jueves, 4 de septiembre de 2014

Orecer el gentilicio de los de El Oro: de lo apropiado a la apropiación

a Paula Colín Rangel, en letras de oro

Hace 25 años, lo recuerdo bien, en una clase de español, en el tercer año de educación secundaria, la profesora nos advirtió sobre lo erróneo que era el gentilicio usado por la gente de nuestro municipio para denominar a los originarios de El Oro. La corrección tenía que ver con la raíz latina aurum, en lugar de la palabra oro, así que el gentilicio apropiado no era orenses, sino áureos, del latín aurĕus, de oro, parecido al oro o dorado. Y nos recordó las nomenclaturas químicas: al formar un compuesto, por ejemplo, Au2O3, no lo llamamos óxido órico, sino áurico, lo mismo el cianuro, el cloruro o el trióxido áurico, que el bromuro o el hidróxido auroso, no oroso. Y no es que fuera una clase de química: se trata de la morfología léxica de nuestro español.
Que la profesora Colín Rangel, originaria de Tlalpujahua, donde nació en 1940, formada en la Normal de Toluca y en la Normal Superior, se hubiera dado cuenta del error es admirable, no sólo por el buen uso del idioma, sino porque fue una lección en la que seguramente insistió con la esperanza de que sus alumnos, los cientos que tuvo, incluida mi madre en la Primaria Sor Juana Inés de la Cruz, examinaran esta cuestión y, en el mejor de los casos, argumentaran la corrección del gentilicio. No sé si mis compañeros se acuerden de ese comentario en particular, pero para mí fue un tema difícil de olvidar, no sólo porque luego hice una gran amistad con la profesora y su familia, también, y sobre todo, porque alude al pueblo del que soy originario.
La idea permaneció en mí por un atractivo más: el del razonamiento. Como entonces, me parece que la profesora Paula Colín tiene razón en observar que orense no es un gentilicio apropiado. Que aparezca en las recientes ediciones del Diccionario de la lengua española para los naturales de El Oro, provincia de Ecuador, no significa que esté bien dicho, lo mismo puede decirse de hidrocálido, una “invención pintoresca”, señalada en su momento por José G. Moreno de Alba, impropia porque es una voz de carácter híbrido: hidro-, del griego, “agua”; y calĭdus, del latín. Lo recomendable, en ese caso, es aguascalentense o aquicalidense.
Para El Oro habría que considerar no solamente su raíz latina y explicar cómo se derivan los adjetivos gentilicios, sino analizar esta palabra, Orense, con O mayúscula, no por la influencia anglosajona en nuestro idioma, sino porque se trata de una ciudad que es a la vez municipio y capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en Galicia, llamada oficialmente, en gallego, Ourense (el diptongo latino Au da como resultado O en castellano y Ou en gallego, de ahí que no se llame Aurense). De hecho, sus gentilicios aceptados son orensano y auriense, en este último caso, porque en latín recibió los nombres de Auria, Aurium, Aurenses, Auriensis, Aregia y Aqua Calidæ.
Sin embargo, contrario a lo que pudiera pensarse, poco tiene que ver el oro en el caso de Orense. A decir de Bocanegra, en su blog De palabra: textos sobre palabras, en las lenguas celtas la raíz aur- se mantuvo con el significado de “agua corriente, río”, del cual aún derivan algunos topónimos que se han confundido con el latín aurum, “oro”. En España, continúa, “tenemos varios ríos llamados Auria, que dieron nombre a las poblaciones adyacentes, las cuales contrajeron el diptongo au- en o- por un proceso bastante universal en las lenguas europeas. La más famosa adquirió su nombre a partir del gentilicio, auriensis > aurense > Orense. De ahí que la ciudad recibiera su nombre por el propio río Miño “y por la abundancia de fuentes termales en sus alrededores”, no porque fuera abundante en oro.
Dice Moreno de Alba, en Minucias del lenguaje (México, Océano, 1987), que una de las razones por las que se crean neologismos o innovaciones, tratándose de gentilicios, es para evitar imprecisiones. Es lo que sucede en el caso anterior, pero también lo podría causar la segunda acepción de oro: “color amarillo”, como el de ese metal. Es decir, orense bien podría hacer alusión no sólo a los ribereños, sino al originario de un lugar cuyo nombre se vincule con el amarillo, lo que no sucedería con la raíz aurum. Más aún, como se verá en seguida, si atendemos, como lo aconseja la Academia Mexicana, el gentilicio orino. El desconcierto incluiría la raíz griega ὄρος, “montaña”, de la que derivan las palabras orogenia, orografía, orónimo, entre otras; y el oriente, como lo intuyó mi amigo Pedro Corona Chávez, por levante: que viene del verbo latino oriris, en participio oriens, orientis, que nace, que se levanta, naciente.
En 1967, en enero, agosto y octubre, Mario Colín consultó a la Academia Mexicana correspondiente de la Española, dirigida por Francisco Monterde entre 1960 y 1973, para precisar los gentilicios aplicables a las personas del estado de México y sus, por entonces, 120 municipios. El 10 de julio, el académico Daniel Huacuja entregó su dictamen y abordó este último asunto; curiosamente, dejó en blanco los gentilicios de cuatro municipios: Donato Guerra, San Simón de Guerrero, Villa del Carbón y, sí, El Oro. De ese intercambio epistolar nacería el gentilicio mexiquense, aunque la Academia Mexicana sugirió, en las sesiones del 8 de septiembre y 10 de noviembre de ese año, el de mexicanense. Su adopción oficial, sin embargo, ocurriría hasta enero de 1985, cuando la Academia aprobó el uso del gentilicio mexiquense.
Antes de compartirles la consulta que yo mismo hice al respecto en abril de 2008, quisiera volver a la forma correcta de hablar, en particular sobre ciertos gentilicios que Moreno de Alba señala como especiales, pues tienen su sustento en antiguas designaciones; tales son los casos de antuerpiense, gentilicio para los de la ciudad belga de Amberes; arriacense, para los de Guadalajara, España; aurelianense, para los de Orleans, Francia; bilbilitano, para los de Calatayud, provincia de Zaragoza; cauriense, para los de Coria, de la provincia de Cáceres; emeritense, para los de Mérida, de la provincia de Badajoz, capital de la comunidad autónoma de Extremadura; gaditano, para los de Cádiz; ilicitano, para los de Elche; onubense, para los de Huelva; y vallisoletano, para los de Valladolid, capital de la comunidad autónoma de Castilla y León. Todos estos gentilicios, por raros que parezcan, son aceptados y provienen de los nombres latinos de esos lugares. Por cierto: Austria y Australia deben su origen a la palabra latina aurum, de raíz indoeuropea aus-, “aurora”, y ésta del preclásico ausum, “brillo del sol saliente”; Argentina, en cambio, procede de argentum, plata, por el Río de la Plata, y esa misma raíz, arg-, que significa brillante, se relaciona con argumento, argumentum.
Arguyamos: formar un gentilicio de este modo no es exclusivo del latín: el gentilicio de los de San Sebastián, por ejemplo, es donostiarra, porque Donostia es el nombre vasco de esa ciudad, capital de la provincia de Guipúzcoa, España. Lo mismo, entonces, debería hacerse con los municipios mexiquenses que adoptaron, mejor dicho, que la Legislatura en turno les impuso, nuevos nombres, desplazando a los originales, derivados de la toponimia indígena. Son los casos de Isidro Fabela, cuyo gentilicio podría ser tlazalecos; Melchor Ocampo, tlaxomulcas; Morelos, nochtitecos; Nicolás Romero, azcapotzaltonguenses; Rayón, cuauhtenquenses; Los Reyes La Paz, atlicpaqueños; San Antonio La Isla, techialoyenses; San Simón de Guerrero, cuitepecos; y Villa Guerrero, tecualoyenses. Reminiscencias que tienen un símil actual: el país ya no es nuestro, pero seguiremos llamándonos mexicanos.
En cuanto a la pregunta de cuál es el gentilicio para los originarios de El Oro, estado de México, la Academia Mexicana de la Lengua, denominada así desde 2001, respondió a mi correo electrónico el 7 de abril de 2008 en estos términos:

Estimado Christian Ordoñez [sic, sin acento]:
En español, los gentilicios se forman con los siguientes sufijos: -aco, -aca: austriaco; -ense: nicaragüense; -és, [-esa]: francés; -ita: israelita; -án, -[a]na: catalán, alemán; -enco, -enca: flamenco; -ino, -inapotosino; -ano, -ana: queretano, poblano; -eco, -eca: yucateco; -eño, -eña: paceño, defeño. De modo que, gramaticalmente, serían correctas las formas: oraco, orense, orino, oreco, oreño, etc. La forma que se suele preferir depende del uso más frecuente.
Hasta donde hemos podido rastrear el gentilicio específico para los pobladores originarios del municipio de El Oro es: oros.
Atentamente
Comisión de Consultas

Ya se imaginará el lector cuán decepcionante fue esta carta: ¿oros, así, en plural? No queda sino responder uno mismo la pregunta formulada. Si sabemos que, de acuerdo con la morfología, las voces derivadas constan de una raíz y un sufijo, y que la raíz es la que aporta el significado léxico, abramos pues la Nueva gramática de la lengua española: manual, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, para entender esto de los adjetivos gentilicios: “Morfología”, en el índice de contenidos, y “La derivación adjetival y adverbial”, bajo el número 7. En el 7.3, “Sufijos derivativos característicos de los adjetivos de relación”, leemos que los sustantivos que designan lugares –los topónimos– dan lugar –así dice el Manual– a los adjetivos gentilicios. Partiendo de ahí, muchos adjetivos gentilicios se forman con bases supletivas, muy a menudo procedentes de antiguas denominaciones latinas; en nuestro caso, de aurum, oro. Ejemplo: aurinigrense, para los de Ouro Preto, municipio brasileño del estado de Minas Gerais. Consideremos, además, que un elevado número de adjetivos gentilicios lo forman los sufijos -ense, o su variante -iense; de ahí que auriense sea el gentilicio para los naturales de Orense.
Con estos elementos, podemos proponer como gentilicio para los de El Oro no la denominación áureo, pues le hace falta un sufijo de adjetivo gentilicio que lo forme, sino el de aurense, más apropiado y que, incluso, es eufónico; atendiendo además el punto 7.3.1b del Manual: “algunos sustantivos que designan ciudades del mismo nombre en países diferentes se distinguen por sufijos distintos: (...) de Santiago provienen” santiaguense, de Santiago de los Caballeros, República Dominicana; santiagueño, de Santiago del Estero, Argentina; santiaguero, de Santiago de Cuba; santiagués, de Santiago de Compostela, España; y santiaguino, de Santiago de Chile. De esta manera, si ya existe auriense para los de Orense, en Galicia; orense, para los de El Oro, en Ecuador; y aurino, para una tribu cántabra este del Nansa, en España; entonces aurense sería para los de El Oro, estado de México, un municipio que toma su nombre de la cabecera, poblado surgido con el descubrimiento de sus primeras minas en 1787.
La apropiación del gentilicio aurense, sin embargo, dependerá de los hablantes. Por lo pronto, sugiero orecer, del latín aurescere, convertir en oro, nuestro gentilicio, y que no sea, como hasta ahora, de oropel.

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