miércoles, 20 de octubre de 2010

En el más oscuro silencio: las veintiún cartas que el león no escribió para ser publicadas

El poeta José Alfredo Mondragón Martínez nació el 25 de febrero de 1956 en la colonia Aquiles Serdán, mejor conocida como La Bombita, en El Oro, estado de México. Estudió en la Normal número 3 de Atlacomulco, de 1971 a ‘74, e ingresó a la Facultad de Humanidades de la UAEM en 1978. Fue profesor de educación primaria en Naucalpan, entre 1974 y ‘80; en San Antonio La Isla (1980), San Mateo Otzacatipan (1982) y en la Normal número 2 de Toluca (1983). Becario de la primera generación del Centro Toluqueño de Escritores en 1983, su poemario Metumbe fue premiado por David Huerta, Evodio Escalante y Saúl Ibargoyen. El 2 de marzo de 1984 recibió la Presea Estado de México «Sor Juana Inés de la Cruz». En 1985 fue nombrado cronista municipal de El Oro y en ‘87 asignado a la Dirección de Tecnología Educativa de la Secretaría de Educación, Cultura y Bienestar Social, cuando Emilio Chuayffet era su titular. Fue coordinador de Parenthesis, publicación de la Unión de Escritores Mexiquenses. Antes de morir el 31 de marzo de 1990, en un accidente automovilístico en la carretera Atlacomulco-El Oro, publicó Metumbe (Ayuntamiento de Toluca, 1984) y la Monografía municipal [de] El Oro de Hidalgo (SECBS, 1986), así como el folleto El Oro (Ayuntamiento de El Oro, ¿1989?; segunda versión del texto Atractivos turísticos de El Oro, editado en el número 1 de Dos Valles, enero-marzo de 1988, páginas 108-116). Su inconclusa tesis de licenciatura –iniciada antes del ’89– sobre La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, desapareció de su casa después de su fallecimiento.
Últimos poemas fue un libro póstumo, preparado por Félix Suárez y Marco Aurelio Chávez, dado a conocer por el Ayuntamiento de Toluca en junio de 1991, en la colección Bitácora, y El león en llamas es el título de la recopilación editada por Chávez Maya y el Instituto Mexiquense de Cultura en septiembre de 2006, en la colección Raíz del hombre, una reedición que me recuerda esa otra, publicada también por el IMC, perpetrada por Francisco Valero Becerra, quien se tomó la libertad de hacer cuanto quiso con la obra de Josué Mirlo –el poeta del aire, a decir de Mondragón– en Capulhuac, rincón de la palabra: ambos libros contraponen «textos alusivos al poeta» donde debería aparecer un estudio crítico. Su impulso coautoral asombra por la falta de respeto a lo que Gabriel Zaid ha señalado como la voluntad creadora del autor y el interés del lector. Si los autores querían rendirle un homenaje a los poetas admirados, los apéndices no son el lugar para hacerlo: poner a la altura de la obra poética los testimonios de quienes los conocieron es, por decir lo menos, una profanación, sin mencionar el apetito de envanecimiento de los editores quienes, por cierto, evidencian que de ecdótica no saben nada, ni siquiera del uso de corchetes (encima de todo –tal es el caso del arbitrario compilador Valero– se atreven a identificar como edición crítica esa aversión suya publicada en julio de 2000).
Hay, sin embargo, un signo distintivo entre ambos libros, el de los derechos autorales: ©. En el de Valero, el nombre de la hija de Josué Mirlo se lee completo: Salomé María de Jesús Robles Mejía; no así en el de Chávez, aunque él mismo sepa que José Alfredo Mondragón tuvo una y hasta lo mencione en la página 81 de El león en llamas: «se dio tiempo para todo, incluso para la paternidad». Como escritor, él sabe bien que los derechos pasan del autor a sus herederos. Al morir, Mondragón estaba casado con María Guadalupe Esperanza Reyes Romero, con quien tuvo una hija en 1987: Andrea Mondragón Reyes, la única heredera de los derechos autorales de José Alfredo, ya que su madre murió el 1 de mayo de 2006, de cáncer pulmonar. La reedición de la obra de un escritor fallecido debe contar con la autorización de los herederos, de lo contrario se infringe la Ley Federal del Derecho de Autor. Y sin embargo, sucedió: Marco Aurelio Chávez, con criterios de selección cuestionables y la publicación de un epistolario inédito (con erratas, además), firmó una recopilación sin el consentimiento de la heredera.
