte –como se asevera– de la consolidación histórica del jazz.
Como ha dicho el saxofonista tenor Joe Lovano: en la historia del jazz, «todo está en las relaciones». Y rota la relación de Ramos y Tío con la banda de Payén (porque no hubo ninguna deserción), ¿qué lazo queda entre la decimonónica Morelia y el jazz de Nueva Orleans? Ninguna: por ejemplo, es demasiado el tiempo entre 1884 y 1895 –año considerado como el del nacimiento del nuevo género– como para hablar en serio de alguna relevancia. ¿Y los instrumentos musicales que acompañaron a los morelianos? En la primera época del jazz predominaron la corneta, el trombón y el clarinete, de sobra conocidos en Luisiana. Queda entonces el estilo, que se esfuma tras un compás: el reconocimiento a la banda de Payén se debe a que cumplía con el canon, y no a que era innovadora, precisamente lo que distingue al jazz. ¿Y los suvenires? Hablan más del capitalismo estadunidense que del impacto musical de la banda que se presentaba en el pabellón mexicano. Y finalmente, ¿hay una relación directa de Payén con Gil y Próspero, con una brecha musical de cinco décadas de por medio? No. Lo que hay es un deseo que se vale de la leyenda para afirmar lo que cualquier lector crítico podría desmitificar.
Como historiadores, debemos tener mucho cuidado antes de sugerir una hipótesis como la que se plantea, no por atrevida, sino porque basta con repasar las biografías de Ramos y Tío para que tal exageración sea descartada. Ante este panorama, es imperativo indagar a fondo sobre otros pasajes de mayor vitalidad: el vibráfono de Gil, en primer término, pues al menos la prueba documental (del mismo año en que Lionel Hampton incorporó ese instrumento al jazz) es más firme que el insostenible influjo de una banda militar de música; lo mismo el caso de las bandas Jazz San Nicolás (que sería la primera de Próspero y Gil, según la especulación del autor) y Gran Jass de Sahuayo, esta última de José Oseguera Silva, hijo del músico Gregorio Oseguera Herrera, originario de Cotija, cuyo hijo menor, Rafael Oseguera Silva, tocó en la banda alemana de jazz Stern Syncopators: hay que abocarse a rastrearlas con mayor dedicación para abarcar por completo los orígenes del jazz michoacano, al igual que escribir más páginas sobre personajes como el trompetista Rafael Méndez (1906-1981), originario de Jiquilpan.
En el jazz, la improvisación está cargada de virtuosismo; en el trabajo editorial, por el contrario, los acordes deben producir la polifonía de cientos de páginas sin erratas. Dictaminar y corregir son cadencias que no deben omitirse. No obstante, este esfuerzo por presentar una composición original, como en su tiempo lo fue La araña tejedora, se reconoce como quien aprecia un textil purépecha: los textos –unos más trabajados que otros– dejan ver al viajero algo más que un camino apenas andado: es el sonoro peregrinaje de una tradición que ya encontró su nicho en la música michoacana. Y es de aplaudirse.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Del asco

Qué vergüenza el voto de Delfina Gómez Álvarez a favor de la solicitud de Manuel Velasco para volver a la gubernatura de Chiapas como gobernador sustituto de sí mismo: con esa lamentable decisión, definitivamente no es la digna senadora que esperábamos; de hecho, nos "representará" por muy poco tiempo: pedirá licencia en su momento para complacer el mandato del líder y no el de quienes votamos por ella en dos elecciones. En la campaña de hace un año -en la campaña negra de hace un año- era insistente el señalamiento que de ella hacían sus contendientes como un mero títere y quienes llamamos a votar por la candidata de Morena al gobierno del estado de México rechazamos una y otra vez ese calificativo. Pero ahora parece que es cierto: que no hay ninguna diferencia entre ella y sus antecesoras, las senadoras priistas Ana Lilia Herrera y María Elena Barrera (quien, cosa bien curiosa, engrosó la bancada del Partido Verde, por pura simulación, para conformar el grupo parlamentario), de las que como mexiquenses nos avergonzábamos en cada sesión: peñistas de hueso colorado, ningún argumento las hacía cambiar de opinión: levantaban la mano siempre en apoyo al mandatario, como ayer lo hizo la profesora, en una segunda y cuestionable votación. La senadora por tres meses debería explicarnos por qué votó primero en contra y luego, alineándose al designio del líder, cambió de parecer y de voto y de dignidad: otras compañeras suyas, las menos, votaron en contra o se abstuvieron. La de ayer fue, por desgracia, nuestra segunda decepción: la primera, desde luego, que se postulara al Senado y que, ya siendo electa, botara el cargo a cambio del nombramiento del presidente electo como delegada estatal del gobierno federal. Como he escrito antes, el Senado de la República debería desaparecer: no necesitamos más legisladores (menos aún: senadores que lo son por apenas unos meses): con los diputados federales y locales es más que suficiente. La sesión de ayer es, pues, un mal comienzo: la integridad de los morenistas, aquella que tanto presumían en campaña, es, como hemos constatado, muy endeble cuando se trata de concesiones a los aliados.

jueves, 9 de agosto de 2018

Pesadumbre

Tengo más de 12 mil correos sin leer. Todos los días reviso mi buzón y sólo abro unos cuantos mensajes y otros tantos elimino: la mayoría son guardados para leerlos en una ocasión, que parece nunca llegar. Antes, sin embargo, no eran así: la bandeja de entrada no dejaba ninguna decisión pendiente, pues apenas se asomaba un nuevo correo, lo abría y, si era el caso, lo borraba (algo que sólo ocurre en mi presente con el spam). Este miércoles quise descubrir desde cuándo comenzó a crecer esta montaña, sobre todo porque acabo de ver que mi cuenta en Gmail ya va en 88 por ciento de su capacidad ocupada. De esa manera llegué hasta octubre de 2010, dentro de ese lapso de tres años en que trabajé en Radio Mexiquense. En el camino a ese mes de hace 29 meses, mandé a la papelera decenas de correos y abrí algunos que a primera vista me resultaba extraño que no hubiera leído en su momento. En ese trote encontré la noticia de un mitin del senador Bernie Sanders (el querido Bernie, tan próximo a Andres Manuel Lopez Obrador) que cerraba, una vez terminado su discurso, con una canción de David Bowie, una que frecuentemente es arruinada por la cultura pop estadunidense: Starman, una canción de 1972, año en el que Sanders se postuló por primera vez como candidato a gobernador de Vermont, primero, y luego al Senado, ambos como independiente. Fue hasta 1981 cuando ganó una elección, la de Burlington, dejando en segundo lugar al seis veces alcalde demócrata Gordon Paquette. Un año antes, el camaleónico Bowie lanzó su álbum Scary monsters, y con su sencillo Ashes to ashes volvió a uno de sus personajes, el mayor Tom; después, a mediados de 1981, en julio, escribió y grabó con Queen una canción inmortal, Under pressure (originalmente titulada People on streets, incluida en Hot space). Bajo presión, como desde hace dos años y medio, aunque pocos lo sepan. Pero, ¿qué pasaba en octubre de 2010?, me pregunté. Apple presentaba su nuevo iPod shuffle; los sábados 9 y 30, como era habitual en aquella época, el Foro Lumbrales dedicó sus jornadas mensuales al arte y la cultura (y como era habitual, no estuve en ninguno de los dos eventos); el 15, Javiera Mena publicó un comentario en mi perfil en Myspace («Hola, voy a tocar aquí en México. Espero poder verlos a todos por aquí»); el sábado 16 fui (¡por única ocasión!) al Corona Capital, con Jesús (y al final, de manera extraordinariamente fortuita, nos encontramos a Fernando y Manuel, con quienes nos regresamos a Toluca); al día siguiente, los Pixies tocaron en el Metropólitan, concierto al que finalmente no fui (y al de este próximo 12 de noviembre, menos: sin Kim Deal, son como los Smashing Pumpkins sin D'arcy); y ya casi para acabar el mes, el viernes 29, Luis Flores tocó, en el Big Mama, a las 9 de la noche, como Volátil. ¿Y yo qué hacía por aquellas semanas? Además de programar la música del 91.7, escribía El Museo Portátil de Historia Zoomorfa para el programa matutino de Cecilia: unos textos radiofónicos que siempre que se podía eran atinadamente corregidos por Maura antes de grabarlos, a altas horas de la noche, con Julio Garrido, el Garo. No hay, pues, una explicación evidente: al parecer, fue algo repentino. Pesadumbre, que le dicen.

jueves, 2 de agosto de 2018

La pista

Suelo ver los mismos canales y el domingo pasado no fue la excepción: esa tarde detuve el zapeo en I.Sat cuando vi una cara conocida: era Martín Caparrós, en un autobús, y luego instalado en su papel como periodista de investigación. Al principio creí que era un cortometraje argentino, como los que habitualmente programan ahí, pero la historia continuaba y en algún momento mencionaron un nombre: Mariano Ferreyra. Lo busqué y entendí que no era un relato de ficción: se trataba de un caso de corrupción política y sindical, arrastrada desde la época del menemismo, que fue destapado con el asesinato de Ferreyra en 2010. De paso entré a la Wikipedia, sólo para descubrir que Caparrós había trabajado con Miguel Bonasso y Rodolfo Walsh en Noticias, entre 1973 y 1974, hasta que el diario fue clausurado por Isabel Perón (ambos, periodistas argentinos a los que nos hemos familiarizado los lectores de Paco Ignacio Taibo II; y también sus telespectadores: en la serie Los Nuestros, el escritor asturiano-mexicano le dedicó un documental a Walsh con un título que lo dice todo: El jefe). De ahí me brinqué a la biografía de Bonasso, donde se omite su estadía en México, sus frecuentes colaboraciones en la revista Proceso, y que su hijo, Federico, formó una banda de rock en nuestro país: El Juguete Rabioso, que tocaba una canción netamente argentina, tanto por la historia como por la música: «La memoria en donde ardía» (título de la segunda novela del propio Miguel). Lo que no sabía de Bonasso es que siguió siendo diputado de la Nación Argentina por un periodo más. Hasta donde recordaba, había fundado un partido con las mismas siglas que el de sus amigos mexicanos, el PRD, y estaba ligado al kirchnerismo desde las elecciones de 2003, pero no me imaginaba que había sido reelecto en 2007 y que fue diputado por Buenos Aires hasta 2011, cuando rompió con la presidente Cristina Fernandez de Kirchner. Tampoco tenía idea de que Bonasso había sido cofundador, en mayo de 1987, de un diario que de vez en cuando consulto, Página/12 (junto a un montón de buenos escritores, como Osvaldo Soriano, Juan Gelman, Eduardo Galeano y Rodrigo Fresán); y es ahí donde volvemos a Caparrós: lo conocí a finales de los noventa, cuando el director fundador de Página/12, Jorge Lanata, conducía Día D, un programa televisivo que por alguna extraña razón podía verse en el sistema de cable de Toluca (como también fue extraño que en una librería toluqueña pudiera comprar su primer libro, La guerra de las piedras, de 1988, pero más de veinte años después, usado, pero muy bien cuidado; y, más extraño aún, que en el índice de nombres del segundo tomo de Argentinos no aparezcan ni Bonasso ni Caparrós, aunque sí son citados en los hechos que relata Lanata, quien, por cierto, tiene un cameo en El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela: por a'i de la hora y media, en un cabaret, mientras tres sirenas cantan «Youkali», él lee uno de sus periódicos de noviembre de 1991). Varios de los panelistas de aquel Día D (y luego de Detrás de las noticias) eran al mismo tiempo periodistas que publicaban en Página/12: entre otros, Martín Caparrós, Horacio Verbitsky, Marcelo Zlotogwiazda y Ernesto Tenembaum. Y es aquí donde volvemos a la película: a ese momento en que veo a Tenembaum actuando en ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?, una muy recomendable película de 2013, dirigida por Alejandro Rath y Julián Morcillo, adaptación del libro homónimo, escrito por el periodista Diego Rojas, que en su título hace eco al libro de Walsh, ¿Quién mató a Rosendo? (sobre el asesinato del sindicalista Rosendo García, en 1966); es este momento, con el que cierro estas huellas, averiguaciones y autopistas memorísticas: http://bit.ly/2RyqLOo