El asunto de esas cartas es, quizá, lo más grave. Dos ejemplos, solamente, para ilustrar los derechos de autor en esta cuestión: las viudas de Juan Rulfo y Octavio Paz permitieron la edición, en el primer caso, de las 81 que Rulfo le escribió a Clara Aparicio (Aire de las colinas, 2000); y en el segundo, la correspondencia de Paz con Pere Gimferrer, Arnaldo Orfila, Jean-Clarence Lambert y Tomás Segovia, gracias a la voluntad de su esposa, Marie José. Si hay alguna duda sobre este punto, conviene leer el weblog Erratas eminentes, del editor Alfredo Herrera Patiño, en especial el comentario del 30 de noviembre de 2007, sobre la subasta de las 23 cartas de Paz a Elena Garro.
Y ya que hablamos de recomendaciones, sería bueno que los editores toluqueños leyeran a Gabriel Zaid, si no sus libros (El secreto de la fama, por aludir al más reciente), al menos sus artículos: en la página web de Letras Libres hay tres que los aleccionarían sobre anteponer el juicio del poeta al de los compiladores: Tres conceptos de obras completas (marzo 2004), Obras tontamente completas (mayo 2004) y Archivos y obras completas (abril 2005).
Si, como suele citarse a Paz, «los poetas no tienen biografía; su obra es su biografía», ¿qué afán hay en hacer públicas las Cartas a Lorena? La farandulización de la cultura, por desgracia: el recopilador parece estar «más interesado en la vida y chismes de los escritores que en leerlos», como sentenciaría Zaid. En efecto, no se trata de reunir toda la obra de un poeta. No tendría caso recopilar todos los papeles escritos con su letra. Pero al menos se debería poner atención en lo que publicó: en el número 1 de Cuadernos del CTE, de mayo de 1983, por ejemplo, en las páginas 23 a 25, hay una versión primigenia de Ciudad adentro, con el título Ritual de la luz. Habría sido un jugoso estudio si el editor se hubiera tomado la molestia de revisarlo, pero prefirió, en su Nota sobre la edición, justificar lo injustificable: las veintiún cartas no constituyen, como él quisiera, «una joya»: no hay en ellas «carga poética» que las sostengan, excepto la sexta y octava (y en una segunda lectura, si acaso, la cuarta y novena). ¿Por qué no incluir sólo esas dos, como se hizo con los poemas He tocado tu cuerpo (del ‘86) y Estos días he extrañado tu cuerpo (del ‘87), facilitados por María del Carmen Reyes G.? La curiosidad por la intimidad amorosa de un poeta es ilimitada para los paparazzo literarios, quienes no distinguen la diferencia entre un documento y un poema. Evidentemente, Chávez Maya no se detuvo a pensar en el daño que le causaría a Andrea Mondragón el ver la carta XVI, fechada un día antes de su nacimiento. Es terrible que un recopilador no interprete de modo correcto la inequívoca advertencia en la última de las cartas publicadas: «para ser leída en el más oscuro silencio», es decir, ni siquiera en voz alta y, por ende, para no ser leída en público; mucho menos publicarla.
No deja de sorprender que hubiera un texto que era preferible incluir, en lugar de las 50 páginas privadas escritas entre 1986 y ‘88 y los textos difundidos en Castálida en 1995 y 2000. Me refiero al ensayo de 21 páginas, precisamente de Lorena Valderrábano Bernal, divulgado por el IMC y el profesor Manuel González, entonces director de la Casa de Cultura de El Oro, quizás en 1990: Que no me pongan coronas porque me da mucha risa. Su valor es innegable: en él vienen cinco poemas no recopilados: En todo esto no existe lo otro (1979), Caminemos a gatas por las paredes (1980), Alguien dijo soledad (1981), Viejas palabras (1980) e Instante, todos ellos tomados de la revista Intentos, impresa en la Facultad de Humanidades cuando José Alfredo estudiaba ahí. Con ese ensayo queda al descubierto el nulo trabajo de investigación del recopilador.
¿Qué debiera rescatarse? Todo lo que José Alfredo Mondragón publicó con cierta regularidad en revistas y suplementos como Vitral, las adaptaciones literarias que realizó para Radio Mexiquense y sus investigaciones históricas. Y el IMC, por su parte, debe retirar de la circulación esta edición –desautorizada de hecho por la hija– y enmendarla. Nunca es tarde: La noche de Tlatelolco, publicada en 1971 por Elena Poniatowska, tuvo una segunda edición en 1998, por mandato judicial, cuando Luis González de Alba pidió resarcir su autoría, expresa en Los días y los años, también del ‘71. Es hora de que las ediciones locales respeten al autor y sean rigurosamente cuidadas.

[publicado en el número 496 del semanario El Manifiesto, el 13 de octubre de 2010
*con la firma de Luis Flores, por error]

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