martes, 16 de enero de 2018

Oración fúnebre a doña Esperanza Cano viuda de Bueno

Mamá Esperanza fue una mujer que nunca se doblegó. Hace once semanas, un lunes, despertó convencida de que resistiría una vez más a la adversidad. Once semanas pasó en cama, resuelta a no darse por vencida, aunque su vitalidad se fuera apagando. Once, las veces que intentábamos descifrar lo que nos murmullaba. Once, las razones por las que la cuidamos y amamos:
Mi abuela no estaba preparada para lidiar con doce hijos, ni lo estaba para perder, a los 39 años, a su esposo Pepe (de El Atorón), en 1964. Aprendió sobre la marcha, a duras penas, a sostener a nuestra familia con el apoyo y el esfuerzo de otra gran mujer, mi tía Lourdes, entonces de 19 años. Ambas nos enseñaron la virtud de intentar salir adelante y nos dieron el ejemplo: ellas lo consiguieron.
Mi abuela no era una persona que estancara sus pensamientos en el pasado, pero pocas cosas lamentó tanto como no seguir estudiando. No fue una decisión que estuviera a su alcance: la escuela era una exigencia menor comparada con el trabajo. Pero cuando fue jefa de familia quiso revertir eso y se propuso que sus hijos tomaran las riendas de su destino a través de la educación, un impulso que llegó hasta la formación de uno de los más destacados arqueólogos que contempló la cultura maya, mi tío Ricardo.
Mi abuela era una persona sencilla a la que no le gustaba la presunción... excepto una, que le enorgullecía: con apenas la instrucción elemental que tuvo, asumió el negocio de mi abuelo y se abrió paso en un mundo fiero: la «Refaccionaria José Bueno Velázquez» le permitió probarse a sí misma y a los demás que la honradez es la mayor ambición que debemos derrochar.
Por cuarenta años, mi abuela atendió el mostrador de la Refaccionaria. Lo hizo como quien prepara la comida: pendiente de que cada ingrediente estuviera listo. No podríamos, sin embargo, decir lo mismo de su cocina, a la que le dedicaba menos atención que el trato a sus clientes. Pero no estamos, en absoluto, desagradecidos por sus sopas y sus guisados: al contrario; somos como ella: sinceros; y como su casa, abrimos la puerta a quien sepa distinguir entre tosquedad y calidez.
¿De qué estabas hecha, mamá Esperanza? ¿Cómo es que, abatida, pudiste reponerte a las muertes de Verónica, la menor de tus hijas (ocurrida treinta años después que la su padre), las de Ricardo y María de la Luz, al finalizar 1995, y de Lourdes, hace 14 años y medio? ¿Y cómo es que, hace poco más de treinta años, sobreviviste, junto con tu primera hija, Lucha, y tus nietos Armando y Pepe, a un accidente automovilístico en Atlacomulco? ¿De dónde sacabas esa fortaleza? Solamente te faltaron tres días para llegar a los 93 años de edad. Creíamos que cumplirías cien, pero nuestro corazón erró, porque no era de oro como el tuyo.
Infatigable, diariamente seguiste caminando hasta este octubre que pasó por las calles de El Oro, tu pueblo, tu muy querido pueblo, el nuestro, el que también te quiso y te respetó: una deferencia con la que reconocemos a las personas buenas como tú.
Eso no lo olvidaremos. Y ese recuerdo, el que cada uno guardará de ti. Como el de tu risa: sonora, perdurable en nuestra alegría; una carcajada que podía surgir de la simpleza, mas no de la burla.
Cada vez más te deshiciste de tus propios recuerdos y te apropiaste de lo que te platicábamos. Volteabas de vez en cuando al pasado, pero preferías siempre mirar al presente: a la aurora del día, a la esperanza que renace y resplandece.
Anoche nos acompañó gente cercana a nuestra familia (y al decir familia, incluimos a mis tías María de los Ángeles, Marielena y Jose). Amistades nunca te faltaron; y en los últimos años, dos en especial: la de mi hermana Andrea y la de Cristina, a quien tanto debemos agradecer.
Fuiste la segunda de los cinco hijos de don Juan Cano Huitrón (de Temascalcingo), hijo de Francisco Cano Álvarez y Clotilde Huitrón Sánchez; y de doña Aurora Cardoso Eguiluz (de Tulancingo), hija de Amado Cardoso Negrete y Dolores Eguiluz Jaimes. Fuiste todo para nosotros.
Mamá Esperanza: te habla unos de tus 19 nietos, aquel que aprendió de ti que las palabras de amor también se pueden decir a través del silencio, o con un abrazo; o con una de tus bendiciones: con las que nos protegiste y con las que hoy nos quedamos. Te quisimos y te queremos muchísimo.

martes, 31 de octubre de 2017

Velia Marmolejo Fat o el palimpsesto de la añoranza

En el centenario de la profesora Velia Fat Marmolejo –nacida en El Oro el 31 de octubre de 1917– se cumplen también –el 23 de noviembre– setenta años de que se terminó de imprimir, en los talleres linotipográficos de la Escuela Industrial y de Artes y Oficios de Toluca, el primer libro de cuentos de la escritora Velia Marmolejo Fat: La gran curiosidad. Con un dibujo de Leonardo Gutiérrez en una cubierta entintada de verde, la obra fue encuadernada por Simón Hernández, Susana Mariscal y Lydia Maruri en un formato de 13 por 19 centímetros que alcanzó las 179 páginas, y al igual que la primera edición de Al filo del agua, de Agustín Yáñez, no aparece su tiraje en el colofón.
En 1947, Velia tenía treinta años de edad. Desde 1930 había comenzado a escribir y en 1945 se había casado con el profesor Gabino Escalante Arreola, con quien tendría siete hijos, dos de ellos fallecidos prematuramente. En 1929 había perdido a su madre y tiempo antes a dos hermanas muy pequeñas. Por eso no resulta extraño que el amor, la ternura, el desengaño, pero sobre todo la muerte motivaran sus historias. Al leerlas, afloran en ellas las prolíficas lecturas de la escritora, desde las páginas móviles de las nubes, hasta personajes literarios como don Quijote y Ruy Díaz de Vivar, o autores como santa Teresa de Ávila.
En sus cuentos se percibe un acentuado amor por los libros, con los que –imaginamos– pudo viajar por el mundo y al mismo tiempo alejarse de él, de su podredumbre. En las letras parece encontrar la esperanza de amar y la liberación del silencio: gracias a la literatura concibe al amor como premio y sacrificio, y poetiza a la muerte como «apenas el ruido sin importancia de una rama que cruje».
Es verdad, como subrayó el poeta José Alfredo Mondragón, que Velia Marmolejo le da a sus protagonistas un destino «signado por la fatalidad», como aquel en el que el hijo del muertero piensa para sí un ataúd de cedro, y su viuda termina sepultándolo en uno de ocote; sin embargo, de la misma manera, la autora suele girar las palabras para que se conviertan en consuelo, en caricias y en promesas, y a menudo narra que los novios barajan el tiempo cruzándose cartas de amor, o entre padres e hijos hay un desenlace donde se sobrepone el entendimiento. No sólo hay sueños destrozados como el esqueleto de una barca, también hay ilusiones en frascos de plata escondidos dentro del corazón.
En estos primeros 27 cuentos –intuimos que escritos a lo largo de los años– marchan y a veces se marchitan un poeta que ama lo imposible; un arcón de encino que desempolva la sombra de una madre ausente; una tejedora insensata y solitaria; una ciega que espera; una madre que educa a sus tres hijos para que la entronicen; un hombre casado que regresa por el amor perdido y a unos pasos de llegar a la gloria renuncia a ella y desanda amargamente su camino; dos hermanos que traicionan a su hermano mayor por desamor; un hombre en apariencia feliz que llora de miedo; un primer amor cifrado en un vals; un enano y una loca; un niño de nueve años que cree domar al palo ensebado; una pareja de viejos cuyo misterio se consume frente a la chimenea; dos huérfanos que viajan a la ruta de la asistencia social, sin haberla tomado; una promesa incumplida; una húngara que ve huir a su desagradecida hija adoptiva; y unos guantes que encarnan la locura. Solamente uno, «Serenata», queda como un enigma.
De estos 27 cuentos, tres están inspirados en la narrativa católica: «La muerte del Señor», «La Nochebuena del viejo» y «Viene Jesús». Y uno más, entre los últimos del libro, evoca la cuentística china, de la que habríamos esperado más, pues Velia era hija de un comerciante cantonés, Chiu Sam Chim, quien había llegado a México en 1908 y a El Oro en 1912, y quien le habría contado «La bondad del hijo mayor», donde el padre, Wu-Hang, contiene su ira hacia su segunda esposa, Yi, por la súplica de su primer hijo, Chan-Cué, cuya bondadosa madre muerta pareciera haber hablado por su boca.
Otros cuatro textos más, identificados como semblanzas, tienen cabida en el libro, como aquellos pétalos de flores que se guardan en una caja lacada, como un recuerdo. No son relatos literarios, sino retratos de gente que conoció: el del escritor Teodoro Torres, a un año de su fallecimiento; el de la pordiosera abandonada por sus dos hijas; el de la niña de nueve años desamparada frente al mundo; y el de la rusa de cabellos rojos que perdió a su hija. La invocación, tan difícil de borronear, se impuso: podríamos decir entonces que casi como un rasgo de identidad, los personajes de Velia exhuman sus recuerdos (excepto –quizá– por un leproso que no retrocede a las pavesas del pasado). Esto queda reafirmado en «La última petición», cuando la madre le suplica al Ángel de la Muerte: «¡Déjame recordar!».
El libro –dedicado a su esposo y a su primer hijo, Francisco Fernando, «con devoción y cariño»– tiene tres cuentos sobresalientes, además, porque están al principio, al final y justamente en medio: los que abren y cierran, «La gran curiosidad» y «La morralla», hablan, el primero, de aquella necesidad, a veces necedad, de conocer y mirar más allá de la tierra natal, para finalmente añorarla, regresar a ella y reconocer que el cielo y las estrellas estaban al alcance de la mano; y, el segundo, del asolamiento de una violación.
He dejado a la postre el que considero es el cuento más preciado, el cuento dorado: «El avaro», donde se contrasta el valor de aquello que atesoramos, ya sea el oro en un cofre o la historia de un inefable amor en dos pliegos amarillentos. Y he dejado también, antes de concluir, dos certeras frases que Gabriela Mistral le escribió en una carta fechada el 14 de febrero de 1950: «Mi alegría vino de leer algo que rara vez hallo: la prosa rítmica» y «usted tiene el sentido del misterio en lo doméstico, en lo diario».
«Los escritores –se lee entre los primeros cuentos– no son sino unos mentirosos», algo que no podríamos decir de Velia Marmolejo Fat, quien se mostró sincera en su primer libro y del que diremos, parafraseando a la escritora aurense, que de la flor inmensa de la literatura sólo nos toca a cada uno un pétalo. Y con este pétalo que es La gran curiosidad nos tocamos la frente para pensar en su autora, los labios para nombrar cada una de sus historias y el pecho para que no la olvidemos.

miércoles, 26 de julio de 2017

Nadia Comăneci ya no vive aquí

Del 11 al 22 junio se proyectó en la Cineteca Nacional la Muestra de Cine Rumano: 10 años en 10 películas, de la Palma de Oro al Oso de Oro, organizada por la Embajada de Rumania en México y el Instituto Cultural Rumano de Madrid, una muestra que incluía seis largometrajes del 2005 al 2015 y otros cuatro producidos en 2016. De entre ellos resultaba atractivo, por su título, la Autobiografía de Nicolae Ceaușescu: un recurso que ya había sido utilizado en el terreno de la literatura si recordamos, por ejemplo, la Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán (1992) o La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes (2004 y 2007).
Con frecuencia, la vida de una persona con cierto renombre no es escrita por ella misma: ocurre tanto en este documental como en libros afamados, como las Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, y no por ello son memorias apócrifas: como ha dicho Friedrich Katz, Guzmán era un gran escritor y un investigador extraordinariamente serio que basó su texto en los manuscritos del secretario de Villa, el coronel Manuel Bauche Alcalde, a quien el Centauro del Norte dictó su autorretrato en 1914.
En el espejo musical, el género ha sido visitado lo mismo por amanuenses que por compositores, entre quienes destaca la cantautora Patti Smith, con tres libros autobiográficos publicados en español por Lumen: Éramos unos niños, Tejiendo sueños y M train. Sin pretender ofrecer una lista exhaustiva de autores que escribieron sus memorias (seguramente empujados por el interés de sus fans y el clamor de la prensa), podemos mencionar algunas traducidas al español: por ejemplo, las de Marianne Faithfull y Kim Gordon, editadas por las españolas Celeste y Contra, respectivamente. Expediciones Polares, por su parte, ha publicado las de Françoise Hardy y Stuart Murdoch; Alba, las de Miles Davis y Ravi Shankar; y Aguilar las de Sting y Phil Collins. Malpaso y Sexto Piso, ambos con filiales en España y México, son otros dos sellos editoriales que han incorporado a sus catálogos las autobiografías de Morrisey, Johnny Ramone, Bruce Springsteen y John Lydon (alias Johnny Rotten), en el primer caso; y las de Moby y Bernard Summer, en el segundo.
Pero indudablemente, la editorial que ha robustecido su colección de memorias es Global Rhythm, con títulos firmados por Edith Piaf, Eric Clapton, Keith Richards, Ronnie Wood, James Brown, Ozzy Osbourne, Andy Summers, Ray Charles, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Art Pepper y Woody Guthrie. Dos nombres más citaremos para cerrar este excurso bi(o)bliográfico: el del violonchelista Carlos Prieto, que en este 2017 publicó Mis recorridos musicales alrededor del mundo. La música en México y notas autobiografías, en el Fondo de Cultura Económica; y el del escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990), cuyo libro póstumo, Antes que anochezca, fue adaptado al cine por el director Julian Schnabel en el año 2000 (autor también del documental Lou Reed: Berlin, del 2007).
De vuelta a la pantalla, que a menudo recrea nuestro propio engaño sobre el pasado, conviene detenernos ante la inusual realización del documental sobre los Ceaușescu: no hay en esta obra (hasta podríamos decir: anónima) una narración en off ni algún subtítulo que precise el lugar y la fecha de lo que vemos o que identifique a los protagonistas. Las imágenes, que abarcan casi 25 años, provienen de los archivos fílmicos oficiales y de la televisión rumana, en gran parte mudas y en blanco y negro, incluso ya muy entrada la década de los ochenta.
Al director, Andrei Ujica, le tomó tres años reducir más de mil horas de metraje (durante el primer año, ayudado por dos investigadores que preseleccionaron el material fílmico y videográfico) a 180 minutos de un propagandismo que pasa de la exaltación discursiva al choque con la realidad. Nacido en Timişoara en 1951 (ahí donde germinaron las protestas que derrocaron al régimen en el ’89) y exiliado en Alemania occidental desde 1981, Ujica inició su filmografía con los documentales Videogramas de una revolución (codirigido con Harun Farocki, 1992) y Fuera del presente (1997). En 2010 presentó su Autobiografía de Nicolae Ceaușescu en los festivales de Cannes y Morelia: un registro de las actividades del líder político desde 1965, al asumir la secretaría general del Partido de los Trabajadores Rumanos a la muerte de Gheorghe Gheorghiu-Dej, con quien fue ministro de Agricultura y viceministro de Defensa. Nada se dice de los primeros 47 años de vida de Nicolae, excepto cuando se festejan sus cumpleaños en plenas sesiones del politburó: surrealismo socialista.
El documental, una sucesión de puestas en escena donde suele confundirse la noción de no ficción, comienza con una más, la del mediodía del 25 de diciembre de 1989: el juicio sumario a él y a su esposa Elena, viceprimera ministra desde 1980, con quien se casó en 1946. Ambos se niegan a someterse a un proceso ilegal montado por un puñado de militares y no contestan ninguna de las acusaciones que penden sobre ellos. El fusilamiento, transmitido en su momento por los noticiarios internacionales, no se muestra al espectador, que verá en cambio actos públicos, desfiles oficiales e incluso filmaciones privadas que dan cuenta de las vacaciones familiares, así como su último mensaje televisivo, la noche del 20 de diciembre de 1989.
Esta autoglorificación (de los Ceaușescu, pero también del comunismo rumano) parece seguir un orden cronológico (a cargo de la editora Dana Bunescu), si bien a veces es evidente que tal orden se rompe sobre todo cuando se trata de ubicar históricamente a personajes como Richard Nixon, Jimmy Carter, Isabel II, Mao Tse-Tung y Kim Il-Sung, quienes aparecen sonrientes junto a Ceaușescu. Por supuesto, no podían faltar las reuniones del Pacto de Varsovia y los encuentros con otros dirigentes del bloque oriental, entre los que destacan Alexander Dubček, antes de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968, y Mijaíl Gorbachov, a quien Nicolae Ceaușescu fija una recelosa mirada en 1985.
En ese último año empezó la delirante construcción del monumental Palacio del Pueblo, la cúspide de un gobierno de fachada que contradice completamente lo pronunciado por Ceaușescu acerca del simbolismo: según él, sólo era útil en la poesía, no en la economía o la política. Pero justo el culto a la personalidad (que encierra en un retrato la efímera simbolización del poder) denota ya cuán desproporcionada era su aspiración a la grandeza: cimentada en palabras huecas.
Dos pasajes más alcanzan puntos culminantes dentro del documental (de los que desconocemos cuál fue su repercusión cuando ocurrieron): el primero es una voz crítica en el XII Congreso del Partido Comunista Rumano, la del camarada Constantin Pârvulescu, al reprocharle a Ceaușescu su intención de reelegirse. Esa ocasión, impactante e inaudita, fue completamente desaprovechada: la solitaria y enérgica disidencia no tuvo eco en ese instante en el que no siguió al silencio sino una aplastante multitud de delegados que aclamaba: ¡Ceaușescu, Ceaușescu, Ceaușescu! El 16 de diciembre todavía parecía muy lejano.
El segundo sucedió también a finales de los setenta: en un balance anual, el mandamás le exige a su gabinete todo su esfuerzo para lograr las metas programadas, entre ellas la primordial: aumentar las exportaciones. Cabizbajos, los ministros se reaniman con las proclamas finales y al unísono gritan, arengados por su líder: ¡muera el capitalismo!
Esta incoherencia, desde luego, no es exclusiva de un sistema: es sintomática de la clase gobernante, que llega a creer su propia simulación, su irrealidad: en 2014, Barak Obama y Stephen Harper visitaron Toluca, donde se reunieron con Enrique Peña. La ciudad fue maquillada a contrarreloj: las calles por donde transitaría la comitiva fueron “embellecidas”, tal como se acostumbraba a hacer en la Rusia zarista. Potemkiada, se le llamaba a esta farsa, una distorsión ahí donde la deteriorada realidad no debe ser vista y donde, como en la Autobiografía de Nicolae Ceaușescu, la complicidad convierte a los ciudadanos en caricaturas de sí mismos: como quien actúa en un videoclip.

domingo, 4 de junio de 2017

Reflexiones de un votante frente a una elección de Estado

No sé ahora, pero la educación que recibí en la primaria y la secundaria ha sido la más sólida y perdurable en mi vida. Quizá por eso mi afecto hacia El Oro sea tan fuerte: por los compañeros, las maestras y los profesores con los que estudié. Esos años de formación tienen cierto parecido a los más recientes: se dio en medio de una crisis económica que preocupaba a mi familia, a mi municipio y al país entero.
En los ochenta, México no tenía la misma pluralidad que ahora: los partidos de oposición eran una minoría frente a ese binomio conocido como PRI-Gobierno, una maquinaria que produce pobreza en su beneficio para conservar el poder. Su cultura política, perfeccionada perversamente a lo largo de los años, revelaba simulación y conveniencia: desde entonces podíamos atestiguar que su conducta no era honesta y que sus intereses eran ajenos a las necesidades populares, que reclamaban justicia y derechos sociales.
El PRI de hoy es el mismo de hace 35 años, a pesar de la abundante información que documenta el enriquecimiento de sus dirigentes, candidatos y funcionarios gubernamentales a costa del erario. No se necesita mirar hacia Veracruz, Quintana Roo, Coahuila o Chihuahua para señalar la corrupción de los priistas: en nuestra región, de donde son originarios secretarios estatales y exdiputados federales, la inmensa fortuna de estos vividores es una imperdonable ofensa frente a la alta marginación que se extiende en el noroeste del estado de México.
El PAN y el PSUM eran los principales opositores, y el PPS, el PARM y el PST jugaban el mismo papel que hoy representan el Verde, Nueva Alianza y Encuentro Social: cúpulas que apoyan la permanencia del PRI en el gobierno. De aquella época recuerdo bien la contienda por la gubernatura de Chihuahua en 1986: una lucha ciudadana sumada a la del panismo y un fraude electoral que aquella vez se justificó llamándolo patriótico.
Poco más de tres décadas después, Acción Nacional dejó de ser, a partir del salinismo, el partido que anteponía sus ideales democráticos a la vulgar negociación, hasta convertirse en aquello que criticaron sus fundadores: una clase política ciega ante las carencias sociales. Lo mismo le ocurrió al PRD, heredero del registro del PSUM y PMS, de forma acelerada desde 2008, cuando los chuchos y sus aliados tomaron el control de un partido que dio la espalda a su propia historia, al ser absorbido por el régimen al que por dos décadas se opuso.
Hasta 1989, ningún candidato opositor había sido reconocido como triunfador en una elección a gobernador. El gobierno mismo era el que presidía la comisión electoral y los diputados electos calificaban la validez de su propia votación. Todo dependía, pues, de la voluntad del gobierno de respetar el sufragio efectivo. No fue sino hasta 1994, en un intento por contener la violencia política de aquel año, cuando se pretendió ciudadanizar al instituto electoral, carácter que solamente duró de 1996 a 2003, ya que luego los partidos le restarían independencia al organismo federal.
Pero en nuestro estado esa distinción no se ha dado: el instituto que organiza las elecciones locales es una extensión del gobierno estatal. Su parálisis ante la naturalidad con que delinque el partido oficial ha pasado del asombro a la indignación: desde que Arturo Montiel instauró el programa de regionalización, el aparato gubernamental está al servicio del partido que de revolucionario no tiene nada y de institucional solamente la obediencia al mandatario en turno.
El condicionamiento de la entrega de programas asistencialistas es un delito electoral, al igual que la compra descarada del voto y la abierta participación de los gobiernos federal y estatal para favorecer al candidato priista, a los que habría que añadir adversidades como la incitación al abstencionismo, las falsas encuestas, las campañas sucias, la desinformación y el bombardeo de llamadas telefónicas, muestras todas ellas de que la democracia en nuestro estado está en riesgo.
El grupo Atlacomulco lleva 75 años en el poder. Desde el cacicazgo de Isidro Fabela, luego del asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán en 1942, hasta la ineptitud del actual gobierno, su sello distintivo ha sido la impunidad. Los negocios al amparo del poder o el desfalco sólo se entienden por la complicidad con que ha actuado, sea por los lazos familiares de los Fabela Alfaro, Del Mazo Vélez, Sánchez Colín, Del Mazo González, Montiel Rojas y Peña Nieto, o por la máxima del hijo adoptivo, Carlos Hank González, llevada a la práctica con todo exceso: un político pobre, es un pobre político.
Hoy hay cuatro circunstancias que complican el cambio de régimen: Eruviel Ávila ha desviado más de 11 mil millones de pesos, seguramente en beneficio propio, pero también para repartir en este proceso electoral, sobre todo en la jornada de este día. Dos: la pobreza en el estado es aprovechada por el PRI en esta campaña y también es una evidencia de las profundas desigualdades que agudiza este gobierno: 58.9 por ciento de pobres es la cifra de una gestión que parecería desastrosa, si no observáramos que en realidad funciona para aquellos que sostienen una vida privilegiada como funcionarios estatales. Tres: a ello habría que sumar la baja participación en las dos elecciones anteriores, 43 por ciento en 2005 y 46 en 2011; es decir, el voto leal al PRI es el que ha pesado frente a la indiferencia de los abstencionistas.
El cuarto es un factor impulsado desde el PRI-Gobierno y los medios de información afines: la candidatura del PRD para dividir el voto opositor. Parece que hay que recordarles a los electores que se trata de una vieja estrategia el presentar a un personaje más o menos novedoso, con un discurso atractivo, para atraer votos a un proyecto personal. En cada elección ha pasado, aunque quizá se haya perdido de vista lo que buscaban esas caras prácticamente desconocidas: en 1994, el PT lanzó a Cecilia Soto, entonces diputada del PARM, como su candidata para conservar el registro; y ella luego sería embajadora en Brasil con Fox y hoy es diputada por el PRD. En 2000, Gilberto Rincón Gallardo se postuló por Democracia Social; no consiguió la votación mínima, pero con Fox y Calderón presidió la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación. En 2006, Patricia Mercado, con Alianza Socialdemócrata, mantuvo el registro, aunque por poco tiempo, y ahora es la secretaria de gobierno de Mancera. Finalmente, en 2012, el discurso de Gabriel Quadri fue suficiente para que Nueva Alianza prosiguiera como partido político; hoy apoya la candidatura de Alfredo del Mazo Maza.
El inflado ascenso de Juan Zepeda apunta en ese sentido: cautivar, no con la intención de ganar, sino de obstaculizar una verdadera alternancia. A quienes se han dejado engañar por su imagen mediática se les olvida que como diputado local no ha destacado ni demostró en la Legislatura ninguna oposición importante a las iniciativas del gobernador Ávila. Y se les olvida también que apenas hace tres meses, el PRD canceló la elección interna, programada el 5 de marzo, donde el expresidente municipal de Nezahualcóyotl contendería frente a otros dos precandidatos. Su designación por dedazo sólo se comprende por un acuerdo fraguado entre su jefe, Héctor Bautista, y el gobierno estatal.
Si a pesar de eso, del periodismo de investigación que señala al PRD en el estado de México como un partido vendido, los votantes quieren desperdiciar esta oportunidad de cortar el ciclo de corrupción e impunidad en nuestra entidad, es porque prefieren que el PRI retenga la gubernatura, en lugar de hacer posible un cambio de gobierno.
Me han preguntado por qué votaré por Delfina Gómez Álvarez. Desde el año 2000, cuando renuncié al PRD, no he vuelto a militar en ningún partido. Desde 1994 no he dejado de votar y siempre he decidido hacerlo por un proyecto político, antes que un candidato o un partido en campaña, pues su trayectoria es lo que realmente importa, no si son simpáticos o buenos oradores. Nunca votaría por el PRI o por sus aliados, pues su insaciable apetito por el dinero público ha despojado al país de casi todo nuestro patrimonio. Un cambio siempre será más deseable que ver cómo siguen saqueando a la nación. Veo en la candidatura de Delfina Gómez esa posibilidad de ajustar el progreso a favor del pueblo. Veo en ella a una ciudadana que sabe escuchar las críticas y a un equipo de especialistas preparado para gobernar con un enfoque social. Veo en un voto por ella a una sociedad que le exigirá un gobierno transparente donde no habrá lugar para la traición.
Ojalá hoy nos libremos de este sistema deshonesto.

sábado, 8 de agosto de 2015

Francisco Javier Ayala Reyes (1947-2015)

El 4 de octubre Francisco habría cumplido 68 años de edad. Unas semanas antes, en septiembre, habría festejado con él los veinte años de una amistad que fuimos estrechando gracias a la palabra y nuestra predilección por el arte y la cultura. Seguramente habríamos salido a comer y le contaría, porque él ya lo había olvidado, que nos conocimos en el salón que compartimos como estudiantes en la Facultad de Humanidades. Aquel primer día de clases, él se sentó en el pupitre al lado del mío y me preguntó por el libro, la revista y el disco que me acompañaban aquella tarde. Así lo hacía siempre: buscaba la forma de entablar una conversación. No diría que lo hacía por sentirse solo. Lo que sentía era la necesidad de aplacar la fiereza de este mundo.
La última vez que lo vi —él con los ojos cerrados— no pudimos decirnos ninguna palabra. Esa noche, la del sábado 30 de mayo, viajé desde El Oro para identificar a un desconocido que estaba hospitalizado e inconsciente desde que la ambulancia lo atendió en estado muy crítico. Sin credencial consigo, un papel con mi número telefónico, que hacía meses llevaba guardado en alguna ropa que ese día se puso, fue el único modo de llegar hasta alguien que lo conociera.
Y lo conocí bien. Fue un hombre demasiado afable que amó, precisamente, al papel, a lo que comunica —incluso la textura misma— y a lo que ahí se preserva. Su primer acercamiento fue una fascinación que mantuvo viva: las historietas lo cautivaron como luego lo harían los libros y las artes visuales. A temprana edad descubrió que él también podía crear sobre papel: dibujaba con talento y cuando en 1965 inició sus estudios en Arquitectura, los planos fueron una extensión de su propia creatividad. Gran parte de su vida, más de cuatro décadas, la dedicó a un sinnúmero de proyectos arquitectónicos, el último de los cuales sería la casa de Maura en El Salitre, que nos entregó en diciembre de 2013.
Una casa representada según los códices mexicanos es el símbolo al que recurrió al diseñar los emblemas de las facultades de Arquitectura y Humanidades, identidades gráficas que si bien han sido modificadas conservan la huella del lenguaje que Francisco delineó: la construcción del conocimiento en el aula. Arquitecto y coleccionista, se dedicó por más de dos décadas al arte de la encuadernación cuando, quizás a finales de los ochenta, una imprenta toluqueña arruinó una colección suya de fascículos que debió haber sido cosida en cuadernillos. Se propuso entonces aprender a reparar sus libros y para ello tomó varios cursos en la ciudad de México. La práctica y la vasta bibliografía que acopió a lo largo del tiempo perfeccionaron su trabajo como maestro encuadernador y su amor al papel quedó plasmado en su inédito Manual de encuadernación para estudiantes de la licenciatura en ciencias de la información documental.
Xochiquetzalcalco era su casa: «en la casa de la flor preciosa» las bellas artes florecieron para habitar el alma de Francisco ante un mundo que él no terminaba de entender: la deshumanización como estrago se contraponía a su sensibilidad. Y sin embargo, no abrazó la misantropía. Todo lo contrario: el aprecio que sentía por nosotros sus amigos era manifiesto y no pocas veces generoso. Saludaba con júbilo por teléfono cada vez que le llamaban y escuchaba atento a quienes se encontraba por la calle. Eran momentos de belleza que atesoraba tanto como haber visitado un museo.
Nos gustaba caminar esta ciudad que a veces hasta odiaba, casi tanto como el futbol. Francisco nació en 1947 y por lo tanto vivió la acelerada demolición del patrimonio arquitectónico de Toluca, en aras de una malentendida modernidad, pues la mentalidad de la gente no cambió y del centro, desde 1969, no podemos decir que sea histórico. Caminar con él era aprehender las historias de Toluca. Rememorar los cines que ya no existen, a divas como María Félix y Marilyn Monroe, y las personas que permanecían en su recuerdo. Todas las épocas revivían a través de su voz.
La palabra hablaba, huehuetlatolli, —y la escrita, porque también estuvo en el taller de poesía de Guillermo Fernández— no era la única con la que expresaba afecto. Como cocinero era el mejor, y sus pasteles en especial fueron en varias ocasiones el regalo con el que celebrábamos el cumpleaños de mi madre. Su última cena de navidad, por cierto, la pasó con Maura y conmigo en Tlatelolco, apenas en diciembre pasado. Esa noche, además, vimos El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson. El cine, desde luego, era una de las aficiones que compartíamos, y la última vez que fuimos a uno, un mes después, en enero, fue para ver un documental sobre David Bowie, un personaje, como él, nacido en 1947.
¿Cuáles habrán sido los últimos pensamientos de Francisco hace diez semanas, mientras caminaba por los Portales, el lugar más emblemático de Toluca? ¿quizá se mezclaban con alguna música que habrá llegado hasta sus oídos? ¿algo en la radio, tal vez el anuncio de alguna exposición a la que le gustaría ir? ¿qué proyectos tenía pendientes? Esa semana le ayudaba a Liudmila Rosales con su Censo gráfico periferia Oaxaca, un fotolibro que ya tenía impreso en el colofón la fecha que también sería la del fallecimiento de nuestro querido y llorado amigo Francisco: 31 de mayo de 2015.
El lunes 1 de junio lo sepultamos en silencio. Hoy trajimos música de su gusto y una exposición de libros de artista a la que no hubiera faltado, asiduo como era a asistir a eventos culturales como este, en los que se le quería. Hoy le rendimos un pequeño pero significativo homenaje para que su nombre prevalezca en nuestra memoria. Y lo hemos querido hacer en una casa que no dejará de habitar: la del arte. También estará en nuestros corazones, aunque no podremos dejar de sentir soledad con su ausencia y lamentar no haber estado más tiempo con él. La vida nos prodigó la oportunidad de conocerlo. Amigos como él son insustituibles. Damos aquí la palabra de que no lo olvidaremos. Y gracias, muchas gracias, Francisco.

viernes, 31 de octubre de 2014

Tres momentos heroicos del distrito minero de El Oro y Tlalpujahua



I

Los historiadores de la revolución de Independencia y los biógrafos de Ignacio Rayón comúnmente mencionan un conocido cerro de Tlalpujahua como el centro de operaciones del presidente de la Suprema Junta Nacional Americana desde julio de 1812: el Campo del Gallo, fortificado por su hermano Ramón, que por su ubicación y armamento le permitieron a Ignacio recorrer las haciendas y pueblos próximos y despachar desde ahí el gobierno y las operaciones militares de la insurgencia. Como autoridad expidió leyes, proclamas y reglamentos, y fue el primero en celebrar, con la solemnidad requerida, el grito de libertad de Hidalgo y Allende, el 16 de septiembre de 1812 en Huichapan. No pasó, sin embargo, mucho tiempo antes de que el abogado y general de división Ignacio Rayón sufriera el asedio de las fuerzas realistas. Resistió sus embates hasta que tuvo que abandonar su cuartel general junto con sus hermanos, en mayo de 1813.
Temprana fue la incorporación de Ignacio Antonio López Rayón y López Aguado a la causa fernandista: una vez que se entrevistó con Miguel Hidalgo en Maravatío, publicó un bando el 23 de octubre de 1810 en Tlalpujahua, en el que convocaba a todos los americanos a formar parte de la revolución. El patriotismo de Rayón es desbordante: secretario de Estado y del despacho, antes de ser nombrado por los primeros caudillos como jefe del ejército el 16 de marzo de 1811, en Saltillo; intendente de Zacatecas entre el 15 y el 30 de abril; electo presidente de la Junta de Zitácuaro, el 19 de agosto; autor de los Elementos constitucionales, fechados el 30 de abril de 1812 en la Hacienda de la Huerta, en Zinacantepec; diputado constituyente del Congreso de Chilpancingo, en 1813; defensor del Fuerte de Cóporo, en Jungapeo, entre 1814 y 1816, sitiado por el coronel Agustín de Iturbide y el brigadier Ciriaco del Llano; sin olvidar que participó en la edición del Despertador Americano, el Ilustrador Nacional, el Ilustrador Americano y el Semanario Patriótico Americano, además de rubricar la Constitución Federal de 1824 como diputado por Michoacán. En una palabra, un héroe. Y si bien ninguna de sus batallas se conmemora, los tlalpujahuenses festejan, cada año, la heroicidad del 13 de noviembre de 1812, a la que las páginas de la historia le dedican algunos renglones. El pueblo, en cambio, le confiere magnificencia: el 6 de noviembre, Ignacio Rayón tuvo noticia de que su hermano Ramón, con un centenar de insurgentes, venció a 150 soldados del virrey entre Jerécuaro y la hacienda de Sotomayé. Al día siguiente fueron recibidos con alegría y regocijo, y el 13 un banquete fue ofrecido en el Campo del Gallo por su victoria. Fue un acto jubiloso y extraordinario: Rayón agradeció así a sus paisanos su entrega a los ideales revolucionarios.
Celebrar la unión y no el martirio: una visión distinta de heroísmo.


II

La noche del 17 de diciembre de 1857, el general Félix Zuloaga hizo público el Plan de Tacubaya, empeñado en derogar la Constitución Política promulgada el 5 de febrero de ese año. A tal acción se adhirió Ignacio Comonfort, que apenas el 1 de diciembre había jurado «desempeñar leal y patrióticamente el encargo de presidente de los Estados Unidos Mexicanos, conforme a la Constitución, y mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión», luego de ser presidente sustituto desde 1855. Un autogolpe de Estado. Pero menos de un mes después, el 11 de enero de 1858, Zuloaga desconoció el mando supremo de Comonfort, quien decidió entonces excarcelar a Benito Juárez, presidente de la Suprema Corte de Justicia desde el 20 de noviembre, apresado junto con otros liberales por no secundar el plan de Zuloaga.
Comonfort abandonó el país el 21 de enero de 1858. Ante la falta absoluta del Ejecutivo, Juárez asumió el cargo, de acuerdo con el artículo 79 de la Constitución del 57; también Zuloaga, ambos ostentándose como presidente interino. En el estado de México ocurrió lo mismo: para el gobierno juarista, Felipe Berriozábal era el gobernador y comandante militar; para los conservadores, Benito Haro. Fue una guerra civil de tres años que vio su fin en la batalla de San Miguel Calpulalpan, cerca de aquí, en el municipio de Jilotepec, librada el 22 de diciembre de 1860, entre los generales Jesús González Ortega y Miguel Miramón. Esa decisiva victoria, no exenta de heroísmo, permitió el restablecimiento de la república en enero de 1861, pero un año más tarde, ante la suspensión de pagos de la deuda externa, sobrevino la segunda intervención del ejército francés, por lo que el presidente Juárez ordenó la creación, en el estado de México, de los distritos militares de Toluca, Actopan y Cuernavaca, el 7 de junio de 1862.
La derrota del 5 de mayo no impidió que las fuerzas napoleónicas se replegaran a Veracruz, reorganizaran e incrementaran, y que en marzo del año siguiente sitiaran Puebla por dos meses. Rendido el Ejército de Oriente el 17 de mayo, los imperialistas avanzaron hacia la capital, la tomaron el 10 de junio, y luego se dirigieron a la ciudad de Toluca. Enterado de ello, Manuel Zomera y Piña, gobernador del estado de México y comandante militar del primero de sus distritos desde febrero de 1863, dejó Toluca, emulando a Juárez, que abandonó la Ciudad de México el 31 de mayo de ese año, emprendiendo así un gobierno itinerante. Al mismo tiempo, el cabildo republicano de Toluca decidió disolver el ayuntamiento el 2 de julio. El 4 o 5 (las fuentes consultadas mencionan uno y otro día), las tropas conservadoras, al mando del general Berthier, ocuparon Toluca.
Para el segundo Imperio, la entidad dejó de existir ese mismo mes al convertirla en departamento. Para el gobierno federal, por el contrario, su defensa seguía en pie y días después, el 20 de julio de 1863, Zomera declaró al Mineral del Oro como su capital. Ya un día antes había fechado ahí una proclama, y su gobierno despachó desde ese poblado, a tan sólo ocho kilómetros de Tlalpujahua, hasta que partió a la heroica Zitácuaro, rebautizada como Independencia, desde donde expidió decretos sobre adeudos y pago de contribuciones, el 6 y 14 agosto.
Para completar la historia, añadiremos que Maximiliano y Carlota visitaron Toluca entre el 25 y 29 de octubre de 1864, y que fue hasta febrero de 1867 cuando los liberales recuperaron la ciudad.

Como es bien sabido, entre municipios vecinos suele haber cierta rivalidad. Aunque esa aspereza nunca llegue a ser tan grave, quisiera mencionarla para aludir a un chihuarí, cierto de que entre ellos y los aurenses hay, a veces, aversión. Debo, sin embargo, referirme con gratitud al bibliófilo Mario Colín Sánchez (1922-1983), pues debido a él podemos probar que la ciudad de El Oro fue heroica al poner a salvo a quien portaba la investidura constitucional. El edicto, reproducido en el tomo tercero de la Guía de documentos impresos del estado de México, publicada por Mario Colín en 1977, es el siguiente:

El C. Manuel Zomera
y Piña, coronel de caballería del Ejército defensor de la Indepen-
dencia, Gobernador y comandante militar del primer distrito del Estado
de México, a todos sus habitantes, sabed:
Que en atención a estar ocupada la capital del Distrito por fuerzas in-
vasoras, y en uso de las amplias facultades de que me hallo investido, he
tenido a bien declarar lo siguiente.
Artículo único. Se declara capital del Distrito el punto en que se en-
cuentre este Gobierno.
Dado en el Mineral del Oro, a 20 de Julio de 1863.
Manuel Zomera y Piña
Francisco de Asís Osorio, Secretario

En 1861, Zomera firmaba como prefecto del distrito de Toluca y como uno de los veinte diputados del Congreso Constituyente del Estado de México; en 1862 fue electo diputado del Congreso de la Unión por el noveno distrito, el de Jilotepec. A principios de febrero de 1863, «en circunstancias bien apremiantes y sumamente difíciles», aceptó el encargo del gobierno civil y militar con «toda la abnegación que infunde el verdadero patriotismo». Y aunque en junio presentó su dimisión al general Juan José de la Garza, jefe del ejército de operaciones, su permanencia al frente del gobierno estatal prosiguió hasta septiembre, cuando Juárez nombró al general Vicente Riva Palacio como gobernador del estado de México.
Conocer este hecho histórico nos obliga a arrancarlo del olvido: si se reconoce que Metepec fue la capital de nuestro estado en 1848 ante la invasión estadunidense, ¿por qué no tendríamos que establecer una nueva tradición y recordar la heroicidad de El Oro por arropar a los defensores de «nuestra nacionalidad y nuestra honra» durante la Intervención francesa de 1863? Ese rasgo de identidad también sería motivo de orgullo.


III

Creo que en este Congreso debemos preguntarnos qué actos heroicos tienen lugar en la actualidad. En ese sentido, la preservación del patrimonio cultural es, me parece, toda una hazaña, sobre todo cuando proviene de la sociedad civil.
Como el banquete del Campo del Gallo en 1813, en diciembre de 1998 se ofreció una comida por la culminación de los primeros trabajos de restauración de las antiguas oficinas y talleres de mantenimiento de la extinta minera Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, Michoacán. Tres meses más tomó implementar la museografía y el 28 de marzo de 1999 se inauguró el Museo Tecnológico Minero. Miles de visitantes han acudido desde entonces, pero quizá lo más valioso es que muchas de las fotografías y documentos exhibidos son una generosa donación de los descendientes de los mineros que despoblaron la región de Tlalpujahua y El Oro luego del cierre de la que fue nuestra última gran mina, el 29 de septiembre de 1960.
Apenas abrió sus puertas, el Museo nos permitió sostener un enriquecedor diálogo con nuestra historia; en principio, un rompecabezas armado a partir de una pieza imperecedera: la placa conmemorativa en la bocamina del socavón principal. Nivel cero: la Compañía Minera “Las Dos Estrellas” fue constituida en 1898; su iniciador y accionista mayoritario, el belga-francés F. J. Fournier (1857-1935).
Después de la tragedia de las lamas, el 27 de mayo de 1937, los trabajadores asumieron la administración de la mina el 15 de marzo de 1938 y ocho meses más tarde, con una proeza no menos heroica, compraron la empresa en condiciones demasiado adversas. La placa subsistió, así como el registro del 27 de diciembre de 1899, grabada en ella. Desde la celebración del primer centenario, esa fecha marca también el tránsito de mina a museo, con la institución de un festival cultural que se realiza cada año.
Cuando rememoramos los tiempos de esplendor de las ciudades heroicas, sucede algo similar al repasar la historia de la minería en nuestra región: nos percatamos que también fueron de infortunio. En nuestros pueblos, por ejemplo, poco queda del patrimonio industrial y arquitectónico. Por décadas, sólo hubo indolencia y escombros. De ahí que subrayemos el heroísmo de quienes lucharon por salvaguardarlos; de manera sobresaliente, don Gustavo Bernal Navarro, quien insistió en que «acá, donde otros expoliaron riquezas, nosotros sembramos cultura». El héroe como poeta, dilucidaría Thomas Carlyle.
¿Qué distingue a las gestas heroicas? Su proximidad con la poesía. Y del presente prosaico, ¿qué podemos decir? ¿Hemos apreciado la gloria que significó la Constitución de 1917, la expropiación petrolera de 1938, la nacionalización de la industria eléctrica en 1960, el movimiento democrático del 68? ¿los mexicanos hemos refrendado su grandeza? ¿en qué momento homenajearlos se convirtió en simulación y luego en felonía?
Hoy nuestras ciudades heroicas son las de los ciudadanos que protegen el patrimonio cultural, las de los periodistas asesinados por ejercer su profesión, las de quienes buscan justicia en un sistema que no la procura, las de los que se resisten al poder del narco; heroicas son las activistas que intentan frenar los feminicidios, los padres que perdieron a sus hijos en el incendio de una guardería, los que dan cobijo a nuestros hermanos centroamericanos; y más allá de las ciudades, los ciudadanos que defienden su tierra del ecocidio, como en San Francisco Xochicuautla; y, en fin, todos aquellos que no se sienten héroes, pero lo son porque están dispuestos a darle dignidad y futuro a esta patria. ¿Qué crónica escribiremos de esta época en que el mundo nos identifica como un país donde impera la cobardía de la violencia?
 ¿La que vivimos, será una historia de bronce algún día?

Los lectores